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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 47

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47: Capítulo 47 47: Capítulo 47 *** El cielo estaba de un gris plomizo, una losa de aspecto de hormigón que amenazaba con aplastar la ciudad, como si el clima hubiera decidido respetar el luto de Sara Eleonor siguiendo de cerca su estado de ánimo.

Sele caminaba por el sendero de grava con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta negra, la cabeza baja y los auriculares puestos, aunque no sonaba música.

Solo los llevaba para que nadie se le acercara.

Llegó a la lápida de granito simple.

Evelin Eleonor.

Amada madre y esposa.

Sele se dejó caer de rodillas sobre la hierba húmeda, sin importarle manchar sus pantalones.

No traía flores.

A su madre no le gustaban las flores cortadas; decía que era cruel matarlas para adornar la muerte.

“Hola, mamá.” susurró Sele.

Su voz se quebró en la primera sílaba.

El silencio del cementerio fue la única respuesta.

Los recuerdos, que había mantenido a raya durante toda la semana, rompieron la presa.

No pudo evitarlo.

Vio a su madre sentada en el sofá, riéndose con ella de unos dibujos animados estúpidos cuando era niña.

Recordó la discusión por el piercing de la nariz a los quince años, los gritos, la rebeldía adolescente que ahora daría cualquier cosa por revivir.

Y luego, el recuerdo que quemaba.

El 8 de abril de hace dos años.

El olor a humo.

Las luces rojas y azules girando.

El policía, Jeremy, bloqueándole el paso diciéndole.

“Hubo una explosión de gas…

Tu madre no ha sobrevivido.” Sele cerró los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por sus mejillas frías.

Recordó cómo gritó, cómo quiso golpear al policía, cómo su mundo se acabó en ese instante mientras sacaban una bolsa negra de la casa en ruinas.

“Te extraño.” dijo Sele a la piedra fría, con la voz ahogada por el llanto.

“Joder, mamá, te extraño tanto.

No sé cómo hacer esto sin ti.

No sé cómo ser yo…

o si siquiera me acerco a hacerlo.” Se quedó allí mucho tiempo, llorando todo lo que no había llorado en dos años, sintiéndose más pequeña y sola que nunca.

Ni siquiera el recuerdo de los brazos de Elena podía calentarla en ese momento.

*** Mientras Sele se enfrentaba a sus fantasmas, Elena luchaba contra sus propios demonios en un escenario muy diferente: el comedor inmaculado de la casa de sus padres, frente a un plato de porcelana china y una taza de té que costaba más que la compra semanal de una familia promedio.

“Es solo una fase, Elena.

Esto pasará.” dijo Militas, cortando un pedazo de pastel.

Elena apretó la servilleta en su regazo.

Había venido a una de sus visitas, que hacía para que su madre no tuviera ganas de caer en su vida de improviso.

Y, como siempre, Militas había convertido dicha visita en una lección sobre cómo ser una buena esposa.

“No es una fase, mamá.” replicó Elena, cansada.

“Alexander no…” “Si tu marido ha tenido un día largo y estresante, darle un poco de espacio no mata a nadie.” insistió Militas interrumpiéndola.

“Tienes veintiséis años, Elena.

Ya pasó la hora de aprender que la vida no es un cuento de hadas.

Tu padre también olvida cosas, pero yo aguanto.

Ese es el secreto.” “¿Aguantar?” Elena soltó una risa amarga.

“¿Quieres que sea una sumisa infeliz?

¿Qué acepte que mi marido me ignora y probablemente me engaña?” “¡Estás siendo dramática!” Militas alzó la voz, perdiendo la compostura por un segundo.

“Alexander es un hombre exitoso.

Es el presidente del lugar donde trabaja.

Es normal que esté ocupado.

Tal vez si te arreglaras más, si supieras seducirlo en lugar de quejarte…” La sangre de Elena hirvió.

“¡¿Que no sé seducirlo?!” Elena se puso de pie, temblando de rabia.

“¡Soy tu hija!

¿Por qué siempre lo defiendes a él?” “Porque él es un buen partido, Elena.

Y tú no estás en edad para separarte y empezar de cero…

¿Crees que sería fácil encontrar a otro hombre a estas alturas?” Fue entonces cuando Elena, impulsada por la frustración y quizás por el recuerdo de una piel tatuada y unos ojos negros que la miraban con adoración “Me voy.” dijo Elena, tomando su bolso y saliendo de la casa sin despedirse.

La pelirrubia se subió a su coche y condujo sin rumbo, con las lágrimas nublándole la vista.

La canción en la radio hablaba de amor, pero a Elena solo le sonaba a mentira.

Necesitaba a Sele.

Necesitaba verla.

Marcó su número una… dos… tres veces…

Buzón de voz.

“Contesta, por favor…” susurró al teléfono, sintiendo que su mundo perfecto se desmoronaba y la única persona que podía sostenerla estaba desaparecida.

*** La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la farola de la calle que se colaba por la ventana.

Sele estaba sentada en el suelo, apoyada contra la cama, con una botella de whisky barato abierta a su lado.

El dolor en su pecho no se había ido.

Sino que se había transformado en un agujero negro que amenazaba con tragarla entera.

La pelinegra había intentado dormir, pero las pesadillas estaban al acecho.

El fuego.

Los gritos.

La culpa.

Miró la botella.

El líquido ámbar que prometía olvido.

Bebió un trago largo, sintiendo cómo le quemaba la garganta.

No era suficiente.

Tambaleándose un poco se levantó perdiendo un paso y abrió el cajón de su mesita de noche.

Rebuscando al fondo, debajo de unos cuadernos viejos y gastados, hasta que encontró lo que buscaba: una bolsita de plástico pequeña con unas pastillas de colores.

Éxtasis.

Hacía meses que no las tomaba.

Había prometido dejarlas.

Pero hoy…

hoy dolía demasiado ser Sara Eleonor.

“Solo hoy.” se mintió a sí misma.

“solo una.” Se tragó una pastilla de golpe y las bajó con otro trago de whisky.

Y se sentó a esperar.

A esperar que la química hiciera su trabajo y borrara el dolor, reemplazándolo por esa felicidad artificial y ligera.

Para que cuando lo hiso empezar a reírse sola en la oscuridad.

Se reía de su padre, se reía de Elena, se reía de la vida.

“Day…” murmuró, mirando al techo que empezaba a girar.

“Day me utiliza…” La frase se repitió en su cabeza como un mantra tóxico.

“(Me utiliza.

Solo soy un juguete.

Ella nunca dejará a su marido por mí.)” El timbre de la puerta sonó.

Una, dos, muchas veces.

Insistente.

Sele lo ignoró.

Siguió bebiendo.

De repente, la puerta de su habitación se abrió de golpe.

La luz del pasillo la cegó.

“¡Sele!” La voz de Verónica sonó asustada.

Verónica y Madison entraron corriendo.

Habían usado la llave de emergencia de la ventana.

Al ver a su amiga en el suelo, con la botella y la mirada perdida, la primera sintió que se le helaba la sangre.

“¡Qué mierda, Eleonor!” gritó Madison al ver la bolsita vacía en el suelo.

“¡De nuevo no!

¿Las usaste?” Sele las miró con una sonrisa torcida, desconectada de la realidad.

“Yo no uso a…

nadie…

Day sí…” balbuceó Sele, arrastrando las palabras.

“Day me usa…

de nuevo…

y… ¡me encanta!” Verónica se arrodilló a su lado, quitándole la botella de la mano.

“Estás drogada.” dijo Verónica con tristeza.

“Me prometiste que te ibas a portar bien.” “Quiero estar feliz…” dijo Sele con voz de niña pequeña, mirando a un punto fijo en la pared.

“Ella es tan hermosa…

es obvio que jamás se enamoraría de mí…

es mucha mujer para mí.” Sele se echó a reír, pero las lágrimas seguían cayendo por su rostro.

Era una imagen devastadora: la chica fuerte, la líder de la banda, reducida a un desastre emocional por la culpa y un amor que sintió imposible.

“Madison, quédate con ella.” ordenó Verónica, levantándose con determinación.

“Voy a buscar agua y café.

No vamos a dejar que se hunda.

No hoy.” Madison se sentó en la cama y atrajo a Sele hacia su regazo, abrazándola como si fuera una muñeca rota.

Acarició su cabello negro y sudado.

“Vas a estar bien, lo prometo.” susurró Madison, aunque Sele ya no la escuchaba, perdida en un laberinto de colores y dolor donde el nombre de Elena resonaba como un eco lejano.

Esa noche, mientras Elena lloraba en su mansión vacía sintiéndose rechazada por su madre, Sele flotaba en un abismo químico, convencida de que el amor de su vida era solo otra forma de castigo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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