Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 43
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
43: Capítulo 43 43: Capítulo 43 *** El coche de Elena devoraba kilómetros de asfalto bajo un cielo que amenazaba con una tormenta tropical típica de la primavera.
Nubes grises y densas se acumulaban en el horizonte, pero dentro del vehículo, el clima era muy diferente.
Sele iba en el asiento del copiloto, con los pies descalzos subidos al algo que normalmente habría horrorizado a Elena, pero que hoy le parecía extrañamente encantador y las gafas de sol puestas, a pesar de la clara falta de luz solar directa.
La pelinegra estaba a cargo de la música, conectada al sistema de sonido del coche, sonaba a todo volumen, llenando el habitáculo de una atmósfera melancólica y sexy.
“¿Falta mucho?” preguntó Sele, bajando un poco el volumen y girando la cabeza hacia Elena.
“Impaciente.” se burló Elena, sin apartar la vista de la carretera.
Llevaba un vestido ligero de verano con estampado floral y un sombrero de paja en el asiento trasero, lista para su transformación en mujer de vacaciones.
“Una media hora, si el tráfico nos perdona.” “Mi culo se está quedando plano de tanto estar sentada.” se quejó Sele, estirándose como un gato.
“Pobrecito tu culo…” Elena soltó una mano del volante y le dio una palmada sonora en el muslo.
“Creo que sobrevivirá.
Tiene bastante amortiguación después de todo.” Sele se rio, agarrando la mano de Elena y entrelazando sus dedos.
“¿Estás segura de que nadie va a aparecer allí?” preguntó Sele, con un deje de preocupación en la voz.
“¿Tus padres?…
¿Tu hermana?” Elena apretó su mano para tranquilizarla.
“Segura.
Mis padres están en un crucero por el Caribe celebrando su aniversario número no-sé-cuántos.
Y mi hermana…
bueno, ella vive en su propio planeta.
Este lugar es nuestro, Sele.
Solo nuestro.” “Y Alexander cree que estás…” “En un retiro de yoga y meditación con Alicia y Christina.” completó Elena, con una sonrisa de culpabilidad que no llegaba a sus ojos.
“Un fin de semana de desintoxicación supuestamente espiritual.” “Vaya…” Sele silbó, admirada.
“Eres una mentirosa profesional, profesora Day.
Ahora me das un poco de miedo.” “Aprendí de la mejor.” replicó Elena, guiñándole un ojo.
“Tú me enseñaste que a veces hay que mentir para sobrevivir.” El silencio que siguió fue cómodo, lleno de complicidad.
Elena pensó en la maleta que llevaba en el maletero.
No había ropa de yoga.
Había bikinis minúsculos, botellas de vino, aceites de masaje y lencería que nunca se habría atrevido a usar con Alexander.
Este fin de semana no era para meditar.
Sino para divertirse.
*** “Necesito ir al baño y comprar chicles.” anunció Sele cuando Elena detuvo el coche en una gasolinera vieja, con la pintura descascarillada y un cartel de neón al que le faltaban letras.
“Te espero aquí.
Compra agua también, por favor.” pidió Elena, buscando su cartera.
“Yo invito.” Sele salió del coche, estirando las piernas.
Llevaba unos shorts vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes blanca que dejaba ver sus brazos tatuados y bronceados.
Elena la observó caminar hacia la tienda de conveniencia.
No pudo evitar admirar la forma en que se movía, con esa confianza arrogante que la caracterizaba.
“(Es mía.)” pensó con un orgullo posesivo la pelirrubia.
Sele entró en la tienda.
El aire acondicionado estaba tan fuerte que le puso la piel de gallina.
Se dirigió a las neveras del fondo, cogió dos botellas de agua grande y luego fue al mostrador, agarrando un paquete de chicles de menta por el camino.
En la cola había dos hombres.
Camioneros, por la pinta.
Grandes, con gorras de béisbol y camisas de franela.
Estaban hablando en voz alta, riéndose de algo.
Cuando Sele se puso detrás de ellos, uno se giró.
La miró de arriba abajo, deteniéndose en sus tatuajes, en su corte de pelo, en su actitud.
“Vaya…
¿qué tenemos aquí?” pregunto uno, dándole un codazo a su compañero.
“¿Es un chico o una chica?” El otro hombre se giró y soltó una risa desagradable.
“Con ese pelo y esos brazos…
quién sabe… Oye, tú, ¿qué eres?” Sele sintió que se le tensaban los músculos del cuello.
Odiaba esto.
Odiaba tener que lidiar con la ignorancia de la gente en cada rincón.
“Soy la persona que está esperando a que pagues tu cerveza y te largues.” respondió Sele con frialdad, sosteniendo su mirada.
El primer hombre dejó de reírse.
Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio.
“Tienes la boca muy grande para ser una…
lo que sea que seas.
Deberíamos enseñarte modales.” Sele no retrocedió.
Apretó los puños a los costados, lista para lo que fuera.
Había peleado antes.
Sabía dónde golpear para hacer daño.
Pero entonces, la campanilla de la puerta sonó.
“¿Cariño?
¿Te falta mucho?” La voz de Elena sonó dulce, pero con un filo de acero.
Sele y los dos hombres se giraron.
Elena estaba parada en la puerta, con sus gafas de sol puestas y su vestido de flores, luciendo como la imagen misma de la clase y la elegancia.
Pero la forma en que sostenía las llaves del coche, con los nudillos blancos, delataba su tensión.
El camionero miró a Elena, luego a Sele, y pareció hacer un cálculo mental.
Pareciendo llegar a la conclusión de que no valía la pena el problema.
“Vámonos.” masculló, escupiendo al suelo cerca de las zapatillas de Sele antes de salir con su amigo.
Sele soltó el aire que había estado conteniendo junto a relajar su cuerpo antes tenso en preparación para intercambiar golpes.
Pagó el agua y los chicles rápidamente, bajo la mirada curiosa del cajero, y salió.
Elena la esperaba junto al coche, con los brazos cruzados.
“¿Estás realmente bien?” preguntó Elena, escrutando su rostro.
“Sí.
Solo un par de idiotas…
Nada nuevo.” Sele intentó restarle importancia, abriendo una botella de agua y bebiendo un trago largo.
Elena se acercó y le puso una mano en la mejilla.
“No tienes que hacerte la dura conmigo, Sele.” “No me hago la dura.
Lo soy.” Sele sonrió de medio lado, pero había tristeza en sus ojos.
“Vamos.
Quiero llegar a esa casa y olvidar que existe otra gente en el mundo.” *** El camino de grava crujió bajo los neumáticos cuando llegaron.
La casa era una construcción de madera blanca, elevada sobre pilares, con un porche amplio que miraba directamente a la playa.
Estaba aislada, rodeada de dunas y vegetación salvaje, tal como Elena había prometido.
El cielo finalmente se había abierto, dejando paso a una tormenta espectacular.
Rayos lejanos iluminaban el mar gris y agitado.
“Es perfecta…” susurró Sele, bajando del coche y mirando la casa con admiración.
“Es mi refugio.” dijo Elena, sacando las llaves.
“Ven.
Vamos a entrar antes de que empiece a llover.” Corrieron hacia el porche justo cuando las primeras gotas empezaron a caer.
Elena abrió la puerta principal y el olor a madera vieja y salitre las recibió.
La pelirrubia dejó las llaves sobre una mesa de entrada y se giró hacia Sele.
La lluvia golpeaba el techo de chapa con un estruendo relajante.
Estaban solas.
Completamente solas.
A kilómetros de cualquier tipo de problema.
“Bienvenida a casa, Sele.” dijo Elena suavemente.
Sele dejó caer la mochila al suelo.
No dijo nada.
Simplemente cruzó la distancia que las separaba en dos zancadas y tomó el rostro de Elena entre sus manos para luego besarla.
Elena suspiró contra su boca, sintiendo cómo la tensión de las últimas semanas se derretía.
Sus manos subieron por el pecho de Sele, sintiendo el latido fuerte de su corazón.
“¿Me enseñas el dormitorio?” preguntó Sele, separándose apenas unos milímetros, con la voz ronca.
Elena sonrió.
“Con mucho gusto.” La tomó de la mano y la guio escaleras arriba, mientras la tormenta se desataba fuera, creando una cortina de agua que las aislaba del resto del universo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com