Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 64
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Capítulo 64: Capítulo 64
***
Christina se levantó de su lugar y rodeó el lugar donde el hombre había estado, poniéndose frente a Elena mientras sus ojos buscaban una negación, una mentira a la que aferrarse a pesar de las pruebas.
“Elena… dime que estas fotos están sacadas de contexto… que fueron editadas… solo… solo dime que no es lo que parece.”
Elena miró a su amiga. Vio el miedo en los ojos de Christina, el miedo a perder su propia estabilidad por proteger a alguien que había roto las reglas, pero no quería ignorar o abandonar. Elena decidió que no iba a mentir más. No le daría a Alexander el placer de verla arrastrarse.
“Es exactamente lo que parece, Christina” dijo Elena con calma. “Amo a esa chica. Y lo que tengo con ella es más real que cualquier cosa que haya tenido en mi vida… especialmente lo que una vez tuve con el hombre que envió esas fotos.”
Christina retrocedió como si la hubieran abofeteado.
“Veo…”
“Chris… dime que no es cierto. No pueden simplemente castigar a Sara por algo que supuestamente es mi culpa.”
“Como el señor Henderson a dicho… Eleonor será citada e entrevistada… Su permanencia para la graduación dependerá totalmente de lo que la junta decida.”
“¡Eso es injusto!” estalló Elena comenzando a moverse de un lado a otro. “¡Ella es la víctima según sus propios papeles! ¿Por qué la castigan a ella?”
“Elena, por favor…” intervino Christina acercándose un poco. “Henderson tiene razón. El reglamento es claro… Ahora… necesito que me des tu identificación y las llaves de tu aula… también necesito que recojas tus cosas personales ahora mismo.”
Elena se quitó la tarjeta de identificación del cuello. El sonido del plástico golpeando el suelo fue el punto final de su carrera. Entregó las llaves en las manos de su amiga luego de pensarlo un poco, sintiendo que le arrancaban una parte de su identidad.
Y sintiendo la mirada de su amiga salió.
El pasillo estaba lleno de estudiantes cambiando de clase.
El rumor se había extendido como un incendio.
Mientras caminaba la pelirrubia escuchó risas sofocadas y vio de reojo a un grupo de chicas de primer año susurrando mientras la señalaban riéndose entre dientes… algunas incluso la veían de arriba a abajo observándola con interés… la Day no tenía que verlas para saber que estaban pensando si valía la pena intentar seducirla para probar suerte.
Ignorando todo a su alrededor y aumentando su ritmo caminó hacia su aula, la 204, por última vez.
Al entrar, encontró a sus alumnos sentados, esperándola en un silencio denso en el aula, cargado de una curiosidad morbosa.
Elena no fue hacia el podio. Fue directamente a su escritorio. Sacó una caja de cartón de debajo del mueble y empezó a guardar las pocas cosas que había encima de el: el portalápiz que le regaló su primer grupo, sus libros de consulta, la pequeña planta que Sele le había ayudado a cuidar…
“¿Profesora Day? ¿Pasa algo?” preguntó Samuel, el chico rubio que siempre se sentaba en la primera fila.
Elena se detuvo un segundo. Miró a esos rostros jóvenes que durante unos años habían sido su principal propósito.
“No habrá clase impartida por mi hoy, Samuel… Ni mañana… ni… nunca más supongo.” dijo Elena, intentando que su voz no se quebrara. “Me voy.”
“¿Por qué?” preguntó una chica al fondo.
“Dicen que… que es por Sele…” un chico a su lado hablo esta vez. “¿Es eso cierto?”
Elena cerró la caja con fuerza. Pero no respondió… No podía hacerlo, sin importar cuanto quisiera.
“(Es mejor así.)” pensó encogiéndose un poco sobre si misma mientras un recuerdo venia a su mente esta vez como un recuerdo agridulce.
El “mundo de cristal” que mencionaba Sele varias veces en algunas de sus canciones se había roto, y los fragmentos estaban cortando todo a su paso.
Pensando en eso guardó su computadora portátil y el marco de fotos que tenía de sus padres… que ahora le daba unas ganas gigantes de tirarlo a la basura y salió.
En medio del pasillo, mientras cargaba la caja, vio a Sele.
Estaba de pie junto a su casillero, seguida de cerca por Isaac y Verónica.
La pelinegra dio un paso adelante, con la intención clara de correr hacia ella, de desafiar a todo el mundo de frente, pero Elena la detuvo con una mirada intensa, negando levemente con la cabeza.
No lo hagas.
No te hundas conmigo.
Elena siguió caminando hacia la salida principal.
Cada ventana de la escuela era un ojo que la juzgaba. La sensación de ser una paria, una criminal de la moralidad, le quemaba la piel.
Al cruzar las puertas dobles, el aire caliente la golpeó como una bofetada.
La Day dejó la caja en el asiento del copiloto y entró en el coche. No arrancó de inmediato. Sino que apoyó la frente contra el volante y cerró los ojos.
El silencio del habitáculo era pesado. Había perdido su trabajo, su sueldo, su reputación y el respeto de sus padres. Se había quedado sin nada, exactamente como Alexander quería.
Pero entonces, recordó la llamada de Madison. Recordó el rastro de dinero en Brasil. Recordó que, aunque no tenía su aula, tenía su libertad.
Tomó su teléfono y llamó a Madison.
“Ya pasó.” dijo Elena, y su voz ya no tenía rastro de miedo o tristeza. “Alexander disparó… Me han suspendido.”
“Entonces es hora de que nosotros devolvamos el fuego.” respondió Madison con una determinación feroz. “Eugene ya tiene preparado el paquete para los socios de la firma en Chicago. ¿Quieres que esperemos?”
Elena miró hacia el edificio donde trabajaba, ese lugar donde acababan de humillarla frente a sus alumnos.
“No esperes.” dijo Elena. “Envía el correo… Quiero que Alexander pierda el sueño hoy… Si yo voy a estar en la calle, él va a estar en la cárcel.”
Colgó la llamada y arrancó el motor de su auto.
Mientras se alejaba del campus, Elena Day no se sentía como una mujer derrotada.
Pero extrañamente también se sentía como alguien que acababa de soltar un lastre de mil kilos. Alexander creía que la caída de Elena era el final de su historia de amor fallida, pero no sabía que ella apenas estaba empezando a escribir el epílogo de la destrucción de su tan aclamada vida financiera.
La Day condujo hacia la casa de Sele, sabiendo que la convivencia en ese espacio pequeño, con el “Ogro” merodeando y sin ingresos, sería el próximo gran desafío.
Pero mientras el sol de mediodía brillaba sobre el capó de su coche, Elena sonrió por primera vez en veinticuatro horas.
El mundo de cristal estaba roto, sí… pero los fragmentos que la cortaron eran lo suficientemente afilados como para cortar a cualquiera que intentara volver a encerrarla.
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