Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 49
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49: Capítulo 49 49: Capítulo 49 *** La llave escondida bajo la maceta de geranios estaba fría al tacto, pero para Sele, sentir el metal en su palma fue como sostener un amuleto sagrado.
Riendo por el extraño pensamiento la pelinegra giró la cerradura con movimientos lentos, todavía un poco torpes por el temblor residual de la resaca y de las sustancias consumidas en su momento de debilidad.
Al entrar, el silencio de la mansión la envolvió.
No era el silencio hostil y vacío que solía asociar con la vida de Elena cuando Alexander estaba de viaje.
Si no que el silencio se sentía como algún tipo de manta gruesa, protectora y extraña que olía a limpio, a cera de muebles y, muy sutilmente, al perfume de vainilla de Elena que flotaba en el recibidor.
Sele cerró la puerta y echó el cerrojo.
Suspirando cuando dio un paso dentro, dejando caer la mochila al suelo a un costado con un ruido sordo.
“Estoy aquí.” susurró a la nada, solo para convencerse a sí misma de que era real.
“(Y ahora también estoy hablando sola… genial.)” pensó con cinismo caminando por el pasillo, sintiéndose al mismo tiempo como una intrusa y, al mismo tiempo, extrañamente como en casa.
Tranquilizándose lo mejor que pudo, la pelinegra decidió no ir a la cocina, ni al salón.
Sus pies la llevaron directamente escaleras arriba, hacia el dormitorio principal.
La habitación estaba tal cual supuso que Elena la había dejado por la mañana: la cama hecha con precisión casi militar, aunque Sele sabía que era más una costumbre, las cortinas abiertas dejando entrar la luz del sol que comenzaba a bajar ocultándose levemente mientras pasaba por una que otra nube.
Sele se dirigió al baño.
Necesitaba quitarse esa segunda piel de suciedad, sudor y tristeza que llevaba puesta desde el día anterior… probablemente usando alguna de las sales aromáticas de Elena…
dos si la pelinegra desidia demorarse mucho bajo el agua.
Abrió el grifo de la ducha y dejó que el vapor llenara la estancia.
Se desvistió lentamente, evitando mirarse en el gran espejo del lavabo no queriendo verse en lo más mínimo todo el tiempo que pudiera evitarlo.
Pues no quería ver sus ojos rojos decorados con ojeras, ni la palidez enfermiza de su rostro.
No quería ver a la chica rota que había estado a punto de perder el control de la peor forma posible.
Entró bajo el agua caliente.
Al principio, la sensación fue un hormigueo doloroso en su piel sensible, pero pronto el dolor paso poco a poco a desaparecer convirtiéndose en alivio.
La pelinegra se quedó allí, con la frente apoyada en los azulejos fríos, dejando que el agua le golpeara la nuca, arrastrando el olor a whisky barato y cementerio.
En algún momento se enjabonó con el gel de ducha de Elena.
Queriendo oler a ella.
Quería cubrir cada centímetro de su cuerpo con esa esencia para no olvidar, ni por un segundo, que el objetivo de su afecto la quería.
Que la había elegido a pesar de su desastrosa vida.
Al salir, se secó con una de las toallas esponjosas y blancas.
No tenía ropa limpia, así que hizo lo que Elena le había sugerido tácitamente muchas veces: ir al vestidor de su profesora.
Cuando Sele llego abrió los cajones con reverencia.
Tocó las sedas, los algodones, junto a una que otro material que no supo reconocer hasta finalmente, elegir una camiseta gris de tirantes, simple y suave, y unos pantalones de pijama de franela a cuadros que parecían ser lo más cómodo del mundo.
El conjunto le quedaba un poco cortos de pierna, pero la camiseta era lo suficientemente holgada como para no apretarle el estómago.
Cosa que agradeció porque lo sentía algo revuelto.
Ya vestida volvió a la habitación y se metió en la cama recostándose de lado suspirando contenta cuando se acomodó lo suficiente como para estar cómoda hundiendo la cara en la almohada de Elena respirando profundamente en el lugar.
Su sistema nervioso, que llevaba cuarenta y ocho horas en estado de alerta máxima, finalmente entendió que estaba a salvo.
Los párpados le pesaban toneladas.
El dolor de cabeza se había reducido a un latido lejano.
“Gracias, Day…” murmuró Sele contra la tela de algodón.
Y antes de que pudiera pensar en nada más, el sueño la reclamó.
Un sueño profundo, negro y, por primera vez en horas, sin pesadillas.
*** El sonido de la puerta principal abriéndose no despertó a Sele.
Tampoco el clic de tacones subiendo las escaleras a toda prisa, ni el susurro de su nombre desde el umbral de la puerta.
Por lo que la pelinegra ignoro que cierta pelirrubia entró en el dormitorio con el corazón en la garganta.
Quien había pasado el resto de su jornada de trabajo en piloto automático, despachando alumnos, ignorando a sus compañeros en la sala de profesores y mirando el reloj cada cinco minutos queriendo que el tiempo pasara mucho más rápido solo para maldecir en voz baja cuando veía lo que supuso que eran horas ser meros minutos.
Al ver el bulto bajo el edredón en su lado de la cama, Elena sintió que las rodillas le flaqueaban de puro alivio.
Permitiéndose dejar su bolso y las carpetas en el sillón de lectura y se acercó a la cama con cuidado.
Sele estaba profundamente dormida.
Tenía el cabello un poco húmedo desparramado sobre la almohada blanca, y su rostro, ahora limpio y relajado, había recuperado algo de color.
Se veía tan joven, tan pacífica, que a Elena le dolió el pecho de ternura.
Sonriendo se sentó en el borde del colchón con cuidado.
Sele no se movió.
Elena resistió el impulso de despertarla.
Sabía que el sueño era la mejor medicina en estos momentos.
Por lo que, en su lugar, se levantó y se cambió de ropa.
Quitándose el traje de profesora y se puso un suéter amplio de lana que le cubría hasta los muslos para luego recogerse el cabello en un moño desordenado y bajó a la cocina.
No era una gran cocinera, ese título se lo había ganado Sele con sus panqueques, pero sabía hacer lo básico junto a una que otra receta.
Y lo básico para un alma herida era sopa.
Tarareando por lo bajo una canción buscó en la despensa.
Caldo de pollo, fideos finos, algunas verduras y se puso a cortar zanahorias con cuidado.
El acto repetitivo de cocinar, el sonido del cuchillo contra la tabla, el olor del caldo calentándose…
todo contribuía a crear esa atmósfera de hogar.
Mientras Elena removía la sopa, pensó en Alexander.
Quien supuestamente estaba en Chicago.
Probablemente en una cena de negocios, o tal vez en la cama de algún hotel de lujo, solo o acompañado.
Y la verdad era que a Elena ya no le importaba.
La indiferencia era total.
No sentía culpa por tener a su amante en su cama conyugal; sino que sentía que, finalmente, le estaba dando un uso.
Cuando la sopa estuvo lista, preparó una bandeja.
Un cuenco humeante, unas tostadas de pan con mantequilla, un vaso de agua y dos analgésicos.
Contenta y un poco orgullosa por el aspecto conseguido la Day subió las escaleras con cuidado de no derramar nada.
Cuando llego a su destino vio que Sele se había movido un poco mientras dormía.
Siendo que la pelinegra estaba boca abajo, abrazando una segunda almohada, con el ceño ligeramente fruncido.
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