Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 48
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48: Capítulo 48 48: Capítulo 48 *** El despertar no fue un acto suave, sino una colisión violenta contra la realidad.
Lo primero que Sele sintió fue el martillo neumático dentro de su cráneo, golpeando rítmicamente detrás de sus ojos.
Lo segundo fue la sequedad en la boca, como si hubiera tragado un puñado de arena del desierto.
Y lo tercero, y peor de todo, fue el olor.
Un olor rancio a alcohol barato, sudor frío y vergüenza.
La pelinegra abrió un ojo con esfuerzo.
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la persiana como agujas láser.
Gimió y trató de darse la vuelta, pero algo le impedía moverse.
“Ni se te ocurra vomitar en la cama.” dijo una voz seca y cansada a su lado.
Sele parpadeó, enfocando la visión borrosa.
Verónica estaba sentada en una silla junto a la cama, con los brazos cruzados y unas ojeras que probablemente rivalizaban con las suyas.
Madison dormía hecha un ovillo a los pies del colchón, roncando suavemente.
“¿Qué…?” Sele intentó hablar, pero su voz salió como un graznido.
Tosió, sintiendo que la garganta le ardía.
“¿Qué hora es?” “Hora de que asumas las consecuencias.” respondió Verónica, levantándose para tenderle un vaso de agua y dos aspirinas.
“Tómatelo.
Tienes que ir a la escuela.” Sele se incorporó lentamente, sintiendo que la habitación giraba.
Tomó el agua con manos temblorosas.
Los recuerdos de la noche anterior eran flashes desordenados: la botella de whisky, la bolsita de pastillas, el llanto, la sensación de caer en un pozo sin fondo.
“¿Llamé a alguien?” preguntó Sele, con el pánico empezando a subir por su pecho.
“Dime que no llamé a mi padre.
O a Elena.” Verónica suspiró, sentándose en el borde de la cama.
Con su expresión dura suavizándose un poco.
“No.
Les quitamos el teléfono antes de que pudieras hacer alguna estupidez.
Pero ella te llamó, Sele.” Verónica señaló el móvil que descansaba en la mesita de noche, apagado.
“Como veinte veces.” “(Mierda.)” Sele cerró los ojos, dejando caer la cabeza entre las manos.
“¿Qué le voy a decir?” “La verdad sería un buen comienzo.” sugirió Verónica.
“O al menos una mentira muy convincente.
Pero no puedes seguir haciendo esto cada vez que colapsas, Sele…
Casi te matas ayer.
Si Madison y yo no hubiéramos llegado…” “Lo sé.” Sele la cortó, incapaz de escuchar el sermón, aunque sabía que se lo merecía.
“Lo sé, Vee.
Gracias.
De verdad.” “Levántate.
Date una ducha fría.
Apestas a destilería.” Verónica le dio una palmada en la pierna.
“Te esperamos abajo para llevarte.
No estás en condiciones de conducir tu moto.” Sele se arrastró hacia el baño.
Bajo el chorro de agua helada, intentó recomponer los pedazos de Sara Eleonor.
La pelinegra se miró al espejo: los ojos rojos, la piel pálida, el corte en el labio que se había hecho al morderse por la ansiedad.
“(Parezco un cadáver… Elena me va a matar.)” pensó.
*** Elena estaba de pie frente a la pizarra, escribiendo la fecha con una caligrafía inusualmente agresiva.
La tiza se rompió bajo la presión de sus dedos, cayendo al suelo en dos pedazos.
“Maldita sea.” murmuró, sacudiéndose el polvo blanco de las manos.
No había dormido.
Después de la discusión con su madre y el silencio de Sele, se había pasado la noche en vela, mirando el techo, imaginando los peores escenarios.
¿Y si Sele había tenido un accidente con la moto?
¿Y si su padre le había hecho algo?
¿Y si simplemente se había cansado de ella y estaba con otra persona?
La puerta del aula se abrió y los alumnos empezaron a entrar.
Elena escaneó cada rostro, buscando desesperadamente el cabello negro y la mirada desafiante.
Nada.
El timbre sonó.
Todos estaban sentados.
El pupitre del fondo estaba vacío.
Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Iba a empezar la clase, con el corazón en la garganta, cuando la puerta se abrió de nuevo.
Sele entró.
El alivio que Elena sintió fue instantáneo, seguido inmediatamente por una ola de furia.
Sele tenía un aspecto terrible.
Llevaba la capucha de la sudadera puesta, caminaba arrastrando los pies y evitaba mirar a nadie.
Se dirigió directamente a su sitio sin decir una palabra, sin pedir perdón por el retraso.
Elena la observó.
Vio la palidez.
Vio el temblor en sus manos cuando sacó el cuaderno.
“Señorita Eleonor.” dijo Elena, y su voz sonó más fría de lo que pretendía.
“Llega tarde.” Sele se detuvo, con la mano en el respaldo de la silla.
Levantó la vista lentamente.
Cuando sus ojos se encontraron, Elena vio algo que la desarmó: dolor.
Puro y crudo dolor.
No había desafío, ni burla.
Solo agotamiento.
“Lo siento, profesora.” susurró Sele, con la voz rota.
Elena apretó los labios.
Quería gritarle y abrazarla al mismo tiempo.
“Siéntese.
Y quítese la capucha…
Las normas de vestimenta se aplican a todos.” Sele obedeció mecánicamente.
Se bajó la capucha, revelando su cabello revuelto y las ojeras profundas.
Se sentó y clavó la vista en la mesa, aislándose del mundo.
La clase fue una tortura.
Elena explicaba el ciclo de Krebs, pero su mente estaba en el fondo del aula.
Notaba cómo Sele se frotaba las sienes, cómo apenas podía mantener los ojos abiertos.
Cuando sonó el timbre, Elena no aguantó más.
“Pueden salir.” Esperó a que la mayoría recogiera sus cosas.
“Eleonor, quédate un momento.
Necesito hablar contigo sobre tu…
rendimiento.” Los alumnos salieron rápido, felices de escapar.
Verónica, que estaba esperando a Sele en la puerta, le lanzó una mirada de advertencia a su amiga y luego a Elena, antes de salir y cerrar la puerta, dejándolas solas.
El silencio en el aula era denso.
Sele no se levantó.
Seguía sentada en el fondo, mirando sus manos.
Elena caminó por el pasillo central, el sonido de sus tacones marcando el ritmo de su ansiedad.
Llegó hasta la mesa de Sele y se apoyó en el borde del pupitre delantero, cruzando los brazos.
“¿Dónde estabas ayer?” preguntó Elena.
Intentó sonar exigente, pero la preocupación se filtró en su tono.
Sele no respondió.
“Te llamé veinte veces, Sele.
Fui a tu casa, pero no me atreví a tocar porque vi el coche de tu padre.
Pensé que te había pasado algo.
Pensé que…” Elena se le quebró la voz.
“Me asusté, maldita sea.” Sele levantó la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas no derramadas.
“Lo siento, Day.
No podía…
no podía contestar.” “¿Por qué?” Elena se acercó más, invadiendo su espacio.
“¿Estabas con alguien?
¿Te cansaste de mí?
Dímelo a la cara.” Sele soltó una risa amarga, seca.
“¿Cansarme de ti?
Dios, Elena…
ojalá fuera eso.
Sería más fácil.” “Entonces, ¿qué es?
Me estás matando con este silencio, Sele.
Ayer…
te necesitaba.
Te necesitaba y tú no estabas.” Sele cerró los ojos, como si las palabras de Elena fueran golpes físicos.
“Ayer fue… un día importante.” dijo Sele en un susurro.
Elena frunció el ceño, confundida.
“¿Qué tan importante?” Sele respiró hondo, un sonido tembloroso.
“Hace dos años…
mi casa explotó.” Elena se quedó helada.
Recordó la conversación en la playa.
La historia de la madre.
“Oh, Dios…” Elena se llevó una mano a la boca.
“¿Fue ayer?
¿El aniversario?” Sele asintió, incapaz de hablar.
Una lágrima solitaria se escapó y rodó por su mejilla pálida.
“Me pasé el día en el cementerio.
Y luego…
luego solo quería apagar mi cerebro.” Sele se miró las manos.
“Bebí.
Mucho…
No estaba en condiciones de hablar contigo, Elena.
Ni quería que me vieras así.
Rota.
Patética.” La ira de Elena se evaporó al instante, reemplazada por una compasión abrumadora.
Se movió rápido, rodeando la mesa y arrodillándose en el suelo sucio del aula, al lado de la silla de Sele.
“Mírame.” pidió Elena, tomando las manos de la chica entre las suyas.
Estaban heladas.
“Mírame, Sele.” Sele giró la cabeza, avergonzada.
“No eres patética.” dijo Elena con firmeza.
“Eres humana.
Y eres la persona más valiente que conozco.
¿Por qué pensaste que tenías que pasar por eso sola?
¿Por qué no confiaste en mí?” “Porque tú eres luz, Elena.” sollozó Sele.
“Y yo tengo demasiada oscuridad dentro.
Tengo miedo de que si te enseño todo lo que está mal en mí…
te vayas.
Que te des cuenta de que soy demasiado problema.” “Escúchame bien, Sara Eleonor.” dijo Elena, apretando sus manos.
“Yo no quiero solo tu luz.
No quiero solo el sexo increíble y las risas en la playa…
Te quiero a ti.
Con tus fantasmas, con tus traumas, con todo.
No me voy a ir a ninguna parte solo porque estar a tu lado sea un poco difícil.” Sele se derrumbó.
Se inclinó hacia adelante y escondió la cara en el cuello de Elena, sollozando.
Elena la abrazó con fuerza, acariciándole la espalda, meciéndola mientras la chica soltaba todo el dolor que había intentado ahogar en whisky la noche anterior.
“Te quiero, Day…” murmuró Sele entre sollozos.
“Te quiero tanto.” Elena sintió que el corazón se le hinchaba.
Era la primera vez que se lo decían en voz alta, sin juegos, sin ironías.
“Y yo a ti, mi niña.
Y yo a ti.” Se quedaron así unos minutos, ignorando el timbre del siguiente siclo, ignorando el riesgo.
Finalmente, Sele se separó un poco, limpiándose la cara con la manga de la sudadera.
“Tengo un aspecto horrible.” dijo con una sonrisa débil.
“Sí, lo tienes.” admitió Elena, sonriendo también y limpiándole una mancha de rímel de la mejilla.
“Pero sigues siendo la cosa más bonita que he visto.” Sele rio, un sonido acuoso pero genuino.
“¿Tienes más clases hoy?” preguntó Elena.
“Matemáticas y Literatura.” “Sáltatelas.” ordenó Elena, poniéndose de pie y ayudando a Sele a levantarse.
“No estás para ecuaciones.
Ve a casa.
O mejor…
ve a mi hogar.
Tengo una copia de la llave escondida en la maceta del porche… Ve, date una ducha caliente, come algo decente y duerme en mi cama.
Yo iré en cuanto termine aquí.” Sele la miró sorprendida.
“¿En serio?
¿Y si va Alexander?” “Alexander está de viaje en Chicago hasta el jueves.” Elena le dio un beso en la frente.
“Ve.
Descansa.
Y yo te cuidaré cuando llegue.” Sele asintió, sintiendo que un peso enorme se levantaba de sus hombros.
“Gracias, Elena.” “No me des las gracias.
Ahora vete, antes de que alguien entre y nos vea con estas caras de tragedia.” Sele cogió su mochila y caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, se giró.
Elena estaba de pie junto a su escritorio, mirándola con una ternura infinita.
“Day…” “¿Sí?” “Gracias por no irte.” “Nunca.” prometió Elena.
Sele salió del aula.
No se sentía curada mágicamente; la resaca seguía allí y la tristeza por su madre siempre estaría en un rincón de su alma.
Pero mientras caminaba hacia la salida, sabiendo que tenía un lugar seguro a donde ir, supo que, por primera vez en dos años, no tendría que enfrentarse a eso sola.
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