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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 44

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44: Capítulo 44 44: Capítulo 44 *** La tormenta fuera era un espectáculo de furia natural.

El viento azotaba las ventanas de cristal de suelo a techo, y el mar, habitualmente un susurro rítmico que rugía como una bestia hambrienta en la oscuridad.

Pero dentro del dormitorio principal, el ambiente era de una calma casi religiosa.

Sele estaba de pie junto al ventanal, observando la lluvia golpear el vidrio.

Se había quitado las zapatillas y los calcetines, y sus pies desnudos se hundían en la alfombra de color crema.

“Es inmenso.” murmuró Sele, sin girarse.

“Esta habitación es más grande que todo mi apartamento.” Elena, que estaba deshaciendo la maleta sobre la cama king size, se detuvo.

Levantó la vista y observó la silueta de Sele recortada contra la oscuridad de la tormenta.

Había un tono en la voz de la joven que la mayor reconoció: esa mezcla de asombro y una sutil incomodidad de clase que a veces surgía cuando el lujo de la vida de Elena se hacía demasiado evidente.

“Es solo una habitación, Sele.” dijo Elena con suavidad, dejando una pila de camisetas dobladas sobre el colchón.

“Cuatro paredes y un techo.” “Cuatro paredes con vista al océano y sábanas que probablemente cuestan más que todo el equipo en conjunto de mi banda.” corrigió Sele, girándose con una sonrisa torcida que no le llegaba a los ojos.

“A veces…

a veces es difícil olvidar que tú eres la princesa en el castillo y yo soy…

bueno, yo.” Elena dejó lo que estaba haciendo y caminó hacia ella.

La luz tenue de las lámparas de las mesitas de noche creaba sombras suaves en la habitación.

Se detuvo frente a Sele y le tomó las manos.

Estaban frías.

“Tú no eres solo tú.” dijo Elena con firmeza, mirándola a los ojos.

“Y esto no es un castillo.

Es un refugio en el cual no me importa cuánto cuesten las sábanas o de qué marca sea el vino que traje… Lo único que me importa es que, por primera vez en meses, no tengo que mirar el reloj…

No tengo que bajar la voz…

No tengo que mentir.” Sele la miró, buscando cualquier rastro de duda en su rostro.

No encontró ninguno.

Solo vio a Elena: la mujer que la miraba como si ella fuera lo único valioso en esa habitación llena de cosas caras.

“¿No echas de menos tu vida perfecta?” preguntó Sele, un susurro vulnerable.

“¿Tus cenas, tu comodidad?” “Mi vida perfecta.” Hace comillas con los dedos.

“Es fría y solitaria, Sele.

Tú lo sabes mejor que nadie.” Elena soltó una de sus manos para acariciar la mejilla de la joven, trazando la línea de su mandíbula con el pulgar.

“Tú eres lo único real que me ha pasado en mucho tiempo.” Sele suspiró, rindiéndose.

Se inclinó y apoyó la frente contra la de Elena, cerrando los ojos.

“Me vas a malcriar, Day.

Me voy a acostumbrar a esto y luego…

¿Qué haré cuando tengamos que volver?” “No pensemos en volver.” susurró Elena contra sus labios.

“Todavía no…

Ahora solo estamos tú, yo y la lluvia.” Sele la besó.

Fue un beso lento, con sabor a sal y promesas.

Sus brazos rodearon la cintura de Elena, atrayéndola hacia el calor de su cuerpo, anclándola.

“Tengo hambre.” murmuró Sele contra su boca unos minutos después, rompiendo el hechizo con una risa baja.

Elena se rio, dándole un pequeño empujón juguetón.

“Eres insaciable… en ambos sentidos.

Acabamos de llegar.” “El viaje me dio hambre.

Y tú me das hambre.” replicó Sele, mordisqueando el labio inferior de Elena.

“Pero creo que será mejor empezar por la comida.

Vi una cocina abajo que parece sacada de una revista de primera…

¿La usamos o es de adorno?” “La usamos.” aseguró Elena, tomándola de la mano.

“Traje cosas para hacer pasta.

Y vino… Mucho vino.” *** Cenaron sentadas en el suelo del salón, frente a la chimenea de gas que Elena había encendido para combatir la humedad de la tormenta.

No usaron la mesa del comedor formal; les pareció demasiado rígida, demasiado parecida a la vida que habían dejado atrás en la ciudad.

Bebieron vino tinto directamente de las botellas, comieron pasta con salsa de tomate casera, o lo más casera que Elena pudo improvisar con los ingredientes que trajo, y hablaron.

Hablaron de música, de los tatuajes de Sele, de los alumnos insoportables.

No hablaron de Alexander.

No hablaron del padre de Sele.

Esa noche, los fantasmas tenían prohibida la entrada.

“Entonces…” dijo Sele, dejando su botella vacía en el suelo y estirándose perezosamente frente al fuego.

“Mañana, si la tormenta pasa, quiero enseñarte a surfear.” Elena la miró horrorizada desde el sofá donde se había recostado.

“¿Estás loca?

¿Yo?

¿En una tabla?” Elena se rio.

“Sele, mi coordinación motora se limita a escribir en la pizarra y conducir.

Me mataré por accidente.” “No te matarás…

Yo te sostendré.” prometió Sele, gateando hacia ella con esa elegancia felina que siempre hacía que el pulso de Elena se acelerara.

“Además, te verías increíble en un traje de neopreno… O en un bikini…

O sin nada…

cómo sea, en cualquier forma me encantara igual.” Elena sintió el cambio en la atmósfera.

La conversación ligera se evaporó, reemplazada por la tensión eléctrica que siempre existía entre ellas.

Pasó los dedos por el cabello de Sele, jugando con los mechones negros en su nuca.

“Sin nada suena mejor…” admitió Elena con voz ronca.

Sele sonrió, esa sonrisa depredadora que Elena adoraba.

“¿Sí?” “Sí.” Sele se levantó de rodillas y agarró el borde del vestido de verano de Elena.

Subiéndolo lentamente, revelando las piernas bronceadas, los muslos suaves, hasta dejarla expuesta en su ropa interior.

“Nunca me cansare de decirlo… eres hermosa, Elena.” susurró Sele, bajando la cabeza para besar la cara interna de su rodilla.

“Y eres absolutamente mía estos días.” “Tuya…” jadeó Elena cuando los besos subieron por su muslo.

Sele la tumbó en el sofá.

El fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre sus cuerpos.

Hicieron el amor con una calma que no habían tenido antes.

No había prisa por terminar antes de que alguien llegara, no había miedo a ser descubiertas.

Tomándose su tiempo, explorando cada centímetro, cada reacción, disfrutando del lujo de la privacidad.

Más tarde, mucho más tarde, cuando la tormenta afuera se había calmado hasta convertirse en una llovizna suave, subieron al dormitorio.

Ambas se metieron en la cama, bajo el edredón pesado.

Con Sele abrazando a Elena por la espalda, en forma de cuchara, y Elena entrelazó sus dedos con los de ella.

“Buenas noches, Day.” susurró Sele en su oído.

“Buenas noches, Eleonor.” respondió Elena, cerrando los ojos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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