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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 *** El motor del auto se apagó cuando la fachada de la casa de Elena se alzaba ante el dúo de maestra y alumna.

Impecable, con el césped perfectamente cortado y las luces del porche encendidas automáticamente, proyectando una imagen de domesticidad perfecta que, a la propietaria, en ese momento, le revolvía el estómago.

Dentro del vehículo, el aire parecía haberse agotado.

Elena se quedó quieta en el asiento del copiloto, con las manos apretadas sobre su regazo, sintiendo cómo el alcohol seguía zumbando en sus oídos, aunque la cercanía de Sele empezaba a competir por el control de su nerviosismo.

“Bueno” dijo Sele, rompiendo el silencio con esa voz ronca que parecía raspar suavemente la piel de Elena.

“Hemos llegado.

Sana y salva, profesora.” Elena giró la cabeza viendo a Sele que la miraba con una expresión indescifrable, una mezcla de diversión y algo mucho más intenso que oscurecía sus ojos.

“Gracias.” susurró Elena sin saber bien que más decir o que estaba agradeciendo.

¿Gracias por qué?

¿Por ser su compañera de copas?

¿Por despertar en ella un hambre que creía muerta desde hace tiempo?

¿Por traerla de vuelta a su jaula de oro segura aun cuando no era su responsabilidad?

Sele no respondió de inmediato.

Simplemente se soltó el cinturón de seguridad y, antes de que Elena pudiera reaccionar o intentar abrir su propia puerta, la joven ya había salido del auto.

La pelirrubia la observó a través del cristal, viendo cómo rodeaba el vehículo con ese andar despreocupado, con las manos a los costados de sus pantalones negros ajustados hasta la puerta del copiloto y la abrió.

El aire frío de la noche entró de golpe, pero Elena apenas le prestó atención a eso cuando Sele le tendió una mano.

“Vamos, te acompaño hasta la entrada.

No quiero que te tropieces con tus propios tacones y me culpes mañana en clase si te llegas a golpear por accidente.” Elena aceptó la mano ofrecida resoplando queriendo responder con sarcasmo, pero cuando toco la piel de Sele el contacto fue eléctrico.

Sus dedos eran largos y firmes, envolviendo su mano con una seguridad que la hizo sentir protegida y, al mismo tiempo, totalmente vulnerable.

Mas tensas y afectadas por la cercanía la una con la otra de lo que cualquiera le gustaría admitir caminaron juntas por el sendero de piedra que conducía a la puerta principal.

El sonido de los tacones de Elena resonaba en la noche tranquila, un contraste agudo con el paso silencioso de las botas militares de Sele.

Al llegar al umbral, bajo la luz ámbar del porche, la realidad amenazó con caer sobre Elena.

Estaba en su hogar, un lugar asfixiante, pero su hogar.

Su marido estaba de viaje, sí, pero su presencia estaba en cada ladrillo, en cada adorno y planta decorativa.

Y ella estaba allí, parada con una alumna de dieciocho años que la miraba como si fuera el único vaso de agua en el desierto.

“Yo…” Elena comenzó a hablar, al mismo tiempo que rebuscaba en su bolso de mano intentando encontrar las llaves.

Sus dedos torpes chocaban contra el teléfono, el labial, su cartera.

“Quiero agradecerte por la noche… Quiero decir… no tenías por qué acompañarme.” “No tenía.” coincidió Sele, apoyando un hombro en el marco de la puerta, observando la lucha de Elena con el bolso.

“Pero quise.” Elena se detuvo un segundo, sintiendo el peso de esas palabras.

“Tú… bueno, me aguantaste toda la noche.

Mis quejas, el alcohol…” Elena siguió divagando, hablando demasiado rápido para llenar el espacio, demasiado nerviosa para mirar directamente aquellos ojos que sabía que estaban quemando su cuerpo entero.

“Y yo solo quería agradecerte, Sele.

De verdad.” Finalmente, sus dedos se cerraron alrededor del metal frío de las llaves y las sacó triunfante, pero su mano temblaba tanto que, al intentar meter la llave en la cerradura, el metal chirrió contra la placa, fallando el agujero una y otra vez con cada nuevo intento.

“Maldita sea.” murmuró Elena, frustrada, sintiendo las lágrimas de impotencia picar en sus ojos.

No podía ni abrir su propia puerta, el pensamiento de que era patética volvía con fuerza hasta que una mano cálida se posó sobre la suya, deteniendo el movimiento errático.

“Déjame a mí.” Sele se acercó, cerca, demasiado cerca.

Tanto que Elena podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, podía oler esa mezcla embriagadora de limón, noche y deseo.

La pelinegra le quitó las llaves con suavidad, jugueteando con sus dedos en el proceso, y con un movimiento fluido y preciso, introdujo la llave y giró la cerradura con un suave clic hasta que la puerta termino abriéndose.

Sele empujó la puerta ligeramente y luego se giró, quedando cara a cara con Elena.

La distancia entre ellas era de apenas unos centímetros de distancia.

“Listo” Sele extendiendo el llavero de vuelta lentamente tratando de alargar el momento todo lo posible.

Elena lo tomó, pero no se movió para entrar.

Se quedó allí, paralizada, mirando el rostro de la chica que tenía delante.

La luz del porche creaba sombras en los pómulos de Sele, resaltando la línea de sus labios, que estaban ligeramente entreabiertos.

“Gracias.” repitió Elena, su voz apenas un hilo.

“De nada.” Sele sonrió, una sonrisa lenta, perezosa.

“Buenas noches, Elena.” La joven dio un paso atrás, dispuesta a marcharse.

Dispuesta a dejarla allí, sola, en esa casa grande y vacía, con el fantasma de su matrimonio fracasado a pesar de que quería hacer algo muy distinto.

Bajo la mirada de la mayor quien sintió un pánico repentino.

La idea de ver la espalda de Sele alejándose, de cerrar la puerta y quedarse sola con el silencio, fue insoportable.

“¡Espera!” Sele se detuvo de un salto un poco asustada por el grito, algo que no le admitiría a nadie, y se giró lentamente.

“¿Sí?” Elena tragó saliva sintiendo su corazón latir tan fuerte que temía que se le saliera del pecho.

“Sara… Sele… yo… tu…” dijo, intentando sonar compuesta, pero fallando miserablemente ante la mirada de la mencionada.

Sus ojos negros brillaron con una intensidad que hizo que las rodillas de Elena flaquearan.

La chica dio un paso adelante, invadiendo de nuevo su espacio, eliminando la distancia que había puesto entre ellas.

“¿Yo que Elene?” susurró Sele.

Su voz salió completamente ronca, cargada de una promesa implícita, de un desafío.

Ese sonido, esa vibración en su nombre, fue el detonante.

Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.

La prudencia, la moral, el miedo, todo se hizo añicos.

Casi gimió… Casi… En vez de eso, cometió el error más maravilloso de su vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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