Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capítulo 56
***
La casa estaba en silencio, pero no era el silencio pacífico de los días con Sele. Era más bien el silencio de un tribunal antes de dictar sentencia.
Elena bajó la última maleta y la dejó junto a las otras dos en el vestíbulo, al pie de la escalera. No se llevaba todo; solo su ropa, sus libros, su ordenador y los pocos objetos que sentía que realmente le pertenecían.
Los muebles caros, las obras de arte, la vajilla de porcelana… todo eso se quedaba. Todo eso pertenecía a la Señora Eis, y esa mujer estaba a punto de dejar de existir.
Se alisó la falda negra, se miró al espejo del recibidor y vio a una mujer pálida pero decidida.
No había vuelta atrás.
Había pasado el día haciendo llamadas: a un abogado especializado en divorcios que Alicia le había recomendado, al banco para abrir una cuenta separada y a una inmobiliaria.
El sonido de un coche en la entrada hizo que su corazón se saltara un latido.
Miró el reloj… Puntual… Alexander nunca era puntual.
La llave giró en la cerradura. La puerta se abrió.
Alexander entró, con el aspecto impecable de siempre, arrastrando su maleta de ruedas y hablando por teléfono a través de los auriculares inalámbricos.
“Sí, diles que la fusión es inminente… No quiero excusas.” Colgó y se quitó los auriculares, levantando la vista.
Su sonrisa de marido triunfante se congeló en el momento en que vio las maletas alineadas en el pasillo y a Elena de pie junto a ellas, con su bolso colgado al hombro.
“¿Qué es esto?” preguntó Alexander, dejando su maletín en el suelo lentamente. “¿Te vas de viaje?”
“No, Alexander… Me voy de casa.” respondió Elena. Su voz no tembló.
Alexander soltó una risa corta, incrédula.
“¿Otra vez con el drama? Pensé que en estos días se te habría pasado la histeria.” Caminó hacia ella, intentando ignorar el equipaje. “Vamos, Elena. Estoy cansado. No tengo tiempo para tus juegos.”
“No es un juego. Y no es histeria…” Elena se quitó el anillo de matrimonio del dedo anular. El diamante brilló bajo la luz de la lámpara de araña por última vez antes de que ella lo dejara con suavidad sobre la mesa del recibidor, junto a las llaves de la casa. “Quiero el divorcio.”
El sonido del metal contra la madera fue sutil, pero resonó como un disparo.
Alexander miró el anillo, luego a Elena. Su rostro se endureció. La máscara de empresario exitoso cayó, dejando ver al hombre controlador que había debajo.
“No vas a tener ningún divorcio.” dijo él con voz fría. “Recoge esas maletas y sube a la habitación. Tenemos una cena con los socios el viernes y te necesito presentable.”
“No me has escuchado. Me voy… Ya he hablado con un abogado. Te llegarán los papeles mañana a primera hora.”
Alexander dio dos pasos rápidos y la agarró por el brazo, apretándolo con fuerza.
“¡Tú no vas a ninguna parte!” gritó, perdiendo la compostura. “¿Quién te crees que eres? Todo lo que tienes es gracias a mí. Esta casa, tu ropa, tu estatus… ¡Sin mí no eres nada, Elena! ¡Solo una simple profesora!”
Elena miró la mano que la sujetaba. Hace una semana, habría tenido miedo o culpa. Hoy, solo sentía asco.
“Suéltame.”
“¿O qué? ¿Vas a llamar a tus amigas las lesbianas para que te defiendan?”
“No. Voy a llamar a la policía. Y tengo suficientes pruebas de tu maltrato psicológico y de tus reuniones nocturnas como para hacer que el divorcio sea muy, muy caro y muy público.” Elena lo miró a los ojos. “¿Qué pensarán los accionistas si el presidente es denunciado por violencia doméstica en medio de una fusión?”
Alexander palideció. La amenaza a su reputación fue más efectiva que cualquier súplica emocional. Soltó su brazo como si quemara.
“Eres una zorra desagradecida.” escupió él con veneno. “Vete. Vete si quieres. Pero no esperes un centavo de mí. Te voy a dejar en la calle.”
“Quédate con tu dinero, Alexander. Quédate con la mansión. Quédate con todo.” Elena agarró sus cosas con fuerza. “Yo me quedo con mi vida.”
Alexander se apartó, dejándole el paso libre, pero no pudo evitar lanzar un último golpe.
“Volverás… En una semana estarás arrastrándote de vuelta, rogando que te perdone. Porque no sabes vivir sola.”
Elena abrió la puerta principal. El aire de la noche entró, fresco y limpio.
“No voy a estar sola.” dijo, más para sí misma que para él.
La pelirrubia cargó las maletas en su coche con una fuerza que no sabía que tenía. Se sentó al volante, miró el lugar donde había vivido un gran tramo de su vida una última vez y arrancó.
No lloró. Ni una sola lágrima. Se sentía vacía, sí, pero era un vacío limpio, listo para ser llenado con algo más.
***
Sele estaba sentada en el porche de su casa, con la guitarra en el regazo, tocando acordes melancólicos sin ton ni son. Llevaba una hora allí, mirando cada coche que pasaba por la calle, diciéndose a sí misma que no estaba esperando a nadie.
Verónica se había ido hacía un rato, después de intentar convencerla de que entrara y comiera algo. Pero Sele no podía. Tenía un nudo en el estómago del tamaño de un puño.
Hoy volvía él.
Sele imaginaba a Elena en su mansión, cenando con su marido, tal vez reconciliándose, tal vez olvidando la carta y las promesas.
“(Soy una estúpida por creerle.)” pensó, rasgueando una nota disonante.
De repente, un coche conocido giró en la esquina.
El corazón de Sele se detuvo.
El sedán de Elena se acercó despacio y aparcó frente a su casa, justo detrás del coche viejo de su padre. El motor se apagó.
Sele dejó la guitarra en el banco del porche y se levantó, conteniendo la respiración.
La puerta del conductor se abrió y Elena salió, se veía diferente. Más ligera.
Elena caminó hacia el porche, deteniéndose al pie de los escalones. Se miraron en silencio, bajo la luz anaranjada de la farola.
“Hola.” dijo Elena.
“Hola.” respondió Sele, con las manos en los bolsillos de su sudadera para ocultar que le temblaban.
“Te dije que iba a arreglarlo.” dijo Elena, señalando con la cabeza hacia su coche. “Mis maletas están ahí.”
Sele miró el coche, luego a Elena. Sus ojos se abrieron de par en par.
“¿Te fuiste?” susurró.
“Me fui. Le dejé el anillo… Le pedí el divorcio.” Elena dio un paso hacia ella, subiendo el primer escalón. “No tengo casa, Sele. No tengo plan… Probablemente tenga que dormir en un hotel barato hasta que encuentre un apartamento. Pero… soy libre.”
Sele sintió que las rodillas le fallaban. Bajó los escalones de un salto y se lanzó sobre Elena.
El impacto casi las derriba. Sele rodeó el cuello de Elena con los brazos y hundió la cara en su hombro, respirando su olor, asegurándose de que era real.
“Lo hiciste…” murmuró Sele contra su piel. “Joder, Elena, lo hiciste de verdad.”
“Lo hice por mí… Y lo hice por nosotras.” Elena la abrazó con fuerza, cerrando los ojos. “Si todavía me quieres… si todavía hay un nosotras.”
Sele se separó lo suficiente para mirarla a la cara. Tenía los ojos brillantes.
“Siempre habrá un nosotras, tonta… No vas a ir a ningún hotel.” dijo Sele cuando se separaron, tomándola de la mano. “Te quedas aquí. Mi cama es pequeña y mi padre es un imbécil, pero… es tu casa si tú quieres.”
Elena sonrió, y esa sonrisa iluminó la noche oscura de abril.
“Contigo, cualquier lugar es mi casa.”
Sele bajó a la acera, abrió el maletero del coche de Elena y sacó la primera maleta.
“Bienvenida a mi desastre, señora Day.” dijo Sele, guiñándole un ojo.
“Encantada de estar aquí, señorita Eleonor.” Sonrió Elena.
Y mientras arrastraban las maletas hacia la casa humilde, bajo la mirada curiosa de algún que otro vecino, cada uno supo que, aunque el futuro era incierto y difícil, por primera vez en su vida, estaba escribiendo su propia historia de la mejor forma posible.
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