Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 53
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Capítulo 53: Capítulo 53
***
La despedida había sido rápida, dolorosa y necesaria.
Sele se había marchado media hora antes, llevándose consigo su olor, su risa y esa sensación de hogar que había llenado la mansión durante dos días.
Ahora, la residencia de los Eis volvía a ser una réplica exacta de un museo elitista: limpia, fría y silenciosa.
Elena estaba sentada en el sofá, con un libro abierto en el regazo que no estaba leyendo, esperando el sonido que marcaría el fin de su libertad.
Lastimosamente la pelirrubia no tuvo que esperar mucho a que llegara. El ruido del motor del coche de Alexander entrando en el garaje. Luego, el sonido de la puerta del conductor cerrándose, los pasos firmes en el camino de entrada, el tintineo de las llaves abriendo la puerta principal.
“¡Elena! ¡Ya llegué!” La voz de Alexander resonó en el recibidor, cargada de esa falsa alegría que siempre usaba cuando quería compensar su ausencia.
Elena cerró el libro despacio y no se levantó para recibirlo prefiriendo quedarse cómodamente en su lugar mirándose las uñas pensando si debería retocárselas.
Alexander entró en el salón, arrastrando una maleta pequeña y con el traje un poco arrugado por el viaje. Deteniéndose al verla, esperando el beso de bienvenida habitual a pesar de la tensión que usualmente venia acompañando su relación.
“Hola.” dijo él, abriendo los brazos. “¿No me vas a saludar?”
“Hola, Alexander.” respondió Elena desde el sofá, todavía sin moverse. “¿Qué tal el vuelo?”
Alexander bajó los brazos, frunciendo un poco el ceño ante la frialdad.
“Bien… Cansado lastimosamente.” Se acercó, inclinándose y le dio un beso rápido en la mejilla. Pero cuando quiso acercarse más para poder besarla en los labios noto como Elena se tensó ante su acercamiento, por lo que opto por apartarse. “Estás extraña… ¿Sigues enfadada por lo del cumpleaños?”
Elena lo miró.
“(Si supieras.)” pensó. “Estoy cansada, Alexander… Solo eso.”
“Bueno…” Alexander se aflojó la corbata, visiblemente molesto por la falta de entusiasmo. “Te traje un regalo de Chicago. Unos chocolates de esa tienda que te gusta.”
“Gracias. Déjalos en la cocina por favor.”
Alexander la miró unos segundos más, como si intentara descifrar un enigma en un idioma que no hablaba, y luego resopló, yendo hacia la cocina.
La convivencia había vuelto a la normalidad: dos extraños compartiendo techo.
***
El viernes por la tarde, la tensión en la mansión se podía cortar con un cuchillo.
Alexander había llegado temprano de la oficina, algo inaudito, y estaba “intentando” arreglar las cosas. Pero sus intentos se sentían forzados, como una obra de teatro mal ensayada que intentaba abarcar mucho.
Elena bajaba las escaleras, vestida para salir. Llevaba unos vaqueros negros ajustados y una blusa blanca semitransparente que dejaba ver sutilmente su sujetador de encaje negro.
La pelirrubia se había maquillado, se había puesto tacones y se sentía poderosa.
Alexander, mientras tanto, estaba sirviéndose una copa en el bar del salón, girándose al oírla. Sus ojos recorrieron el cuerpo de su esposa, deteniéndose en el escote y en las piernas. Hubo un brillo de apreciación, pero también de posesividad.
“¿Day?… ¿Vas a salir?” preguntó, usando su apellido, algo que hacía cuando quería ponerse serio.
“Sí. Voy a salir con Alicia.” respondió Elena, tomando las llaves del coche de la mesa de entrada.
“¿Vas a salir así, sin avisarme?” exclamó él, dejando la copa con un golpe seco sobre la barra.
“Iba a enviarte un mensaje.” mintió Elena, con la mano en el pomo de la puerta.
“¿Un mensaje? ¿Me estás tomando el pelo?” Alexander caminó hacia ella, bloqueándole el paso. “Soy tu esposo, Elena. Merezco un poco más de respeto.”
Elena soltó un suspiro, girándose para enfrentarlo.
“Mira, realmente no quiero pelear ahora. Alicia me está esperando y ya voy tarde.”
“¡Alicia puede esperar!” gritó Alexander. Luego, pareció recordar que estaba intentando ser el bueno de la película por lo que respiró hondo calmándose y bajó un poco el tono. “Mira… lo siento. Yo solo quería conversar contigo.”
“¿Sobre qué?” preguntó Elena, cruzándose de brazos un poco a la defensiva.
“Sobre nosotros.” Alexander dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal. “Necesitamos arreglar esto, amor. Por cierto… estás jodidamente hermosa.”
Elena sintió náuseas. Sus halagos, que antes la hacían sentir validada, ahora le sonaban vacíos y manipuladores a pesar de que no venían con esa intención… o al menos pensaba que no.
Alexander levantó la mano y le sujetó la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
“Day, te amo… No sé por qué nos alejamos, pero quiero arreglarlo. Vamos a intentarlo una vez más… Si me equivoco, dímelo. Te prometo que esta vez haré las cosas bien.”
Elena se soltó de su agarre con un movimiento brusco.
“¿Puedes? ¿Puedes de verdad, Alexander?” Su voz temblaba de rabia contenida. “¿Recuerdas la última vez que hablamos y fingiste que mejoraríamos?… Solo empeoró.”
“Sé que me equivoqué… pero quiero arreglarlo.”
“Entonces empecemos por la verdad.” disparó Elena. “¿Por qué llegas tan tarde todos los días? ¿Por qué, si eres el presidente, tienes que quedarte hasta el amanecer en tu oficina?”
La cara de Alexander palideció ligeramente. Fue un cambio sutil, pero Elena, que lo conocía desde hacía años, lo vio.
“Day, por favor… ¿me estás acusando de ser infiel?” preguntó él, haciéndose el ofendido.
“¿He usado la palabra infidelidad?” contraatacó Elena. “No. Pero esta claro que me estás mintiendo… de alguna forma lo estas haciendo.”
“¡No estoy mintiendo!”
“¡Sí lo estás!” Elena dio un paso hacia él, sintiendo que la furia que llevaba meses acumulando salía como un volcán. “¿Y sabes qué es lo peor? Que probablemente tu amante debe estar teniendo maravillosos orgasmos contigo, mientras que conmigo… ¡nunca me has satisfecho!”
El silencio que siguió fue absoluto. Alexander la miraba con la boca abierta, perplejo.
“¿Qué…?” balbuceó mientras su cara pasó del shock a la ira roja en un segundo. Su ego acababa de recibir un disparo a quemarropa. “¿De qué demonios estás hablando?” bramó, acercándose peligrosamente. “¿Es por eso que me estás evitando? ¿Porque según tú no te satisfago?”
“¡Exacto!” gritó Elena. “¿Crees que el problema es conmigo?… Pues te tengo una noticia: ¡No soy yo!”
“¡Cállate!” Alexander levantó la voz tanto que las paredes vibraron. “¡Cierra tu maldita boca!”
“Si no puedes aguantar la verdad, no es mi problema.” dijo Elena con desprecio, dándose la vuelta para irse.
“¡Vete a la mierda!” Alexander golpeó la pared junto a la cabeza de Elena con el puño. El sonido fue aterrador.
La pelirrubia se encogió, asustada por primera vez. Se giró y vio los ojos de su esposo inyectados en sangre, una vena latiendo en su frente.
“Si yo fuera tú, saldría en este momento.” siseó Alexander con una voz baja y amenazante. “No querrás comprobar de lo que soy capaz ahora mismo.”
Elena no necesitó que se lo dijeran dos veces. Abrió la puerta y salió corriendo hacia su coche mientras le temblaban las manos tanto que apenas pudo meter la llave en el contacto, dejando atrás a un Alexander furioso y una verdad que ya no podía volver a esconderse.
Mientras conducía hacia el centro, con el corazón golpeándole las costillas, Elena se dio cuenta de algo: acababa de romper su matrimonio. Y aunque tenía miedo… se sentía increíblemente ligera.
Sonriendo marcó el número de Alicia.
“¿Hola?” contestó su amiga.
“Voy para allá.” dijo Elena, con la voz rota pero firme. “Y necesito alcohol… Mucho alcohol.”
“¿Qué pasó?”
“Te lo cuento cuando llegue. Pero prepárate, Ali. Esta noche no vuelvo a casa.”
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