Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 54
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Capítulo 54: Capítulo 54
***
La luz del sol entraba por la ventana del cuarto de invitados de Alicia sin ningún respeto por el dolor ajeno.
Elena abrió los ojos y sintió que un camión le había pasado por encima, solo para luego dar marcha atrás para rematarla… y luego repetir ese siclo tres veces más con una carga más pesada cada vez.
No era solo la resaca del tequila y la cerveza barata del pub. Era el recuerdo, nítido y cortante como un cristal roto, de la noche anterior.
Elena se cubrió la cara con la almohada y soltó un gemido patético. Lo había arruinado.
La puerta de la habitación se abrió.
“Levántate, bella durmiente. O debería decir… bestia borracha.”
Alicia entró con una bandeja que contenía café, aspirinas y una tostada quemada. Su tono era ligero, pero su mirada era dura. Detrás de ella, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos, estaba Madison.
Elena se sentó en la cama, sujetándose la cabeza.
“¿Cómo llegué aquí?” preguntó con voz rasposa.
“Te sacamos del club casi a rastras.” respondió Madison con frialdad. “Después de que salieras del baño llorando y casi vomitaras en la barra.”
Elena bajó la mirada, avergonzada.
“Toma.” Alicia le puso las pastillas en la mano. “Y bebe el café. Tenemos que hablar, Elena… Y esta vez no vas a escapar con excusas.”
Elena obedeció, tragando las pastillas en seco. El café estaba amargo, pero ayudó a despejar la niebla de su cerebro con cada trago.
“Lo sé.” dijo Elena, dejando la taza en la mesita que tenía a un lado. “Sé que tengo cosas que explicarles.”
“No tienes que explicarnos nada a nosotras.” intervino Madison, dando un paso adelante levantando sus manos. “Tienes que explicarte a ti misma qué demonios estás haciendo con esa niña.”
“No es una niña.” defendió Elena automáticamente casi sin pensarlo.
“Tiene dieciocho años, Elena.” replicó Madison. “Y tú la estás destrozando. La vi anoche después de que te fueras. Estaba… apagada… Sele no es de las que lloran en público, y no tengo idea alguna de lo que se dijeron… pero ayer parecía que le hubieran arrancado el alma.”
El corazón de Elena se encogió un poco.
“No quería hacerle daño… Estaba celosa. Vi a esa chica, Tania… y me volví loca.”
“Tania es su amiga.” dijo Madison rodando los ojos. “Y es heterosexual, por cierto… Hiciste todo un escándalo por nada.”
Alicia se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de Elena.
“Day… Madison me contó lo que vio. Me dijo que tú y Sele… que tienen algo.” Alicia la miró con preocupación. “¿Es verdad? ¿Estás engañando a Alexander con tu alumna?”
Elena sintió que las lágrimas volvían a subir. Ya no tenía fuerzas para mentir.
“Sí.” La confesión salió en un susurro. “Estoy enamorada de ella, Ali… Completamente perdida.”
El silencio en la habitación fue pesado. Alicia suspiró y miró a Madison, quien negó con la cabeza, decepcionada pero no sorprendida.
“Oh, Elena…” Alicia le apretó la mano. “Te has metido en un lío enorme.”
“Lo sé. Y creo que anoche lo terminé todo. Ella me odia. Me dijo que me quedara con Alexander.”
“Bueno, tal vez sea lo mejor.” dijo Madison con dureza. “Porque Sele merece a alguien que pueda tomarla de la mano en la calle, no a alguien que la esconda en un baño y luego la insulte por miedo.”
Las palabras de Madison dolieron porque eran verdad. Elena se quedó mirando la tostada quemada, sintiendo que había perdido lo único real que tenía por cobardía.
***
Sele estaba en su habitación, limpiando su guitarra con una meticulosidad obsesiva. Pasaba el paño una y otra vez por las cuerdas, por el mástil, tratando de borrar cualquier huella, cualquier mancha.
Su cabeza palpitaba, pero no había bebido tanto como Elena. Su dolor era diferente. Era un dolor frío, ubicado en el centro del pecho.
Recordó la cara de Elena en el baño. Los ojos azules llenos de lágrimas y rabia, acusándola de usarla, de solo querer inflar su ego.
“¿Te gustó seducir a una mujer vulnerable?”
Sele soltó una risa seca y amarga en la soledad de su cuarto.
¿Vulnerable? Elena era la mujer más poderosa que conocía.
La pelirrubia tenía dinero, estatus, un marido… aunque fuera un idiota que parecía irremediable, una carrera. Sele no tenía nada. Solo su música y una casa que se caía a pedazos.
El celular de Sele vibró sobre la cama. Provocando que la pelinegra lo mirara de reojo… Elena.
Lo dejó sonar hasta que se calló. Volvió a vibrar. Elena.
Sele dejó la guitarra en el soporte y tomó el teléfono. Miró la pantalla iluminada con la foto de la rubia. Su dedo se movió hacia el botón verde, pero se detuvo.
Recordó todas las veces que Elena la había dejado atrás. En el coche frente a su casa. En la escuela. En la vida.
“No más.” dijo Sele en voz alta.
Rechazó la llamada y apagó el teléfono. Lo tiró al fondo del cajón de su mesita de noche, junto a la bolsita vacía de pastillas que le recordaba sus peores momentos.
Se levantó y fue hacia su armario. Sacó una caja de zapatos vieja donde guardaba sus tesoros. Allí estaba la nota que Elena le había mandado en clase: “Te estaré esperando hoy en mi casa”.
Sele tomó el papel, lo arrugó en una bola y lo lanzó a la papelera.
Si Elena quería quedarse con su marido, que se quedara. Sele Eleonor ya no iba a ser el secreto sucio de nadie.
***
Elena volvió a casa cuando el sol se estaba poniendo. Alicia le había ofrecido quedarse otra noche, pero Elena sabía que no podía huir eternamente. Tenía que enfrentar a Alexander.
Entró en la casa con precaución. Estaba en silencio.
“¿Alexander?”
No hubo respuesta. Fue a la cocina y encontró una nota sobre la encimera, escrita con la letra picuda de su marido:
“Tuve que viajar a Nueva York de urgencia. Problemas con la fusión. Vuelvo el martes. Espero que cuando regrese se te haya pasado la histeria y podamos hablar como adultos.”
Elena leyó la nota y soltó una carcajada que resonó en la cocina vacía. “Histeria”. Así llamaba él a su dolor. A su soledad.
Arrugó la nota y la tiró al suelo.
Estaba sola… Otra vez.
Subió a su habitación y se tiró en la cama, esa cama enorme donde había dormido con Sele hacía solo unos días. Acarició el lado vacío, buscando el calor fantasma de cierta pelinegra.
“Soy una idiota.” susurró.
Tomó su celular y marcó el número de Sele una vez más.
“El número que usted marcó está apagado o fuera del área de cobertura…”.
Elena colgó y se cubrió la cara con las manos. Esta vez, Sele no iba a volver. Esta vez, Elena había ido demasiado lejos. Y la idea de enfrentar los días siguientes, las clases, los pasillos, sin esa mirada intensa buscándola… le pareció más aterradora que cualquier amenaza de Alexander.
Luego de unos momentos la pelirrubia se levantó, decidida. No iba a quedarse llorando. Si había roto algo, tenía que arreglarlo. O al menos, intentarlo.
Fue a su escritorio y sacó un papel y una pluma.
Empezó a escribir. No era una carta de amor. Sino una confesión. Una explicación de por qué había dicho lo que dijo.
Escribió durante horas, borrando, tachando, manchando el papel con alguna que otra lágrima rebelde. Cuando terminó, dobló la hoja y la metió en un sobre.
Mañana lunes a primera hora se lo daría. No le importaba si Sele la escupía o la ignoraba. Tenía que saber que Elena no pensaba que fuera un juguete.
Tenía que saber que, para ella, su relación era lo único real en un mundo de mentiras.
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