Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 71
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Capítulo 71: Capítulo 71
***
El aire acondicionado del edificio Eis & Associates zumbaba sin ruido alguno, un sonido estéril que parecía filtrar cualquier rastro de humanidad de la atmósfera.
Elena caminaba por el pasillo de hormigón pulido, escuchando el eco de sus propios tacones; un sonido rítmico, seco, que la pelirrubia no pudo evitar comparar con el de un soldado avanzando hacia una trinchera.
Llevaba puesto su traje más formal, aquel que Alexander siempre decía que la hacía parecer la esposa de un hombre de éxito, pero hoy no era solo un disfraz.
En su bolso, una unidad flash y el dossier físico con las capturas de pantalla de los movimientos en Sao Paulo pesaban más que cualquier otra cosa que hubiera cargado jamás.
Mientras el ascensor subía hacia el piso veintidós, la mente de Elena se escapó a kilómetros de allí, hacia aquel garaje reconvertido en estudio donde Sele debía estar conectando su Gibson.
Podía imaginarla: el sudor perlado en su frente, los dedos inquietos sobre las cuerdas, esa mirada de concentración absoluta que la hacía parecer invencible.
Era el viernes de la audición. El día que podría cambiar la vida de Sele para siempre. Y Elena estaba allí para asegurarse de que el rastro de Alexander no manchara ese futuro.
“La señora Eis está aquí.” anunció la secretaria con una voz mecánica, sin levantar la vista del monitor.
“(Ya no soy la señora Eis.)” pensó Elena para sí misma, aunque no se molestó en corregirla.
La puerta doble de caoba se abrió.
El despacho de Alexander era exactamente como lo recordaba: un santuario a la opulencia y al orden. Alexander estaba sentado tras su escritorio, con una copa de whisky en la mano a pesar de ser apenas mediodía. Y no parecía un hombre preocupado en lo más mínimo.
“Elena… Sabía que el hambre y la incomodidad te traerían de vuelta.” dijo Alexander, levantándose con una elegancia perezosa y una sonrisa de suficiencia insoportable. “He visto que has estado frecuentando moteles de mala muerte. ¿Cómo está el asfalto? ¿Ya has tenido suficiente de jugar a la bohemia con esa criatura?”
Elena no se sentó.
La pelirrubia se quedó de pie en el centro de la oficina, observándolo como un biólogo observa a un espécimen bajo el microscopio.
Pero es imagen no la afecto tanto como debería… ya no veía al hombre imponente que le quitaba el sueño; veía a un conjunto de inseguridades disfrazadas de seda italiana que tenía secretos que podían hundirlo con un solo toque.
“Vengo a hablar de negocios, Alexander.” dijo Elena, su voz sonando tan clara y fría que incluso él parpadeó, sorprendido.
“¿Negocios?” Alexander soltó una carcajada seca. “No tienes nada que negociar, Elena… El abogado de la junta me ha confirmado que tu despido será oficial hoy a las cinco… He congelado tus cuentas… Tus padres no te devuelven las llamadas… Estás terminada. Solo he dejado una puerta abierta: vuelve a casa, firma una confesión de inestabilidad mental para anular el escándalo y quizás, solo quizás, te asigne una pensión mínima para que no mueras de hambre.”
Elena dejó su bolso sobre la silla frente al escritorio y sacó el dossier de cuero negro. Lo puso sobre la caoba con un golpe sordo.
“Hablemos de Brasil, Alexander.”
El silencio que siguió fue absoluto. El mencionado se congeló con la copa a medio camino de los labios. Sus ojos, antes llenos de burla, se estrecharon, volviéndose dos rendijas de acero.
“No sé de qué estás hablando. Si es otro de tus delirios…”
“Hablemos de Eis-Brasil Consultoría.” continuó Elena, abriendo el dossier y deslizando la primera página. “Hablemos de los dos millones de dólares desviados el 28 de febrero. Mientras me decías que estabas en una conferencia, que estabas firmando esto.” Señaló la firma al pie de la página. “Es mi firma, Alexander. Pero yo no estaba allí… alguien ha hecho un análisis. La firma es digital, clonada de un contrato de 2017… Has cometido malversación de fondos de la firma de Chicago y fraude fiscal federal usando mi identidad como escudo.”
Alexander dejó la copa sobre la mesa con un ruido seco. El color había empezado a abandonar su rostro, dejando paso a una palidez grisácea.
“Eso es una fabricación… Nadie creería a una profesora despechada frente a mi historial.”
“Oh, no solo tengo los registros financieros.” dijo Elena, sintiendo una oleada de poder que nunca había experimentado. “Tengo los correos personales… incluso tengo las fotos de Paulo si las quieres.”
Alexander se desplomó en su silla, como si los hilos que sostenían su postura se hubieran cortado de repente. El nombre de su amante en Sao Paulo salió de los labios de Elena como una sentencia.
“¿Fotos?” susurró él.
“Fotos tuyas en el club privado… Fotos de los regalos de Cartier pagados con la cuenta conjunta que se suponía era nuestro fondo de pensiones… Alexander, si yo tengo una cláusula de moralidad por amar, tú tienes una cadena perpetua por robarle a tus socios y vivir una doble vida con su dinero… Si este dossier llega al FBI y a la oficina de Chicago, no solo perderás el trabajo… Perderás la libertad… años en una celda, Alexander. ¿Crees que sobrevivirías allí una semana?”
Alexander miró las fotos.
Sus manos empezaron a temblar, una vibración fina que no podía ocultar ni siquiera apretando los puños. La máscara del marido perfecto, del empresario implacable, se estaba cayendo a trozos en el suelo de su oficina de lujo.
Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, Sele estaría empezando los primeros acordes de su audición. A Elena le gustaba pensar que podía sentir la vibración de una guitarra imaginaria sonar en su propia sangre.
“(Hazlo por ella.)” se dijo. “(Rómpele el cuello a este monstruo por ella.)”
“¿Qué quieres?” preguntó Alexander, su voz ahora era un raspado apenas audible.
“Quiero mi libertad.” respondió Elena, sacando un documento que Marcos, su abogado, había redactado bajo las instrucciones de Madison. “Y la quiero ahora.”
Uno: un divorcio por diferencias irreconciliables, sin mención a infidelidades ni cláusulas de moralidad.
Dos: una transferencia inmediata de un millón de dólares a mi cuenta personal, junto a la mitad de lo que me has robado en estos años sin que me diera cuenta.
Tres: una carta dirigida a la junta y a Christina, redactada y firmada por ti ahora mismo, retirando todas las acusaciones contra mí y contra Sara Eleonor. Admitiendo total y absoluta culpa de falsificar cosas para complicar y arruinar la vida de tu aun esposa para fastidiarla por querer divorciarse de ti.
“Eso es… es demasiado.” Mascullo Alexander. “tu…”
“Te dejo tu libertad, Alexander… Te dejo tu estatus… Si firmas esto, yo destruyo la unidad flash junto a todas las copias… Seguirás siendo el gran Alexander Eis. Podrás seguir robando a tus socios si quieres, pero nunca volverás a mencionar el nombre de Sara ni el mío… Si mañana a esta hora no he recibido la notificación de la junta y la transferencia no está hecha, el FBI recibirá un paquete que no podrás detener.”
Alexander miró a Elena. Por primera vez en años, la veía de verdad.
“Te has vuelto una zorra implacable, Elena.” dijo él, con un rastro de amarga admiración.
“He tenido al mejor maestro.” replicó ella entregando una carta de divorcio que ya contaba con la firma de la pelirrubia. “Firma.”
Alexander tomó una pluma de oro de un costado, la misma con la que probablemente había firmado contratos a su conveniencia tantas veces, y firmó. Luego, bajo la mirada vigilante de Elena, redactó la carta para la escuela.
Elena tomó los documentos y los guardó en el dossier. Salió de la oficina sin mirar atrás, sin dedicarle ni un segundo más de su tiempo a la ruina de hombre que quedaba.
Al salir a la calle, el sol la golpeó de frente.
La Day caminó hacia su coche, sintiendo que pesaba diez kilos menos. Encendió el motor y condujo directamente hacia el bar donde esperaba que su pelinegra ya estuviera esperándola. Necesitaba saber si la otra mitad del plan, la mitad que dependía del talento y no de la extorsión, había funcionado.
Cuando llegó, encontró a Sele sentada en la acera, con la guitarra entre las piernas y la cabeza baja. Isaac y Verónica estaban cerca, cargando la furgoneta en silencio.
A Elena se le encogió el corazón. ¿Había fallado la audición?
Sele levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero no de tristeza. Había una intensidad eléctrica en su mirada que Elena reconoció de inmediato.
“¿Y bien?” preguntó Elena, arrodillándose frente a ella.
Sele soltó un suspiro largo, una liberación de tensión que pareció vaciarla por completo.
“Nos dieron el contrato, Day.” dijo Sele, y una sonrisa lenta, increíblemente hermosa, empezó a dibujarse en su rostro. “Nos quieren en Los Ángeles el mes que viene para empezar a grabar el EP. Un adelanto… la gira… es real.”
Elena soltó un grito ahogado y la abrazó, escondiendo la cara en su cuello.
“Lo logramos, Sele. Las dos.”
“¿Qué pasó con él?” preguntó Sele, separándose un poco para mirarla.
Elena le entregó la copia de la carta para la junta escolar. Sele la leyó rápido, sus ojos abriéndose de par en par al ver la firma de Alexander retirando los cargos y limpiando sus nombres.
“Eres una genio.” susurró Sele, besándola con una pasión que sabía a victoria.
“No soy una genio.” corrigió Elena, acariciándole el labio que ya estaba curado. “Soy una mujer que ha decidido que ya no quiere vivir en una jaula de oro… Mañana Christina recibirá esto. Tú te graduarás. Yo tendré mi licencia limpia. Y luego… luego nos iremos juntas.”
Esa noche, en la habitación del motel que ya no se sentía como un refugio de parias sino como una sala de espera hacia el futuro que Elena y Sele celebraron.
No hubo miedo al mirar por la ventana.
No hubo miedo a que el teléfono vibrara con una amenaza.
Alexander Eis estaba neutralizado por su propia codicia, y el Ogro era solo un mal recuerdo en una casa que Sele nunca volvería a pisar.
Elena observaba a Sele dormir, con la luz de la luna filtrándose por las cortinas baratas alumbrando su rostro resaltando sus rasgos.
“Dulces sueños… mi amor.” susurró Elena antes de cerrar los ojos.
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