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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 55

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Capítulo 55: Capítulo 55

***

El lunes llegó con la sutileza de una bofetada.

El bullicio habitual de la escuela parecía amplificado, un ruido de fondo que a Elena le taladraba los oídos mientras caminaba hacia su aula con la carpeta apretada contra el pecho. Dentro de esa carpeta, escondido entre exámenes de genética y listas de asistencia, quemaba el sobre blanco con el nombre de Sele grabado.

Elena se sentía frágil. Había dormido mal, despertándose con cada ruido, temiendo que fuera Alexander volviendo antes de tiempo o, peor, que no fuera nadie.

Al doblar la esquina hacia el pasillo de los casilleros de último año, su corazón dio un vuelco.

Sele estaba allí.

Estaba apoyada en su casillero, con los auriculares puestos y la mirada clavada en un libro de texto, aislada del caos a su alrededor.

No estaba sola; Verónica estaba a su lado, hablando animadamente, pero Sele parecía estar a mil kilómetros de distancia perdida en su propio mundo. Llevaba su chaqueta de cuero como una armadura y esa expresión que Elena no veía desde hacía meses.

Elena respiró hondo. Es ahora o nunca.

La pelirrubia se acercó, intentando proyectar su autoridad de profesora, aunque por dentro se sentía como una niña a punto de ser regañada.

“Buenos días, señorita Eleonor… Señorita Castro.” saludó Elena al pasar, deteniéndose brevemente.

Verónica levantó la vista y le ofreció una sonrisa tensa, de esas que dicen: “sé todo lo que pasó y no sé de qué lado estar.”

“Buenos días, profesora Day.” respondió Verónica.

Sele ni siquiera levantó la vista del libro. Pasó una página con lentitud deliberada, ignorando por completo la presencia de Elena.

La pelirrubia sintió el calor subir a sus mejillas. El rechazo dolía más que cualquier insulto que pudiera haber recibido.

“Sara.” insistió Elena, usando su nombre de pila en un susurro peligroso. “Mírame cuando te saludo.”

Sele levantó la vista finalmente. Sus ojos negros estaban vacíos, fríos como el mármol. No había odio, ni siquiera enfado. Solo indiferencia.

“Buenos días… señora Eis.” dijo Sele, enfatizando el apellido de casada con una precisión quirúrgica.

Elena sintió el golpe. Asintió rígidamente y siguió caminando hacia su aula, con la dignidad hecha jirones, sintiendo la mirada de Sele clavada en su espalda como un cuchillo.

***

La clase fue un ejercicio de tortura psicológica. Elena explicaba la replicación del ADN, escribiendo en la pizarra con manos que intentaban no temblar, mientras sentía la ausencia de la atención de Sele.

La joven estaba sentada en el fondo, como siempre, pero hoy no la miraba. No había juegos de miradas, no había sonrisas cómplices. Sele tomaba apuntes o miraba por la ventana, como si la mujer que estaba al frente de la clase fuera transparente.

Cuando faltaban cinco minutos para el timbre, Elena tomó una decisión.

“Bien, para el examen de la próxima semana, necesito que repasen los capítulos cuatro y cinco.” anunció Elena. “Y quiero hablar con los líderes de los grupos del trabajo final para revisar sus avances.”

Los alumnos empezaron a guardar sus cosas.

“Grupo tres… Sara, por favor, acércate.”

Sele se tensó en su asiento. Verónica le dio un codazo y le susurró algo levantarse con desgana, arrastrando la mochila mientras caminaba hasta el escritorio de Elena y se quedó parada allí, con la cadera apoyada en el borde, esperando.

“¿Sí, profesora?” preguntó, con un tono de aburrimiento profesional.

Elena esperó a que los últimos alumnos salieran. Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó sobre ellas.

“No te llamé por el trabajo.” dijo Elena rápidamente, bajando la voz.

“Lo imaginé. Si no es por el trabajo, me voy… Tengo clase de historia.”

Sele se dio la vuelta para irse.

“¡Espera!” Elena rodeó el escritorio y le bloqueó el paso. “Por favor, Sele… Solo escúchame un segundo.”

“No quiero escucharte, Elena. Ya escuché suficiente el sábado…”

“¡Sabes que eso no es verdad!” Elena la interrumpió agarrándola de las manos. Sele intentó soltarse, pero Elena no la dejó. “Estaba borracha, estaba celosa y fui una estúpida. Tenía miedo, Sele… Vi a esa chica contigo, tan cómoda, tan libre… y me sentí atrapada en mi propia vida. Te ataqué porque quería que te doliera tanto como me dolía a mí pensar que podía perderte.”

Sele dejó de forcejear, pero no la miró.

“Me dolió.” admitió Sele en voz baja. “Me dolió mucho.”

“Lo sé… Y lo siento.” Elena soltó una de sus manos y sacó el sobre blanco de su carpeta. “No espero que me perdones ahora. Sé que las palabras se las lleva el viento. Pero… escribí esto.”

Elena le extendió la carta.

“Léela… Cuando quieras. Si quieres. Y si después de leerla sigues pensando que eres un juguete para mí… entonces te dejaré en paz. Lo prometo.”

Sele miró el sobre. Vio su nombre escrito con la caligrafía elegante de Elena. Y dudó un momento, debatiéndose entre su orgullo herido y el amor que, a pesar de todo, seguía latiendo bajo la rabia.

Finalmente, después de intercambiar miradas con la pelirrubia, tomó la carta y la guardó en el bolsillo trasero de sus vaqueros sin decir nada.

“Tengo que irme.” dijo Sele.

“Gracias.” susurró Elena.

Sele caminó hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo.

“Tu esposo vuelve mañana, ¿no?”

“Sí.”

“Suerte con eso.”

Y salió, dejando a Elena sola en el aula vacía, con la esperanza colgando de un hilo muy fino.

***

Sele estaba sentada en lo más alto de las gradas, lejos del bullicio de la cafetería. Tenía un sándwich sin abrir a su lado y el sobre blanco en las manos.

Lo había estado mirando durante veinte minutos.

“¿La vas a leer o vas a intentar desintegrarla con la mente?” preguntó Verónica, sentándose a su lado y abriendo una lata de refresco.

“No sé si quiero leerla.” confesó Sele. “Si dice que lo siente pero que se queda con él… no sé si podré aguantarlo, Vee.”

“Elena es muchas cosas… pero no es cruel… cuando está sobria.” Verónica le dio un empujón cariñoso. “Léela. Necesitas saber si cerrar el siclo de una vez o… mandar todo al carajo y volver a lo tuyo.”

Sele suspiró y rompió el sello del sobre. Sacó la hoja de papel doblada que olía a vainilla. Olía a Elena.

Desdobló la carta y empezó a leer.

“Sele:

Sé que ahora mismo me odias. Tienes derecho a hacerlo… Fui cobarde y te dije cosas horribles porque es más fácil alejarte que admitir la verdad que me aterroriza.

La verdad es que no eres un juguete. Eres el despertar. Antes de ti, yo estaba dormida. Vivía una vida en blanco y negro, cumpliendo expectativas, siendo la muñeca perfecta de Alexander y de mis padres.

Te dije que eras vulnerable, pero en realidad la vulnerable soy yo. Tengo miedo de perderte porque sé que, si te vas, volveré a esa oscuridad… Y no sé si podré sobrevivir a ella de nuevo.

No te pido que me esperes eternamente. No te pido que seas mi secreto sucio. Solo te pido que sepas que te quiero. Que te quiero con una intensidad que no sabía que existía… Y que voy a arreglar esto. Voy a arreglar mi vida, no por ti, sino por mí. Porque quiero ser la mujer que merece tomarte de la mano a la luz del día.

Perdóname por mi miedo.

Tuya, siempre, Elena.”

Sele terminó de leer mentalmente. Tenía la visión borrosa por las lágrimas.

“¿Y bien?” preguntó Verónica con suavidad.

Sele se secó los ojos y dobló la carta con cuidado, guardándola de nuevo en el sobre como si fuera un tesoro.

“Dice que me quiere.” susurró Sele, con una mezcla de dolor y esperanza. “Dice que va a arreglar su vida.”

“¿Le crees?”

Sele miró hacia el edificio de la escuela, imaginando a Elena en su aula, sola.

“Quiero creerle… Pero mañana vuelve él… Mañana es la prueba de fuego.”

Verónica asintió.

“Entonces esperemos a mañana. Pero Sele… si ella realmente va a luchar, tú no puedes rendirte todavía.”

Sele apretó el sobre contra su pecho. No se rendiría. Pero esta vez, Elena tendría que demostrar que estaba dispuesta a saltar al vacío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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