Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 70
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Capítulo 70: Capítulo 70
***
En el silencio en la habitación Elena estaba sentada en el borde de la cama, con la unidad flash moviéndola entre los dedos, dándole vueltas mecánicamente con leves movimientos.
El metal estaba frío, pero en su mente, ese pequeño objeto quemaba con la intensidad de una estrella a punto de colapsar.
Frente a ella, Sele terminaba de ajustar las cuerdas de su Gibson. El sonido metálico de la afinación, ese plink agudo y repetitivo, era el único contrapunto al zumbido del aire acondicionado.
Sele no la miraba, pero Elena podía sentir la desaprobación emanando de ella en ondas físicas.
“No entiendo por qué seguimos esperando, Elena.” soltó Sele finalmente, dejando la guitarra sobre sus muslos y levantando la vista. Sus ojos negros estaban cargados de una impaciencia feroz. “Tienes los archivos. Tienes las pruebas de que robó millones, de que falsificó tu firma, de que tiene una vida entera en Brasil pagada con tu dinero. ¿Por qué no simplemente pulsamos el botón y dejamos que el FBI se encargue de él?”
Elena suspiró, frotándose las sienes. Desde que habían decidido que hacer con el plan Sele… había estado un poco indecisa con su posición.
La pelinegra comprendía el razonamiento y no estaba para nada en contra de la idea en general… después de todo con el tipo de vida que tuvo comprendió que ciertos problemas requerían ciertas soluciones.
El conflicto venia cuando pensaba en que si le pisaban la cola a Alexander o si le daban tiempo este podría reaccionar de forma agresiva… más precisamente decidir que si ya estaba hasta el cuello un crimen más o uno menos no importaba mucho al final del día.
Por lo que clara y esperadamente estaba más que intranquila con todo esto… lo que solo provoco que quisiera hacer cambiar de opinión a la pelirrubia.
Pues sentía que su cerebro era un mapa de riesgos donde cada camino terminaba en un abismo peor que el otro.
Pero cuando los contrapuntos o los planes rápidamente fueron debatidos y negados la pelinegra rápidamente decidió volver a la vieja rutina que nunca le fallaba… repetir lo mismo una y otra vez sin importar la respuesta que recibiera amenos que fuera la que quería.
Lo que Sele no sabía… o ignoraba… es que Elena era igual de terca y obstinada que ella.
Por lo que mientras la pelinegra recitaba una y otra vez la misma cosa. La pelirrubia repetía una y otra vez la misma repuesta.
“Porque la justicia no es una flecha recta, Sele. Es un laberinto.” respondió Elena, su voz sonando cansada pero firme. “Si denunciamos a Alexander ahora, se abrirá una investigación federal… ¿Sabes lo que eso significa? Significa que cada cuenta bancaria que he tocado en los últimos cinco años será auditada… Significa que los socios de Alexander, hombres que tienen tanto poder como él, usarán toda su influencia para desviar la culpa hacia mí… Alexander dirá que yo era la mente maestra, que yo usé su firma y no al revés.”
“¡Pero tenemos el informe de Eugene!” exclamó Sele, poniéndose en pie con un movimiento brusco que hizo que la guitarra oscilara peligrosamente casi callándose. “Él probó que las firmas son digitales.”
“Y Alexander contratará a expertos que dirán lo contrario… En un juicio, gana el que tiene más recursos para dilatar el proceso… Podríamos estar años, Sele. Años sin poder salir del estado, años con nuestras caras en las noticias, años de abogados comiéndose lo poco que nos queda… Yo no quiero un juicio. Yo quiero mi libertad… Ahora.”
Sele se acercó a ella, deteniéndose a solo unos centímetros.
“¿Y qué hay de la justicia?” preguntó Sele en un susurro cargado de rabia. “Ese tipo me humilló… Hizo que mi padre perdiera la poca cabeza que le quedaba. Intentó borrarte como si fueras un error de ortografía en su currículum… Si solo lo extorsionamos, se sale con la suya. Seguirá siendo rico, seguirá siendo un tipo importante, solo que con un divorcio un poco más caro.”
“Sele, sé que la supervivencia no se trata de quién es el más fuerte en un combate singular, sino de quién se adapta mejor al entorno.” Elena tomó las manos de Sele. “Mi entorno ahora es una jungla legal donde Alexander tiene ventaja. Si lo acorralo para que se pudra en la cárcel, se defenderá con todo… Pero si le ofrezco una salida donde mantenga su preciado estatus a cambio de dejarnos en paz… se irá. Y eso es lo que necesito. Que desaparezca de nuestras vidas como si nunca hubiera existido.”
Sele retiró sus manos con lentitud, negando con la cabeza yendo a tomar su guitarra y la guardó en el estuche con movimientos secos. Se puso su chaqueta de cuero, la armadura que parecía darle la fuerza necesaria para enfrentar el día.
“Tengo ensayo en una hora.” anunció. “Madison consiguió que nos prestaran un garaje… Es la última práctica antes de la audición del sello independiente del viernes. Si no voy, los chicos se van a volver locos.”
Elena se levantó, sintiendo una punzada de alivio por el cambio de tema, pero también una culpa sorda por retener a Sele en medio de su propio torbellino legal.
“Voy contigo. No quiero que estés sola en la calle.”
“Day, estoy en mi elemento. Nadie me va a tocar en ese garaje.”
“Aun así. Necesito salir de estas cuatro paredes… Siento que el olor a desinfectante me está atrofiando las neuronas.”
El trayecto hacia el garaje fue silencioso.
Elena conducía un coche de segunda mano que cambio por el suyo, que ahora se sentía como un anacronismo rodando por las zonas industriales de la ciudad.
La pelirrubia observaba a Sele por el espejo retrovisor mientras la joven miraba por la ventana, con la mandíbula tensa.
Cuando llegaron a un callejón estrecho, flanqueado por edificios de ladrillo llenos de grafitis. El sonido de una batería probando el doble bombo retumbaba contra las paredes, un latido profundo que Elena sintió en el esternón.
Dentro del garaje, el aire estaba cargado de olor a aceite de motor, cerveza tibia y cables calientes. Isaac y Verónica ya estaban allí, ajustando amplificadores.
“Llegas tarde, Eleonor.” dijo Isaac, aunque su sonrisa delataba su alivio al verla.
“Cállate y toca, Isaac.” respondió Sele, sacando su guitarra.
Elena se sentó en un amplificador viejo en una esquina, apartada de la acción.
Madison estaba allí también, ajustando unos cables en una mesa de mezclas improvisada. Le lanzó a Elena una mirada comprensiva pero distante para luego seguir con lo suyo.
Sele se colgó la guitarra y se acercó al micrófono. Cerró los ojos por un segundo, y Elena notó cómo sus hombros se relajaban, cómo la tensión que la había consumido se disipaba. Cuando Sele conectó el cable, el feedback del amplificador sonó como un rugido.
“Vamos con Paredes de Cristal.” ordenó Sele. “Desde el puente. Y quiero que suene como si estuviéramos rompiendo ventanas.”
La música estalló. No era el rock melódico que Elena había escuchado en la radio; era algo visceral, una mezcla de grunge y punk.
La voz de Sele, habitualmente ronca y suave, se transformó en un instrumento de poder absoluto. Cada palabra que cantaba parecía una bala dirigida a los despachos de la junta escolar, a la cara de su propio padre.
Elena observaba a Sele, hipnotizada. En ese momento, entendió lo que Sele había querido decir. Allí, bajo las luces fluorescentes que parpadeaban y rodeada de cables, Sele era libre. No importaba que Alexander tuviera millones, no importaba que los abogados estuvieran redactando amenazas.
En ese garaje, Sele era la dueña de su destino. Su talento no era algo que pudiera ser auditado o congelado por un banco. Era una fuerza de la naturaleza que sobrevivía al dolor.
“No necesito tu oro, no necesito tu altar.” cantaba Sele, con las venas del cuello marcadas por el esfuerzo. “He aprendido a respirar bajo el agua, he aprendido a gritar en el silencio”.
Elena sintió lágrimas acudir a sus ojos. Por primera vez, el dilema moral de los archivos de Brasil se sintió pequeño.
¿Qué importaba el dinero?
¿Qué importaba la casa o la reputación?
Lo que importaba era esa energía, esa verdad que Sele irradiaba.
Pero al mismo tiempo, el miedo volvía a filtrarse. Si Alexander lograba destruir esto, si lograba apagar esa voz a través de influencias y juicios… Elena nunca se lo perdonaría.
La canción terminó con un estruendo de distorsión que pareció hacer vibrar los cimientos del garaje.
Isaac soltó las baquetas, exhausto.
Verónica se secó el sudor de la frente con el antebrazo.
“Eso fue… jodidamente bueno.” dijo Isaac, rompiendo el silencio.
Sele se alejó del micrófono, todavía vibrando por la adrenalina. Y miró hacia la esquina donde estaba Elena.
Sus miradas se cruzaron, y en ese contacto silencioso, el conflicto sobre Alexander volvió a surgir.
Sele le estaba demostrando que no necesitaba las maniobras legales de Elena; ella tenía su propia arma.
“¿Qué opinas, profesora?” preguntó Sele, con una sonrisa desafiante.
Elena se puso en pie, acercándose al círculo de músicos.
“Opino que eres demasiado grande para esta ciudad, Sele.”
“Entonces ayúdame a salir de aquí.” respondió Sele, bajando la voz para que solo Elena la oyera.
La pelirrubia solo asintió lentamente. El dilema seguía allí, pero la resolución de Sele empezaba a contagiarla.
Salieron del garaje un par de horas después, cuando la noche ya había caído sobre la zona industrial. Mientras caminaban hacia el coche, Sele se detuvo y miró hacia el cielo, donde las luces de la ciudad ocultaban las estrellas.
“La audición es el viernes, Elena.” dijo Sele. “Es un sello de California. Si les gustamos, nos ofrecen un adelanto y una gira pequeña por la costa oeste… Podríamos irnos de verdad. Sin mirar atrás.”
“¿California?” Elena sintió un vértigo repentino. Su vida entera estaba aquí: su licencia, su familia, sus raíces.
“Es el paracaídas que estabas buscando, Day. No el dinero de Alexander, sino mi carrera… Si consigo ese contrato, no necesitaremos negociar migajas con él. Podremos simplemente desaparecer.”
Elena tomó aire, llenando sus pulmones con el olor a caucho quemado y salitre. California se sentía como otro planeta, pero al mirar a Sele, se dio cuenta de que realmente ya no había nada a lo que volver aquí.
“(Bien podría irme de todas formas.)” pensó Elena. “Entonces tienes que ganar esa audición.”
“¿Ganar?” pregunto Sele levantando una ceja pareciendo un poco ofendida. “yo y mis amigos vamos a arrasar esa audición.”
Se subieron al coche y regresaron a su, un poco mohoso, hogar.
Esa noche, mientras Sele dormía con la guitarra al pie de la cama y Elena repasaba los documentos de Alicia bajo la luz de la lámpara de mesa, el dilema moral empezó a transformarse en una estrategia de guerra.
Suspirando luego de un tiempo la pelirrubia cerró su computadora y observó a Sele. La dualidad de la joven, su fuerza en el escenario y su vulnerabilidad en el sueño, era lo que mantenía a Elena en pie.
“(Espero que todo vaya bien.)”
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