Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 57
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Capítulo 57: Capítulo 57
***
La habitación de Sele era un santuario al caos adolescente y a la memoria musical… o en palabras más simples era el cuarto de una joven hormonal que tenia su propio orden organizado entre mucho desorden por el que podía moverse con facilidad.
Las paredes estaban cubiertas de posters de diversas bandas.
Había ropa amontonada en una silla, partituras arrugadas sobre el escritorio y esa guitarra que Elena había visto tantas veces, descansando en su soporte a un costado de la cama como una reina en su trono.
Pero lo que más llamaba la atención de la pelirrubia no era el desorden, sino el tamaño. Era pequeña. Y la cama… la cama era individual.
Sele cerró la puerta tras ellas y se apoyó en la madera, mirando a Elena con una mezcla de vergüenza y un poco de desafío defensivo a su pesar.
“Te lo advertí.” dijo Sele, metiendo las manos en los bolsillos. “No es el Ritz. El aire acondicionado hace un ruido infernal mientras este prendido y el colchón tiene un muelle que se clava en la espalda si te mueves mucho hacia la derecha.”
Elena dejó su maleta junto al armario y miró a su alrededor. Sus ojos se posaron en el póster de James Hetfield autografiado en el techo, el mismo que Sele miraba cuando se sentía sola.
“Es perfecta.” dijo Elena, y lo decía en serio.
“No tienes que mentir, Day. Sé que estás acostumbrada a sábanas de hilo egipcio y baños con hidromasaje. Esto es…” Sele hizo un gesto vago con la mano. “Esto es solo lo que hay.”
Elena cruzó la pequeña distancia que las separaba y tomó el rostro de Sele entre sus manos.
“¿Sabes qué hay aquí que no había en mi mansión?” preguntó Elena suavemente.
“¿Polvo?”
Elena se rio y negó con la cabeza.
“Paz… Y tú.”
Sele suspiró, rindiéndose, y apoyó la frente contra la de Elena.
“Mi padre está en la sala. Probablemente desmayado frente a la tele, pero si se despierta… puede ser desagradable… Grita mucho.”
“No tengo miedo de tu padre, Sele. Acabo de enfrentarme a Alexander… Creo que mi experiencia con hombres gritones ya está cubierta.”
“Espero que tengas razón.” Sele la besó castamente. “¿Tienes hambre? Puedo intentar rescatar algo de la cocina sin despertar a la bestia.”
“No gracias. Tengo el estómago cerrado. Solo quiero… quiero deshacer mi maleta y descansar un poco.”
“Vale. Te hago espacio.”
Ambas pasaron la siguiente hora reorganizando el pequeño armario de Sele. Fue una danza extraña y doméstica: las blusas de seda de Elena colgadas junto a las chaquetas de cuero de Sele; los zapatos de tacón de suela roja alineados junto a las zapatillas Converse desgastadas.
Cuando terminaron, se metieron en la cama estrecha. Tuvieron que dormir abrazadas, entrelazadas como piezas de Tetris, porque no había espacio para separarse… lo cual no disgusto a ninguna en lo más mínimo.
“Buenas noches, señora Day.” susurró Sele en la oscuridad, con la mano sobre el pecho de Elena, sintiendo su corazón.
“Buenas noches, señorita Eleonor.”
Y a pesar del muelle que se clavaba en su espalda y del ruido del aire acondicionado, Elena durmió mejor que en años.
***
La luz de la mañana reveló la realidad de la casa con una crueldad sin filtros. Las paredes necesitaban pintura, había manchas de humedad en el techo y el suelo de linóleo de la cocina estaba desgastado.
Elena entró en la cocina de puntillas, llevando una de las camisetas de Sele y sus propios pantalones de pijama. Quería preparar café para Sele antes de ir a la escuela.
La cocina olía a grasa vieja y a alcohol rancio. Había botellas vacías sobre la mesa y platos sucios en el fregadero que llevaban días allí. Elena arrugó la nariz, pero no se detuvo. Encontró la cafetera, la lavó un poco y puso agua a hervir.
“¿Quién diablos eres tú?”
La voz ronca y pastosa hizo que Elena diera un salto y casi tirara el bote de café.
Cuando se giró. En el umbral de la cocina estaba el padre de Sele. Era un hombre que alguna vez debió haber sido atractivo, pero que ahora estaba consumido por el vicio. Tenía los ojos inyectados en sangre, la barba descuidada desde hace varios días y vestía una camiseta manchada.
Elena se irguió, recuperando su postura de profesora.
“Buenos días, señor Eleonor. Soy Elena Day. La profesora de Biología de Sara.”
El hombre parpadeó, confundido, tratando de procesar la información a través de la neblina de la resaca.
“¿La profesora?” Soltó una risa áspera que terminó en tos. “¿Y qué hace la profesora de mi hija en mi cocina en pijama a las siete de la mañana?”
“Me estoy quedando aquí unos días.” respondió Elena con calma, aunque el corazón le latía con fuerza. “Con el permiso de Sara.”
“¿Con el permiso de Sara?” El hombre avanzó tambaleándose hacia la nevera. “Esa niña inútil no tiene permiso ni para respirar en mi casa. Es una carga. Igual que su madre.”
Elena sintió una oleada de furia caliente. Recordó lo que Sele le había contado: cómo él la culpaba, cómo la maltrataba verbalmente.
“Su hija no es una carga.” dijo Elena con voz helada. “Es una joven brillante y talentosa que mantiene esta casa mientras usted se dedica a beber hasta perder el conocimiento.”
El padre de Sele se detuvo con la mano en la puerta de la nevera. Se giró lentamente, mirándola con hostilidad.
“Mira, señorita profesora… no sé qué te ha contado esa mentirosa, pero ella mató a mi mujer. Ella y sus malditos problemas.” Señaló hacia el pasillo. “Si no fuera por ella, Evelin estaría viva.”
“¡Eso es una maldita mentira!” gritó una voz desde la entrada.
Sele estaba allí, vestida con su uniforme (vaqueros y camiseta negra), temblando de rabia y miedo.
“¡Ah, despertó la princesa!” El padre se burló. “Dile a tu amiga que se largue. No quiero extraños en mi casa.”
“Ella no se va.” dijo Sele, dando un paso adelante y poniéndose entre su padre y Elena, protegiéndola. “Ella se queda conmigo. Y si no te gusta, vete tú al bar… Es lo único que sabes hacer después de todo.”
El hombre levantó la mano, un gesto amenazante que hizo que Sele se encogiera por instinto, recordando golpes pasados.
Pero Elena no lo pensó. Agarró la cafetera de vidrio caliente por el asa y la golpeó contra la encimera con fuerza, rompiéndola. El estruendo de cristales y el café hirviendo derramándose sobresaltaron al hombre, que retrocedió.
“¡No se atreva!” gritó Elena, con una ferocidad que sorprendió incluso a Sele. “¡No se atreva a levantarle la mano! Si la toca, llamaré a la policía y me aseguraré de que pase el resto de su miserable vida en una celda por agresión a una menor… Y créame, tengo los recursos para hacerlo.”
El padre de Sele miró a Elena, luego el desastre en la encimera, y finalmente a su hija. Vio la determinación en los ojos de la rubia, cosa que él había perdido hacía mucho y bufó, bajando la mano.
“Están locas. Las dos.” Masculló pasando por su lado, empujando el hombro de Sele al salir, y se dirigió a la puerta principal.
“Me voy. Arreglen este desastre.”
La puerta se cerró de un golpe volviendo el silencio a la cocina, solo roto por el goteo del agua sobre el suelo.
Sele se giró hacia Elena. Tenía los ojos muy abiertos.
“¿Estás bien?” preguntó Sele, revisándola. “¿Te quemaste?”
Elena negó con la cabeza, aunque le temblaban las manos.
“Estoy bien.” Miró a Sele recordando su reacción. “¿Él te pega?”
“A veces. Cuando está muy borracho.” Sele bajó la vista. “Pero hoy… hoy te has enfrentado a él. Nadie había hecho eso por mí. Nunca. Ni siquiera…”
“No iba a dejar que te tocara.” dijo Elena, tomando el rostro de Sele. “Nunca más… Mientras yo esté aquí, él no te toca.”
Sele la abrazó, enterrando la cara en su cuello. Mientras Elena la sostuvo fuerte tarareando.
“Vamos a limpiar esto.” dijo Elena después de un momento, besándole la sien. “Tenemos que irnos dentro de poco para no llegar tarde.”
“Rompiste la cafetera.” dijo Sele con una risa nerviosa, separándose y mirando los cristales.
“Compraré otra… Una mejor.” Elena sonrió. “Una que haga café de verdad para nosotras.”
Limpiaron juntas los cristales y el agua. No hablaron mucho, pero no hizo falta. Después de todo las miradas que intercambiaban entre si ya decían mucho.
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