Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 52
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Capítulo 52: Capítulo 52
***
Elena estaba escribiendo en la pizarra cuando entraron. La pelirrubia sintió la presencia de Sele antes de verla. Por lo que no pudo evitar girar lentamente, usando todo de si para mantener la máscara de profesora perfectamente colocada.
“Buenos días… Siéntense donde puedan.”
Sus ojos se cruzaron con los de Sele por una fracción de segundo. En un contacto eléctrico, invisible para el resto de la clase, pero devastador para ellas. Ya que en esa mirada había un “te conozco”, un “te deseo” y un “te espero en casa”… y de alguna forma todas al mismo tiempo.
Sele se sentó en el fondo, al lado de Lucy. Su nueva compañera de grupo forzosa.
“Llegas tarde… otra vez.” murmuró Lucy sin levantar la vista de su libro.
“Llego justo a tiempo para aprender sobre la división celular.” replicó Sele con una sonrisa que desconcertó a la chica lo suficiente como para separar su vista de su libro.
La clase transcurrió en una neblina surrealista. Elena explicaba la mitosis, caminaba entre las filas, corregía posturas. Y cada vez que pasaba cerca del pupitre de Sele, el aire se volvía más denso incluso cuando ninguna de las dos intentaba llamar la atención de la otra.
En un momento dado, Elena se detuvo justo al lado de la mesa de Sele mientras explicaba un concepto. Apoyando una mano en el borde del pupitre de la joven.
“¿Entendido, señorita Eleonor?” preguntó Elena, mirando a la clase, pero con su cadera rozando peligrosamente el hombro de Sele. Lo que provocó que tragara saliva, sintiendo el calor del cuerpo de Elena a través de la tela.
“Cristalino, profesora.” respondió, con la voz un poco más ronca de lo habitual y entrecerrando los ojos mientras estos adquirían un brillo peligroso.
Elena sonrió, una sonrisa pequeña y privada, y se alejó caminando con ese contoneo elegante que volvía loca a Sele.
“Deja de verla así. La señora Day ya tiene suficientes fans que la devoran con los ojos como para que te le sumes tu.” susurró Lucy, ajustándose las gafas levantándolas un poco. “O como mínimo trata de aminorarlo o disimularlo… al menos trata de no verte tan desesperada como esos perros falderos que la persiguen como perros por cada lugar por donde sea que pasa pareciendo devorarla miles de veces en segundos con sus mentes sucias.”
“(No tienes idea.)” pensó Sele mordiéndose el labio consiente de que estaba alarmantemente cerca de la descripción dada por su compañera.
***
La tarde había sido una tortura debido a la espera.
Sele había ido a su casa, había lidiado con un padre abusador con una de las peores actitudes que apenas la miró (gracias a Dios por la última parte), y había cogido ropa limpia junto a su moto, y se había prácticamente volado de regreso a la mansión de cierta pelirrubia.
Elena la estaba esperando con la cena lista. No era sopa esta vez, pues descubrió que si bien Sele no tenía ningún problema en tomarla tampoco era algo que la llamara del todo. Así que esta vez había pedido comida italiana de su restaurante favorito, mientras preparaba su tradicional vino y unas cuantas velas.
La última cena. Como le gustaba nombrarla la pelinegra a pesar de que la pelirrubia intentaba hacer que la primera dejara de hacerlo y en su lugar lo llamara en su lugar una despedida doméstica momentánea.
Ambas comieron en el salón, sentadas en la alfombra una junto a la otra, como se había convertido en su costumbre. Pero había una urgencia nueva en sus movimientos, en sus miradas. El reloj en la pared marcaba cada segundo que las acercaba al jueves.
“Mañana vuelve.” dijo Sele, rompiendo el silencio que habían mantenido sobre el tema.
“Sí… Vuelve por la tarde.”
“¿Qué vamos a hacer?” Sele dejó su tenedor y la miró con intensidad. “No puedo volver a ser solo la alumna que te espera en los pasillos, Elena. Después de esto… después de despertar contigo, de que me cuidaras en uno de mis momentos más bajos… no puedo ni quiero volver atrás.”
Elena dejó su copa de vino y se arrastró más cerca de ella apoyando su cabeza sobre su hombro.
“No vamos a volver atrás. No sé cómo vamos a hacerlo, Sele… lastimosamente no tengo un plan maestro bajo la manga. Pero sé que no puedo estar más tiempo sin ti. Todo esto…” Elena miró a su alrededor. “Se siente enorme y frío cuando tú no estás.”
“Déjalo.” soltó Sele de repente.
Elena se quedó helada.
“¿Qué?”
“Déjalo. A Alexander. Divórciate. Y vente conmigo.” Sele sabía que lo que estaba diciendo sonaba como una locura. Ella tenía dieciocho años, vivía con su padre, no tenía mucho dinero. Pero la desesperación hablaba por ella. “Alquilamos algo pequeño. Yo trabajaré el doble… Tú sigues dando clases… Podemos hacerlo, Day. Podemos ser felices de verdad solo nosotras dos.”
Elena la miró con una mezcla de terror y anhelo. La propuesta era absurda, irresponsable… Y, sin embargo, era lo más hermoso que le habían dicho nunca.
“Sele… mi vida es complicada. Mis padres, la sociedad, el dinero… no es tan fácil como hacer las maletas.”
“Es así de fácil si tú quieres que lo sea.”
Elena bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos negros.
“Dame tiempo.” susurró. “Por favor… Solo dame algo de tiempo para arreglar este desastre lo suficiente como para que no se nos caiga encima cuando nos movamos. Porque no quiero que ninguna salte al vacío sin paracaídas.”
Sele sintió una punzada de decepción, pero asintió. Sabía que era pedir demasiado. Así como sabía que Elena tenía mucho más que perder que ella.
“Está bien… Tiempo.” Sele le levantó la barbilla. “Pero prométeme que esta noche no pensaremos en él… Que esta noche será nuestra despedida de solteras.”
Elena sonrió, con los ojos húmedos.
“Te lo prometo.”
Sele la besó, sellando el pacto. Y esa noche, hicieron el amor con una desesperación nueva.
Sele marcó la piel de Elena, dejando chupetones en lugares que la ropa cubriría, pero que la pelirrubia sabría que estaban allí nada más moverse un poco.
Elena arañó la espalda de Sele, aferrándose a ella como si quisiera fundirse en su piel.
Ambas querían dejar huella.
Querían que, cuando Alexander volviera mañana y se metiera en esa cama, sintiera el fantasma de lo que habían hecho. Incluso si no llegaba a darse cuenta a pesar de sus entusiasmas intentos.
Querían que la mansión estuviera tan impregnada de su amor que fuera imposible de ignorar.
Cuando terminaron se durmieron abrazadas, agotadas, entrelazadas como raíces de un mismo árbol, temiendo la llegada del sol y del vuelo que traería de vuelta la realidad de su desastrosa relación.
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