Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 59
***
La alarma del celular de Sele sonó a las seis de la mañana, un pitido digital estridente que, en la habitación, pareció rebotar contra las paredes empapeladas de posters como si fuera una sirena de ataque aéreo.
Elena abrió los ojos de golpe, desorientada por una fracción de segundos antes de que la realidad se asentara sobre ella con el peso de una manta de plomo ante el ruido.
Sin embargo, a pesar de la incomodidad física y de la rigidez en su cuello, lo primero que sintió no fue arrepentimiento, sino un calor profundo y reconfortante cuando sintió un brazo rodear su cintura.
Sele se removió a su lado, soltando un gruñido de protesta contra la mañana, y escondió la cara en el hueco del cuello de Elena, respirando su olor a vainilla y sueño.
Ese pequeño gesto, esa búsqueda instintiva de contacto, fue suficiente para disipar el pánico matutino que la cláusula de moralidad de Alexander había instalado en su pecho desde hacía cuarenta y ocho horas.
“Cinco minutos más…” murmuró Sele, con la voz ronca y pastosa, apretándola más fuerte, como si pudiera detener el tiempo con la fuerza de sus bíceps.
Elena sonrió tristemente, acariciando el cabello revuelto de la chica.
“No podemos, cariño. Tenemos que irnos antes de que tu padre se levante y ocupe el baño. Y yo necesito llegar temprano. Tengo que… revisar unas cosas.”
“Revisar unas cosas” era un eufemismo para “intentar averiguar si mi marido ya ha llamado a la junta directiva para destruirme.”
Sele pareció captar la tensión en su voz, porque abrió un ojo, negro y brillante incluso en la penumbra, y la miró con una intensidad que sobraba a esas horas de la mañana.
“¿Estás bien?” preguntó Sele, ya despierta, con el modo protector activado.
“Estoy perfecta.” mintió Elena, besándole la frente para evitar verla a los ojos. “Vamos… Arriba.”
La rutina de la mañana se había convertido en una coreografía de supervivencia.
Se movían por la pequeña casa como fantasmas, evitando las tablas del suelo que crujían, duchándose con agua tibia para no gastar el gas, vistiéndose en silencio.
La cocina, escenario de la confrontación con el padre de Sele días atrás, estaba vacía, pero se sentía la presencia opresiva del hombre en las botellas vacías que se acumulaban sobre la mesa y en el olor rancio a tabaco que impregnaba las cortinas.
Elena preparó café en la cafetera nueva que había comprado, su única inversión “de lujo” en esta nueva vida de austeridad, y sirvió dos tazas, observando cómo el vapor subía en espirales hipnóticas.
Sele apareció en la cocina ya vestida con su uniforme de “guerra”: vaqueros negros, botas militares y esa camiseta de la banda que le quedaba, en opinión de Elena, ilegalmente bien.
La pelinegra se apoyó en la encimera junto a ella, tomando la taza y bebiendo un sorbo largo, quemándose la lengua sin inmutarse.
“Hoy tengo ensayo después de clases.” dijo Sele, rompiendo el silencio tenso. “Isaac consiguió un concierto para el fin de semana en un bar de moteros a las afueras. Pagan en efectivo.”
Elena sintió un pinchazo de culpa. Sabía lo que eso significaba: Sele estaba buscando cualquier forma de traer dinero a casa, sabiendo que las cuentas de Elena seguían congeladas y que el efectivo de su cartera disminuía a una velocidad alarmante.
“Sele, no tienes que…”
“Quiero hacerlo… Además, nos viene bien ensayar.” Sele dejó la taza y la miró fijamente. “No te preocupes por el dinero, Day. Nos las arreglaremos… Siempre lo hago de alguna manera.”
“Lo sé. Es solo que… se supone que yo soy la adulta responsable aquí.” Elena suspiró, pasándose una mano por la frente. “Y siento que te estoy arrastrando a mi naufragio.”
“Tú eres mi salvavidas, no mi naufragio” corrigió Sele con firmeza, agarrándole la barbilla y dándole un beso rápido, con sabor a café amargo. “Ahora vámonos… No quiero llegar tarde y que la profesora de Biología me castigue.”
La broma logró sacarle una sonrisa genuina a Elena, aunque duró poco.
El trayecto fue silencioso. Aparcaron en la calle lateral de siempre, esa zona gris que se había convertido en su frontera entre la vida privada y la pública.
Antes de bajar, Elena se tomó un momento para recomponerse, ajustando el espejo retrovisor para revisar su maquillaje, asegurándose de que las ojeras estuvieran cubiertas y de que la máscara de “Señora Eis, profesora respetable” estuviera intacta.
“Recuerda.” dijo Elena sin mirar a Sele, hablando al parabrisas. “Distancia… Nada de miradas… Nada de notitas… Si Alexander ha puesto esa cláusula, es porque nos está vigilando… O tiene a alguien vigilándonos.”
Sele asintió, con la mandíbula tensa. Odiaba esto. Odiaba tener que fingir que la mujer a la que amaba era una extraña. Pero asintió.
“Lo sé… voy a ser una tumba.”
Sele bajó del coche y se alejó caminando rápido, con la cabeza baja, transformándose en la alumna problemática y solitaria antes de llegar a la esquina.
Elena esperó dos minutos exactos, contando los segundos en su mente, antes de salir del vehículo y caminar hacia la entrada principal con la cabeza alta, el taconear de sus zapatos resonando sobre el asfalto como una declaración de guerra.
La escuela estaba en plena ebullición matutina.
El ruido de los casilleros, las risas adolescentes, los gritos en los pasillos… todo parecía normal, pero para Elena, el ambiente estaba cargado de electricidad estática. Sentía miradas en su nuca.
¿Sabían?
¿Había empezado ya el rumor?
¿Había recibido Christina alguna llamada?
Cada saludo de un colega le parecía cargado de un subtexto oculto; cada sonrisa de un alumno, una mueca de burla potencial.
La paranoia, alimentada por las amenazas del abogado de Alexander, se había convertido en su compañera constante.
Cuando llegó a su aula cerró la puerta y apoyo la espalda contra la madera cerrando los ojos un momento para respirar. Su santuario. Aquí, entre las maquetas de ADN y los posters de la célula, se sentía segura. Pero esa seguridad era frágil.
La mañana transcurrió en una neblina de lecciones automáticas. Explicó la meiosis a tres grupos diferentes, corrigió tareas y mantuvo la disciplina con una eficiencia robótica.
Sele no tenía clase con ella ese día, lo cual era a la vez un alivio y una tortura. No verla le permitía concentrarse, pero también aumentaba su ansiedad.
¿Estaría bien?
¿Habría comido algo en el almuerzo o habría guardado el dinero para ayudar?
A la hora del almuerzo, Elena decidió no ir a la sala de profesores. No tenía estómago para fingir normalidad mientras comía una ensalada triste frente a sus compañeros, escuchando sus quejas banales sobre el tráfico o el clima.
En su lugar, se quedó en su aula, organizando papeles que no necesitaban ser organizados, hasta que unos golpes suaves en la puerta la hicieron saltar en su lugar.
Era Alicia. Su amiga entró con dos cafés de la cafetería de la esquina y una bolsa de papel marrón.
“Sabía que estarías aquí escondiéndote.” dijo Alicia, cerrando la puerta con el pie y dejando las cosas sobre el escritorio de Elena. “Te he traído combustible y carbohidratos… Cómelo antes de que se enfríe y te pongas de mal humor.”
Elena la miró con gratitud infinita. Alicia era la única persona en ese edificio, aparte de Sele, con la que podía ser ella misma.
“No tengo hambre, Ali… Tengo náuseas… mejor solo…”
“Tienes estrés. Y el estrés quema calorías, así que come.” Alicia se sentó en uno de los pupitres de la primera fila, cruzando las piernas. “He oído que te han convocado a una reunión con Christina a las tres.”
Elena se quedó helada, con el sándwich a medio camino de su boca.
“¿Qué? ¿Cómo lo sabes?”
“Tengo mis fuentes en secretaría.” Alicia rodó los ojos. “Y también porque vi la agenda de Christina abierta cuando fui a dejar unos informes… 15:00 – Reunión E. Day / A. Eis.”
El sándwich cayó de las manos de Elena.
“¿Alexander va a venir?” su voz era un susurro horrorizado.
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