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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 45

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45: Capítulo 45 45: Capítulo 45 *** El mar estaba más tranquilo después de la tormenta de la noche anterior.

El cielo, de un azul límpido y lavado, se reflejaba en el agua creando un espejo infinito que solo se rompía con la llegada de péquelas olas suaves y constantes.

“¡Mantén las rodillas flexionadas!” gritó Sele desde el agua, con el agua llegándole a la cintura y el cabello mojado pegado a la frente.

Elena, que luchaba por mantener el equilibrio sobre la tabla de surf prestada, que era más bien una reliquia vieja que habían encontrado en el garaje, soltó un grito agudo antes de caer de bruces al agua con un chapoteo poco elegante.

Un poco asustada la pelirrubia salió unos momentos después a la superficie tosiendo un poco y riéndose de sí misma, apartándose el cabello de la cara.

“¡Esto es imposible!” se quejó Elena, escupiendo agua salada.

“¡La tabla me odia!” Sele se acercó remando suavemente sobre su propia tabla, con esa gracia natural que a Elena le daba tanta envidia.

La pelinegra se bajó de un salto de su propia tabla y caminó hacia ella, con el agua escurriendo por su traje de neopreno, que había decidido usar por el frío de la mañana, aunque a Elena le parecía la visión más sexy del mundo.

“La tabla no te odia, Day.

Es solo que estás muy rígida.” Sele la agarró por la cintura para estabilizarla.

“Tienes que relajarte.

Seguir con el agua, no pelear contra ella.” “Es fácil para ti decirlo, sirenita.” replicó Elena, apoyando las manos en los hombros de Sele.

“Parece que naciste haciendo esto.

Yo soy una criatura de tierra firme y tacones.” “Y te ves muy bien en tacones, pero aquí…” Sele la besó, un beso rápido en la mejilla a los límites de los labios de la Day.

“Aquí mandan las olas.

Vamos, inténtalo una vez más.

Yo te empujo.” Lo intentaron durante una hora más.

Hubo más caídas, más risas y mucho contacto físico “accidental” bajo el agua.

Finalmente, agotadas y hambrientas, se arrastraron hasta la orilla y se dejaron caer en la arena, con las tablas a un lado.

Elena se tumbó boca arriba, cerrando los ojos bajo el sol.

Sentía que cada músculo de su cuerpo, pero era un dolor agradable, un recordatorio de que estaba viva.

“¿Sabes?” dijo Sele, sentándose a su lado y mirando el horizonte.

“Mi madre solía decir que el mar lo cura todo.

Que, si gritas tus problemas bajo el agua, las olas se los llevan.” Elena abrió un ojo y la miró.

Era la primera vez en el viaje que Sele mencionaba a su madre de forma tan directa.

Recordó la conversación en la cocina el día de su cumpleaños, sobre la cirugía, pero sentía que había más.

Mucho más.

“¿Ella te enseñó a surfear?” preguntó Elena con suavidad.

Sele asintió, arrancando un pedazo de hierba de una pequeña duna cercana.

“Sí.

Ella y mi padre…

antes de que todo cambiara.” La sonrisa de Sele se desvaneció un poco.

“Antes de la explosión.” Elena se incorporó, apoyándose en los codos.

La palabra “explosión” sonó terrible en medio de tanta paz.

“¿Explosión?” Sele suspiró, abrazando sus rodillas.

Miró al mar como si estuviera viendo una película de terror proyectada en las olas.

“Fue hace dos años.

Casi exactamente dos años.” La voz de Sele se volvió monótona, como si estuviera leyendo algo sobre alguien más.

“Yo volvía de la escuela.

En un día normal.

Y cuando doblé la esquina de mi calle…

vi los camiones de bomberos junto a la policía.” Elena contuvo el aliento, sintiendo un frío repentino a pesar del sol.

“Hubo una fuga de gas en la cocina.” continuó Sele, con los ojos vidriosos.

“Dicen que estaban discutiendo.

Los vecinos oyeron gritos.

No sé si mi padre estaba borracho entonces o si fue un accidente…

nunca lo sabré.

Pero la casa…

parte de la casa voló.” “Oh, Dios mío, Sele…” Elena se acercó y le puso una mano en la espalda.

“Vi cómo sacaban el cuerpo.” susurró Sele, y una lágrima solitaria escapó de su ojo.

“En una bolsa negra.

Quise correr hacia ella, quise verla, pero un policía me detuvo.

Me dijo que no podía.

Y yo gritaba…

gritaba que era mi mamá.” Elena sintió que se le rompía el corazón.

Imaginó a una Sele de dieciséis años, viendo cómo se llevaban su mundo en una bolsa de plástico.

“Mi padre sobrevivió, obviamente.” dijo Sele con amargura.

“Hierba mala nunca muere después de todo.

Pero desde ese día…

él me culpa.

Me mira y parece ver la razón por la que ella ya no está.

Y empezó a beber con regularidad para borrar esa imagen, supongo.” “No fue tu culpa, Sele.” dijo Elena con firmeza, obligándola a mirarla.

“Fue un accidente.

Una tragedia.

Pero no fue tu culpa.” “A veces siento que sí.” confesó Sele, secándose la cara con el dorso de la mano.

“A veces siento que, si yo hubiera sido la hija normal que él quería, si no hubieran estado discutiendo tanto por mi culpa, por mis tatuajes, por mi identidad…

tal vez ella seguiría aquí.” Elena la abrazó con fuerza, atrayéndola hacia su pecho.

Sele se derrumbó, llorando en silencio, sacando ese dolor que llevaba dos años enquistado.

“Eres perfecta, Sele.” le susurró Elena al oído, meciéndola.

“Eres fuerte.

Eres la persona más fuerte que conozco.

Has sobrevivido a un infierno y sigues aquí, siendo maravillosa.” Ambas se quedaron así mucho tiempo, hasta que los sollozos de Sele cesaron y solo quedó el sonido del mar.

“Gracias.” murmuró Sele, separándose un poco y mirando a Elena con gratitud.

“No suelo hablar de esto.

Ni siquiera con mis amigas más cercanas hablo de los detalles.” “Puedes hablar de lo que quieras conmigo…

Siempre.” Sele sonrió, una sonrisa triste pero genuina.

“¿Y tú?” preguntó, cambiando el foco.

“Tú también cargas cosas, Day.

Te veo suspirar cuando crees que no te miro.” Elena se recostó de nuevo en la arena, mirando al cielo.

“Mi carga es diferente.

Menos trágica, quizás, pero asfixiante a su manera.” Elena pensó en la visita a sus padres hace unos días.

“Fui a ver a mi madre, Militas, antes de venir aquí.” “¿La que adora a Alexander?” “Esa misma.” Elena soltó una risa seca.

“Le conté lo infeliz que era.

Le dije que Alexander me ignora, que no quiere hijos, que probablemente me es infiel…

así como yo soy con él, pero que claramente evite mencionar… ¿Y sabes qué me dijo?” Sele negó con la cabeza, acariciando el brazo de Elena.

“Me dijo que era mi culpa por no saber seducirlo…

Que los hombres son así y que las mujeres tenemos que aguantar y ser comprensivas.” Elena apretó los puños, agarrando arena entre sus dedos.

“Me dijo que no tengo edad para separarme.

Que, si lo dejaba, nadie me querría.” “Tu madre es una idiota.” soltó Sele sin filtros.

“Lo es.” Elena suspiró.

“Pero lo peor fue cuando…

se me escapó decirle que tal vez no necesitaba a un hombre.

Que podría buscar a una mujer.” Sele se tensó a su lado.

“¿Le dijiste eso?” “Sí.

Y su cara…

Sele, me miró como si fuera un monstruo.

Dijo que era heterosexual y que dejara de decir tonterías.

Que no le diera ese disgusto.” Elena giró la cabeza para mirar a Sele.

“En mi mundo, en ese mundo de perfección de mi familia y de Alexander, lo que nosotras tenemos no solo está prohibido.

No existe.

Es una aberración.” Sele se inclinó sobre ella, tapando el sol con su silueta.

“Pues me encanta ser una aberración contigo.” dijo Sele, rozando sus labios contra los de Elena.

“A mí también.” admitió Elena.

“Pero tengo miedo, Sele.

Tengo miedo de que cuando volvamos…

esa realidad me aplaste de nuevo.” “No dejaré que te aplaste.” prometió Sele.

“Te tengo.

Estamos juntas en esto.

Aunque sea en secreto, aunque sea en una burbuja.

Eres mía, Elena, así como yo soy tuya.” Sele la besó, e hicieron el amor allí mismo, en la playa desierta, con la urgencia de quien sabe que el tiempo es prestado.

No hubo miedo, ni vergüenza.

Solo piel, arena y la promesa silenciosa de que, pasara lo que pasara ese día o cualquier otro día, ese momento les pertenecía para siempre.

Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja y violeta, regresaron a la casa abrazadas, dejando dos pares de huellas en la orilla que la marea alta pronto borraría, pero que quedarían grabadas en su memoria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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