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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 66

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Capítulo 66: Capítulo 66

***

“Señor Eleonor, por favor, cálmese.” intentó intervenir Elena, saliendo de detrás de Sele. “Alexander está mintiendo, él solo quiere hacernos daño porque…”

“¡Usted se calla, señora puta de lujo!” Manuel la señaló con el dedo, temblando de rabia. “Usted viene aquí con sus trajes caros y su olor a perfume de mil dólares a ensuciar mi casa… ¡Mi hija está en problemas por su culpa! ¡Ese hombre me dijo que usted la tiene drogada o manipulada o… no sé qué!”

“¡Eso es mentira!” gritó Sele, empujando a su padre. “¡Vete de aquí ahora mismo o llamaré a la policía!”

“¿A la policía?” Manuel la agarró del brazo con una fuerza brutal. Elena escuchó el crujido de la tela de la chaqueta de Sele. “¡En esta casa la ley soy yo! ¡Y no voy a permitir que un monstruo como tú siga bajo mi techo pecando con esta mujer!”

Lo que siguió fue un borrón de violencia caótica. Manuel lanzó un golpe que rozó la mejilla de Sele. Elena gritó, intentando interponerse, pero fue empujada contra el escritorio, haciendo caer la lámpara y los libros. Sele no se quedó quieta y devolvió el golpe con toda la rabia de años de silencio.

“¡No la vuelvas a tocar!” rugió Sele.

Manuel, enfurecido por el desafío, se lanzó sobre ella. Elena vio el destello de una intención asesina en los ojos del hombre. No era solo homofobia; era el odio a lo que no podía controlar, a la libertad que Sele representaba y que él nunca tuvo.

“¡Vámonos, Sele! ¡Vámonos ahora!” gritó Elena, agarrando su bolso y tirando del brazo de la joven.

“¡Toma tus cosas y lárgate!” gritó Manuel, retrocediendo para tomar aire, con la respiración sibilante. “¡Si vuelvo a verte por aquí, te mato!… ¡A las dos!… ¡Y dile a tu marido que venga por sus maletas, porque esta basura no se queda aquí!”

Sele miró a su padre. Durante un segundo, Elena pudo ver a la niña de once años que casi fue operada por la fuerza, la niña que perdió a su madre y se quedó sola con un monstruo. Luego, la mirada de Sele se endureció, transformándose en algo gélido y definitivo.

“Ya no tengo padre.” dijo Sele, con una voz tan baja que cortaba el aire. “Muérete en esta casa a tu gusto, Manuel… Solo.”

Sele agarró su estuche de guitarra y una mochila pequeña que siempre tenía a medio hacer. No miró atrás. Agarró la mano de Elena con una fuerza y la llevo fuera de la habitación a paso apresurado.

Bajaron las escaleras mientras escuchaban a Manuel gritándoles obscenidades desde arriba, el sonido de objetos rompiéndose contra el suelo siguiendo sus pasos.

Ambas salieron a la calle de noche. El aire era pesado, cargado de la humedad que precede a las tormentas.

Llegaron al coche de Elena, el último vestigio de su vida pasada que Alexander aún no había logrado quitarle.

Sele tiró la guitarra en el asiento trasero y se dejó caer en el del copiloto, cerrando la puerta con una violencia que hizo temblar los cristales.

Elena entró en el asiento del conductor, pero no arrancó. Sino que se quedó mirando sus manos sobre el volante, incapaz de procesar la velocidad a la que su vida se había convertido en un campo de cenizas.

El silencio dentro del coche era absoluto, solo roto por la respiración agitada de ambas. Fuera, la casa de los Eleonor se alzaba como una silueta oscura y amenazante.

“Sele…” susurró Elena, girándose hacia ella.

Sele estaba mirando fijamente hacia adelante. Tenía un corte en el labio y un hematoma empezaba a formarse en su mandíbula. Sus manos, sobre sus rodillas, no dejaban de temblar.

“No tengo a dónde ir, Elena.” dijo Sele, su voz sonó pequeña, rota. “No tengo casa. No tengo… No tengo nada.”

“Me tienes a mí.” respondió Elena, acercándose para abrazarla. “Nos tienes a nosotras.”

Sele se derrumbó sobre su hombro. El llanto que había contenido durante toda la confrontación estalló de golpe, un sollozo desgarrador que sacudía todo su cuerpo.

Elena la sostuvo con todas sus fuerzas, sintiendo el dolor de Sele como si fuera propio. Alexander había logrado lo que quería: las había dejado en la calle, sin recursos, sin apoyo, marcadas por el escándalo y el odio.

Cuando la pelinegra se calmó, la pelirrubia arrancó el motor. No sabía a dónde ir. Sus padres no la recibirían; Alexander se habría encargado de eso antes incluso de llamar a Manuel. Sus cuentas estaban congeladas… solo tenía unos pocos cientos de dólares en efectivo que Alicia le había dado.

Condujo sin rumbo por las calles iluminadas por el neón de la ciudad. Pasaron por delante de la institución donde una enseñaba y la otra tomaba clases, que ahora parecía un monumento a una civilización muerta.

Pasaron por delante de los barrios de lujo donde Alexander probablemente estaba cenando, satisfecho con su trabajo de demolición.

“Vamos a buscar a Isaac.” dijo Sele después de un rato, secándose las lágrimas con la manga. “O a Madison… No podemos dormir en el coche, Elena. Tú no te mereces esto.”

“Yo me merezco estar donde tú estés, Sele.” respondió Elena, apretándole la mano. “Si es en el coche, es en el coche… Si es en un sofá roto, que así sea… No voy a dejarte sola. Nunca más.”

Luego de conducir durante unos minutos terminaron en un estacionamiento de un centro comercial abierto las veinticuatro horas, bajo la luz apagada de un poste de luz que parecía averiado.

El interior del coche de Elena se había convertido en su universo entero.

Fuera, las luces del estacionamiento del centro comercial bañaban el asfalto de un tono naranja artificial, pero dentro, la oscuridad era un manto que las protegía del mundo que acababa de escupirlas.

El zumbido de motor de algún que otro vehículo pasando a su lado era la única banda sonora, eso junto al sonido del auto propio que sonaba como un recordatorio de que todavía tenían combustible, de que todavía podían huir si era necesario.

Elena se giró en el asiento del conductor, observando a Sele de reojo. La joven estaba recostada contra la ventanilla, con la mirada perdida en el parpadeo de un letrero de neón lejano. La luz intermitente revelaba, cada segundo, la hinchazón en su labio y el rastro de lágrimas secas en sus mejillas.

“Ven aquí.” susurró Elena, extendiendo un brazo.

***

Sele no respondió de inmediato, pero se dejó atraer hacia el centro del coche. Se acomodó de lado, apoyando la cabeza en el hombro de Elena, encogiéndose. La pelirrubia empezó a pasarle los dedos por el cabello, un gesto rítmico, casi hipnótico, mientras sentía el temblor residual que recorría el cuerpo de la chica.

“Me duele el pecho, Elena.” dijo Sele con una voz que apenas era un hilo. “No es por el golpe. Es como si… como si todo el aire de la ciudad se hubiera acabado de repente.”

“Respira conmigo, Sele… Solo respira.”

Elena buscó en el compartimento de la puerta una botella de agua y un pañuelo de seda que guardaba para emergencias. Con una delicadeza que le dolía en los dedos, humedeció la tela y empezó a limpiar la sangre seca del labio de Sele. La joven soltó un siseo de dolor, pero no se apartó.

“Alexander ganó.” continuó Sele, cerrando los ojos bajo el toque de Elena. “Logró que mi padre me odiara incluso más de lo que ya hacía. Logró que me viera como él me ve… Como una aberración.”

“Escúchame bien.” Elena detuvo el movimiento de su mano y obligó a Sele a mirarla. “Alexander no ha ganado nada. Lo que hizo tu padre no tiene nada que ver contigo, ni con lo que eres… Tiene que ver con su propio odio y con el miedo de un hombre que se siente pequeño ante tu libertad. Tú no eres un error… Eres la persona más valiente y real que he conocido en mi vida. Y si él no puede verlo, el que está ciego es él.”

Sele soltó una risa amarga que terminó en un sollozo ahogado.

“Él dijo que debería haberme dejado operar. Que debería haberme “arreglado”. Durante años pensé que mi madre me había salvado de él, pero ahora… ahora que ella no está, siento que el mundo me está cobrando el precio de haber nacido así.”

Elena dejó el pañuelo a un lado y se inclinó sobre ella, rodeándola con ambos brazos en el espacio limitado del vehículo. En ese momento, la “Profesora Day” fue enterrada definitivamente. Solo quedaba una mujer que amaba a otra con una ferocidad que rozaba la locura.

“Nadie tiene que arreglar lo que no está roto, Sele… Tu cuerpo es el mapa de tu propia historia, y yo amo cada centímetro de ese mapa… Amo tu dualidad, amo tu fuerza y amo la forma en que me miras… Alexander y tu padre viven en un mundo de blanco y negro, tú… tú eres el color que ellos no pueden entender.”

Sele se aferró a la cintura de Elena, escondiendo la cara en su cuello. Elena la sostuvo, meciéndola suavemente, ignorando el dolor de espalda por la posición incómoda.

Pasaron los minutos, o quizás horas. En el silencio del estacionamiento, la intimidad se volvió densa. Elena empezó a desabrochar los botones de la chaqueta de Sele, buscando las marcas de la agresión. Encontró un hematoma enrojecido en el hombro, donde Manuel la había agarrado con fuerza.

“Mañana saldrá el morado.” comentó Elena, besando suavemente la piel dañada.

“Es solo piel.” respondió Sele, empezando a calmarse”. “Lo que me asusta es mañana, Elena. No tenemos dinero. Mis tarjetas de ahorro están en mi cuarto, y no voy a volver allí mientras ese hombre esté vivo.”

“Tengo algo de efectivo. Alicia me dio quinientos dólares, y tengo mi tarjeta de crédito personal que Alexander no puede tocar sin una orden judicial que tardará días en conseguir… Mañana buscaremos un motel barato a las afueras. Uno donde no nos miren demasiado.”

Sele levantó la vista, y por primera vez en la noche, hubo una chispa de su antigua picardía en sus ojos negros, aunque estuvieran enrojecidos.

“¿Un motel? ¿Como El Susurro?”

Elena sonrió con tristeza, acariciándole la mandíbula.

“Cualquier lugar donde pueda dormir abrazada a ti será perfecto.”

Sele se incorporó un poco, quedando cara a cara con Elena. El espacio entre ellas estaba cargado de una electricidad estática, una mezcla de deseo y desesperación.

“Day… prométeme algo.”

“Lo que sea.”

“Prométeme que no te vas a arrepentir de esto. Que cuando mañana nos miren en el motel, o cuando veas los papeles del divorcio donde digan que perdiste todo por una chica de dieciocho años, no vas a desear volver a tu mansión de cristal.”

Elena tomó el rostro de Sele entre sus manos. Sus dedos rozaron los tatuajes de la nuca de la chica, esa tinta que representaba su rebelión contra el mundo que intentaba definirla.

“Me arrepiento de no haberlo hecho antes.” dijo Elena con una sinceridad que cortaba el aire. “Me arrepiento de haber pasado años fingiendo que era feliz entre paredes blancas y muebles caros… Lo que tengo contigo en este coche, con un labio roto y sin un centavo en el bolsillo, es mil veces más valioso que todo lo que Alexander Eis posee… Eres mi hogar ahora, Sele. Y no me importa si nuestro hogar tiene ruedas o incluso si el techo gotea.”

Sele la besó. En la quietud del coche, sus lenguas se buscaron con una urgencia que no era puramente sexual, sino una necesidad de confirmarse la una a la otra que seguían allí, que el ataque de Alexander no las había borrado.

Elena deslizó sus manos bajo la camiseta de Sele, buscando el calor de su piel. Necesitaba sentir el latido de su corazón, la firmeza de sus músculos, la realidad física de la mujer que amaba. Sele respondió con un gemido sordo, empujando su cuerpo contra el de Elena, buscando ese refugio que solo ellas entendían.

“Te amo.” susurró Sele contra sus labios. “Te amo tanto que me duele y me da un poco de miedo.”

“No tengas miedo… El miedo es para ellos, porque ellos no saben lo que es sentir esto.”

Elena coloco tiras de periódicos en los vidrios por dentro tapando el interior para luego reclinar los asientos. También aprovecho para abrir un pequeño compartimento a un lado que permitía entrar aire pero que desaparecía a simple vista.

Ninguna tenía mantas, pero por esa noche no las necesitaban.

Solo entrelazaron los dedos en la oscuridad del habitáculo, escuchando el zumbido de la autopista a lo lejos.

Ambas se quedaron entrelazadas en los asientos reclinados, mientras la temperatura bajaba fuera. Elena observaba el perfil de Sele, que finalmente parecía haber encontrado un momento de paz. La joven cerró los ojos y su respiración se volvió lenta y rítmica.

Elena, sin embargo, permaneció despierta. Miraba hacia el frente, hacia la oscuridad de la carretera. Sabía que la tregua sería corta. Mañana, la noticia de su suspensión sería oficial.

Mañana, Alexander recibiría el golpe de los archivos de Brasil. Mañana, la guerra dejaría de ser personal para volverse legal, financiera y pública.

Pero mientras acariciaba la mano de Sele, notando la calidez de sus dedos entrelazados con los suyos, Elena sintió una fuerza que no sabía que poseía. Ya no era la víctima de un matrimonio infeliz. Era una mujer que defendía su vida.

“Duerme, bebé.” susurró Elena al aire del coche. “Mañana vamos a quemar su mundo.”

La noche avanzó, y bajo la luz parpadeante del estacionamiento, el coche de lujo se convirtió en un fuerte inexpugnable.

El mundo de cristal se había roto, pero en la unión de sus cuerpos, Elena y Sele estaban forjando algo mucho más resistente: un vínculo nacido de las cenizas, una historia que ya no pedía permiso para existir.

Y mientras la Day sentía el corazón de Sele latiendo contra el suyo, también supo que Alexander había cometido un error fundamental: al quitarles todo, les había dado la libertad absoluta de no tener nada que perder.

Y eso las hacía más peligrosas que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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