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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 46

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46: Capítulo 46 46: Capítulo 46 *** El viaje de regreso fue muy diferente al de ida.

No había música a todo volumen, ni risas despreocupadas.

El silencio dentro del coche era denso, cargado de una melancolía que se pegaba a la piel como la sal seca al mar.

Elena conducía con las gafas de sol puestas, aunque el sol ya estaba bajo, ocultando sus ojos.

La pelinegra sentía un peso en el pecho, una presión física.

Cada kilómetro que avanzaban hacia la ciudad era un kilómetro que la alejaba de la mujer libre que había sido durante las últimas 48 horas.

La Day miró de reojo a Sele.

La joven iba mirando por la ventanilla, con la capucha de su sudadera puesta, envuelta en sí misma.

Desde que habían cerrado la puerta de la casa de la playa, Sele había cambiado.

Se había puesto de nuevo su armadura invisible.

“¿Estás bien?” preguntó Elena, rompiendo el silencio.

Su voz sonó demasiado alta en el pequeño espacio del vehículo.

Sele tardó un segundo en responder, como si volviera de muy lejos.

“Sí.

Solo…

cansada.

El sol, supongo.” Era mentira.

Ambas lo sabían.

No era el sol.

Era el miedo.

El miedo a que todo lo que habían compartido se desvaneciera en cuanto cruzaran el límite de la ciudad.

El miedo de que volvieran a ser “la profesora y la alumna”, “la casada y la amante”.

“No tiene por qué cambiar nada, Sele.” dijo Elena, intentando convencerse a sí misma tanto como a la chica a su lado.

“Lo que pasó allí…

es real.

Lo que siento es real.” Sele se giró lentamente.

Sus ojos negros estaban oscuros, insondables.

“Lo sé, Day.

Pero allí no estaba él.” Sele señaló vagamente hacia el horizonte de rascacielos que empezaba a dibujarse a lo lejos.

“Allí no estaba tu esposo… Ni mi padre…

Ni la escuela.

Aquí…

aquí todo es complicado.” Elena apretó el volante.

Odiaba que tuviera razón.

“Lo manejaremos… de alguna forma lo haremos… Juntas.” Sele sonrió, una sonrisa triste y fugaz.

“Juntas…

hasta que lleguemos a tu calle.” Elena no supo qué contestar.

Tragó saliva y siguió conduciendo, sintiendo cómo la burbuja de felicidad del fin de semana se pinchaba lentamente, dejando escapar el aire.

*** Elena detuvo el coche frente a la casa de Sele.

El césped seguía descuidado, las cortinas estaban cerradas.

La casa parecía triste, abandonada, a pesar de que el coche del padre de Sele estaba en la entrada.

“Bueno…” Sele se desabrochó el cinturón de seguridad.

“Espera.” Elena la agarró del brazo.

“No te vayas así.

No quiero que nos despidamos así, como si fuéramos extrañas.” Sele la miró.

Vio la angustia en los ojos de Elena y su expresión se suavizó para luego inclinarse sobre la consola central y la besó.

Fue un beso desesperado, con sabor a despedida y a miedo.

“No somos extrañas, Elena.” susurró Sele contra sus labios.

“Eres lo mejor que me ha pasado.

Pero…

necesito tiempo.

Esta semana va a ser difícil.” “¿Por qué?” preguntó Elena, acariciándole la mejilla.

Sele dudó.

Pensó en decirle que se acercaba él.

Que en unos días se cumplirían dos años desde que su mundo explotó.

Pero no quería cargar a Elena con su drama, no justo ahora que volvían a la realidad.

No quería dar más lástima.

“Cosas mías.

El colegio, los ensayos…

mi padre está peor.” Mintió a medias.

“Solo…

ten paciencia conmigo si estoy un poco distante, ¿vale?” Elena asintió, aunque no estaba convencida.

“Siempre tengo paciencia contigo.

Llámame si me necesitas.

A cualquier hora.” “Lo haré.” Sele le dio un último beso rápido y bajó del coche.

Elena la vio entrar en su casa.

Vio cómo Sele dudaba un segundo ante de abrir la puerta, como si estuviera entrando en una jaula de leones.

Cuando la puerta se cerró, Elena se sintió más sola que nunca.

*** La semana pasó sin nada rescatable.

El ambiente en estaba cargado; los exámenes finales se acercaban y el estrés era palpable.

Pero para Elena, el verdadero estrés no venía de las correcciones, sino del silencio continuo de Sele.

La joven cumplía su palabra a medias.

Iba a clase, se sentaba al fondo, tomaba notas.

Pero no participaba.

No hacía chistes.

No buscaba la mirada de Elena.

Era como si se hubiera apagado.

Elena la observaba desde su escritorio, preocupada.

Veía las ojeras bajo los ojos de Sele, más profundas cada día.

Veía cómo Verónica intentaba hablarle y Sele respondía sin interés.

“¿Profesora Day?” Elena levantó la vista de sus papeles.

Samuel estaba parado frente a su mesa, con su carpeta abrazada contra el pecho.

“Dime, Samuel.” “Es sobre el trabajo en grupo.

El que tenemos con Sara, Verónica y Lucy.” “¿Sí?

¿Hay algún problema?” “Bueno…” Samuel miró hacia atrás, nervioso.

“Es Sara.

Ella…

ella no ha venido a las dos últimas reuniones.

Y cuando le preguntamos, nos dijo que hiciéramos lo que quisiéramos…

No es propio de ella, profesora.

Quiero decir, sé que no le gustan los trabajos, pero siempre ayuda en algo.

Ahora parece…

ausente.” Elena sintió un pinchazo de alarma.

“Gracias por decírmelo, Samuel.

No te preocupes por la nota.

Yo hablaré con ella.” Cuando sonó el timbre, Elena intentó interceptar a Sele en la puerta, pero la chica fue más rápida y se escabulló entre la multitud como un fantasma.

Elena sacó su móvil y le envió un mensaje rápido.

Elena (14:30): ¿Estás bien?

Samuel dice que no estás ayudando con el trabajo.

Me tienes preocupada.

La respuesta no llegó hasta la noche.

Sele (20:00): Estoy bien.

Solo ocupada…

Lo siento.

Fría.

Distante.

Elena miró el mensaje, sentada en su sofá, mientras Alexander, que había vuelto de su viaje y de sus “reuniones” infinitas, cenaba en silencio frente al televisor.

“¿Quién es?” preguntó Alexander sin mirar, notando que ella no soltaba el teléfono.

“Una alumna.

Problemas con una entrega en un trabajo de grupo que deje.” respondió Elena automáticamente.

“Deberías dejar de darles tu número.

No te pagan para ser su niñera 24 horas.” refunfuñó él volviendo a lo suyo.

Elena lo miró con desprecio.

Pero no dijo nada.

Simplemente se levantó y se fue a la cocina, sintiendo que su casa volvía a ser la prisión de siempre, solo que ahora le faltaba el aire.

*** Sele estaba sentada en el suelo del estudio, con la espalda apoyada contra la pared y una botella de agua en la mano.

Karen estaba tatuando a un cliente en la silla, pero no dejaba de lanzar miradas de preocupación a su amiga.

Sele llevaba tres días sin dormir bien.

Las pesadillas habían vuelto.

Fuego.

Gritos.

Sirenas.

Se despertaba empapada en sudor, con el corazón a mil, y el único consuelo que tenía era mirar el teléfono y ver la foto de Elena.

Pero no la llamaba.

No podía.

Si oía la voz de Elena, se rompería.

Y Sara Eleonor no se rompía.

Sara Eleonor aguantaba.

“Te ves fatal, amiga.” Se acerco Karen, terminando con el cliente y quitándose los guantes.

“Gracias.

Tú también estás preciosa.” replicó Sele con voz ronca.

“En serio, Sele.

Mañana es el día, ¿verdad?” Karen se sentó a su lado en el suelo.

Sele cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared.

“Sí.” “¿Vas a estar bien?

¿Quieres que me quede contigo esta noche?” “No.

Quiero estar sola.

Necesito…

pensar.” “¿Has hablado con tu profesora?” preguntó Karen con cautela.

Sele negó con la cabeza.

“Solo sabe lo que ocurrió…

pero no le dije la fecha.” “¿Por qué?

Ella te quiere, Sele…

Se nota a leguas.

Te ayudaría.” “Porque no quiero que me vea así, Karen.” Sele abrió los ojos, y estaban llenos de lágrimas contenidas.

“No quiero ser la pobre niña con traumas…

Quiero ser la mujer fuerte que ella cree que soy.

Si me ve llorando como una estúpida por algo que pasó hace dos años…

se dará cuenta de que soy un desastre.” “Eres una idiota.” dijo Karen con cariño, abrazándola.

“Pero es tu decisión.

Solo…

ten cuidado.

No hagas ninguna tontería.” Sele forzó una sonrisa.

“Nunca hago tonterías.” La pelinegra se levantó de su lugar, cogió su mochila y salió del estudio.

La noche estaba cayendo.

Mañana se cumplirían dos años sin su madre.

Dos años de infierno con su padre.

Suspirando sacó el móvil.

Tenía tres llamadas perdidas de Elena.

Su dedo se detuvo sobre el botón de llamar.

Por un momento pensó en llamarla y decirle que la necesitaba.

Pero entonces, la voz de su padre resonó en su memoria: “Fue culpa tuya.

Tú y tus malditos problemas la mataron.” Perdiendo el brillo en sus ojos Sele guardó el móvil en el bolsillo.

No merecía llamar a Elena.

No merecía ser consolada.

La Day se encogió sobre sí misma y caminó hacia su casa, preparándose para la tormenta que se avecinaba, sin saber que, al intentar proteger a Elena de su oscuridad, solo estaba cavando un abismo entre las dos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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