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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 Elena soltó las llaves, que cayeron al suelo con un ruido metálico que fue olvidado al instante cuando sus manos volaron hacia el cuello de Sele, agarrando la tela de su camiseta.

“Elena…” Sele intento hablar, pero el resto de su frase se perdió cuando Elena tiró de ella hacia abajo, acortando la distancia de un golpe.

El choque de sus labios fue violento, una colisión de necesidades acumuladas.

No hubo delicadeza, solo un hambre compartida.

No fue un beso de película romántica, suave y delicado sino un beso de hambre.

Un beso de dos personas que llevaban demasiado tiempo buscando algo que no sabían que necesitaban.

Sele reaccionó al instante soltando un gruñido bajo, gutural, y sus brazos rodearon la cintura de Elena, atrayéndola contra su cuerpo con fuerza, terminando con toda la distancia que había entre ellas.

La lengua de Sele reclamó la boca de Elena con una voracidad que la hizo jadear, y Elena respondió con la misma intensidad, mordiendo, chupando, buscando más.

“Entremos.” logró decir la pelirrubia entre besos, guiándola a ciegas hacia el interior.

Tropezaron hacia atrás, entrando en la casa.

Sin saber cuál de las dos cerró la puerta de una patada sin romper el beso, sumiendo el recibidor en la penumbra cuando la luz dejo de detectar movimiento.

“Espera, espera.” jadeó Sele, separándose apenas unos milímetros.

Su respiración golpeando el rostro de Elena, caliente y errática.

“¿Estás segura de lo que estás haciendo?” Elena se apoyó contra la pared, intentando recuperar el aire.

“¿Por qué me lo preguntas ahora?” replicó Elena con un hilo de voz contenido debido a su respiración acelerada.

“Porque soy tu alumna, y tú estás borracha, y yo…” Sele hizo una pausa, sus ojos negros brillando en la oscuridad.

“Yo no voy a poder parar.

Te lo advierto, si seguimos, no habrá vuelta atrás, aunque me lo pidas.” Elena rio entre dientes extendiendo la mano y acarició la mejilla de la chica, bajando hasta su cuello.

“No pares.” Elena quiso sonar segura, pero termino sonando más como una súplica.

“Por favor, Sele, no pares.

Necesito olvidar quién soy ahora mismo.

Hazme sentir algo que no sea este vacío.” No hicieron falta más palabras.

Sele la levantó como si no pesara nada, y Elena enroscó sus piernas alrededor de la cintura de la chica, sintiendo la dureza de su cuerpo, la fuerza de sus músculos junto a una presión firme y dura contra su intimidad, a través de la ropa.

Y lejos de asustarla, la hizo gemir de anticipación.

“Dime dónde.” susurró Sele al oído de Elena mientras caminaba por el pasillo.

“Al fondo…

a la derecha.” respondió ella, aferrándose a sus hombros tatuados recorriendo las tintas con sus dedos.

La pelinegra la llevó a través de la sala a oscuras, guiada solo por la luz de la luna que entraba por los ventanales, hasta llegar al dormitorio principal.

La cama matrimonial, enorme y perfectamente hecha, parecía un altar esperando ser profanado.

Cayeron sobre el colchón en una maraña de extremidades.

Cuando Elena quedó expuesta, con el vestido amontonado en el suelo, sintió un momento de duda.

Pero entonces vio la cara de Sele, completamente vestida aún, mirándola como si fuera una aparición divina.

“Eres… joder, Elena, eres perfecta.” murmuró Sele, recorriendo con la yema de sus dedos el camino desde el ombligo de Elena hasta el borde de su ropa interior.

“Dices que soy perfecta, pero…” empezó Elena, intentando cubrirse con los brazos.

“Pero nada.” la interrumpió Sele tomándola suavemente de las muñecas dejándolas a un costado para luego arrodillándose entre sus piernas sin haber empezado a desvestirse aún.

“Eres jodidamente perfecta, Elena.

Mírame.” “Me miras como si fuera un milagro.” murmuró Elena, soltando una pequeña risa nerviosa.

“Porque lo eres para mí.” respondió Sele.

Sus dedos empezaron a trazar un camino desde el ombligo de Elena hacia abajo.

“¿Sientes eso?” Elena arqueó la espalda, cerrando los ojos.

“Cállate y ven aquí.” pidió, tirando de Sele hacia ella.

“Por favor no me tientes más.” Sele se deshizo de su ropa con rapidez.

Casi como si estuviera poseída.

Cuando quedó desnuda, Elena contuvo el aliento.

Ya había visto los tatuajes, la piel pálida, los pechos pequeños pero firmes.

Pero su mirada bajó inevitablemente.

Allí estaba la dualidad de la que todos hablaban en susurros, la característica que hacía a la Eleonor única.

Era hermosa.

En el contexto de ese cuerpo, de esa noche, era simplemente una parte más de la mujer que la estaba haciendo arder.

Sele notó su mirada y se detuvo un segundo, una sombra de inseguridad cruzando su rostro por primera vez.

“¿Te molesta?” preguntó Sele, con la voz tensa.

“Si quieres que pare, lo haré.” Elena negó con la cabeza lentamente, extendiendo una mano para tocarla, con una curiosidad que rápidamente se transformó en fascinación.

“En lo más mínimo.” respondió Elena con sinceridad, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía con una humedad que hacía años no sentía.

“No me molesta.

Me gusta… Dios mío, Sele… me gusta.” La sonrisa de Sele volvió, más brillante y depredadora que antes.

Se inclinó sobre Elena, besando desde su cuello, pasando de su clavícula y bajando lentamente.

“Entonces déjame demostrarte que esto.” susurró Sele contra su piel, rozando su cuerpo con el de ella, “Funciona mucho mejor que cualquier cosa que tengas en casa.” “Pruébalo.” desafió Elena, rodeándole el cuello con los brazos.

soltando una risa ahogada que se transformó en un gemido cuando Sele la besó de nuevo, esta vez con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus cuerpos.

Alexander, el viaje, la soledad… todo se desvaneció.

Esa noche, el nombre de su marido fue un idioma desconocido para Elena.

Sele la tuvo por completo.

La tocó, la besó y la veneró con una dedicación que Elena no sabía que existía.

“Mírame, Elena.” le pedía Sele cada vez que la profesora cerraba los ojos, abrumada por el placer.

“Quiero ver tus ojos… Quiero verlo cuando sepas quién te lo está haciendo.” “Mírame bien.” insistió Sele mientras empezaba a besar su cuello, bajando lentamente.

“No cierres los ojos.

Quiero que mires con atención quién te está haciendo perder el control.” “Sé quién eres.” gemía Elena, hundiendo sus uñas en los hombros de la chica.

“Eres tú, Sele.

Solo tú.” “Dilo otra vez.” pidió Sele contra la piel de su cuello.

“Sele…

por favor.” suplicó Elena, olvidando por completo a Alexander, el mundo exterior y cualquier rastro de arrepentimiento.

En ese momento, entre los diálogos rotos y las sábanas, el resto del mundo dejó de tener importancia.

Solo existían ellas dos y la promesa que Sele estaba cumpliendo con cada caricia, donde Elena Eis descubrió que el paraíso no estaba en una casa perfecta, sino en el caos delicioso de los brazos de su alumna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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