Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 72
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Capítulo 72: Capítulo 72
***
Elena se despertó, con el corazón marcando un compás sereno, despojado del ritmo frenético de las últimas semanas. A su lado, Sele dormía con la respiración profunda del que finalmente ha soltado un peso que no le pertenecía.
La pelirrubia alargó la mano hacia la mesita de noche y tomó su celular.
No había llamadas perdidas, ni mensajes de odio… Había algo mucho mejor… una notificación de su aplicación bancaria.
El número de ceros en el saldo de su cuenta personal hizo que sus ojos se empañaran por un segundo.
Cinco minutos después, llegó el correo de su abogado.
El archivo adjunto contenía el convenio de divorcio firmado y sellado por un juez de guardia, procesado con una urgencia que solo el dinero y el pánico de Alexander podían comprar.
Junto a él, una copia de la carta enviada a la junta.
Elena se levantó en silencio, cuidando de no despertar a Sele, y salió a la pequeña ventana del motel. El aire frio sirvió mas para despertarla que los mismos rayos de sol.
La pelirrubia abrió el archivo de la carta. Alexander había cumplido palabra por palabra:
“Las imágenes proporcionadas anteriormente fueron obtenidas y manipuladas por un servicio de investigación privada con el fin de ejercer coacción en un proceso de divorcio contencioso.
Retiro formalmente toda acusación de conducta impropia contra la Profesora Elena Day y la estudiante Sara Eleonor…”
Era una capitulación total. Alexander Eis, el hombre que pretendía hundirla en la miseria, acababa de limpiar su nombre para salvar el suyo.
“Day…” la voz de Sele, ronca y soñolienta, llegó desde un rincón de la cama.
Elena suspiro y se sentó al borde de la cama, mostrándole la pantalla del celular. Sele se frotó los ojos, leyó y luego miró a Elena con una expresión de incredulidad absoluta.
“¿Es real?” preguntó Sele, sentándose de golpe. “¿Ya no somos delincuentes?”
“Somos libres, Sele… Alexander ha firmado todo. El dinero está en la cuenta y la junta ha recibido su retracción.”
Sele soltó una carcajada que terminó en un suspiro largo cuando se dejó caer de nuevo contra las almohadas, mirando al techo.
“No puedo creerlo… Ese tipo realmente se asustó.”
“Tenía motivos para estarlo.” respondió Elena, acariciándole el cabello. “Ahora, tenemos una cita… Christina quiere vernos en su oficina a las diez.”
***
El edificio se veía diferente bajo la luz metafórica de la victoria.
Ya no era un tribunal, sino simplemente un edificio de ladrillos que ni Sele o Elena sentía como suyo.
Ambas caminaron por los pasillos ignorando los susurros de los estudiantes.
Los rumores ahora corrían en la dirección opuesta: se hablaba de una demanda millonaria de la Profesora Day contra su exmarido y de cómo la institución había cometido un error garrafal.
En la oficina, Christina las esperaba con una expresión de alivio que intentaba aminorar y una pila de documentos sobre la mesa. No se veía al abogado de la junta por ninguna parte.
“Elena, Sara.” dijo Christina, señalando las sillas. “No hace falta decir que la junta está profundamente avergonzada por cómo se manejó este asunto… La carta del señor Eis aclara que fuimos víctimas de una manipulación externa.”
“Fuimos víctimas de su falta de confianza en mí, Christina.” corrigió Elena, manteniendo su tono gélido, pero guiñándole un ojo a su amiga. “nada más.”
Christina bajó la mirada, un poco avergonzada.
“Tienes razón. Por eso, quiero comunicarte que tu suspensión ha sido levantada con efecto inmediato. Tu puesto te espera, Elena. Y para ti, Sara…” se giró hacia la joven “la junta ha decidido que puedes reintegrarte a tus clases mañana mismo si quieres. Se te permitirá realizar los exámenes finales de forma privada para asegurar que te gradúes con honores el próximo mes. Es una oportunidad de oro para que dejes todo esto atrás y sigas con tu vida.”
Elena sintió una punzada de esperanza. Ver a Sele graduarse, verla tener ese momento que tanto le había costado ganar en una casa que la odiaba, era el cierre que ella había imaginado observar con ganas.
La pelirrubia se giró hacia Sele, esperando ver el alivio en su rostro. Pero la pelinegra no estaba sonriendo. Solo observaba los documentos de reincorporación sobre el escritorio de Christina como si fueran restos de una civilización muerta.
“¿Realizar mis exámenes?” preguntó Sele, su voz sonando extrañamente tranquila. “¿Volver a sentarme en un aula donde hace tres días todos me miraban como a un animal de circo?”
“Es por tu futuro, Sara.” insistió Christina. “Con tus notas, podrías entrar en cualquier universidad estatal. No dejes que este incidente arruine tu carrera académica.”
Sele se puso en pie lentamente. Se ajustó su chaqueta de cuero y miró a Christina directamente a los ojos.
“Mi futuro no está en estos pasillos, directora.” dijo Sele, y Elena sintió un vuelco en el corazón. “Mi futuro está en una furgoneta, con mi banda… Ayer firmé un contrato que me va a dar más educación de la que esta escuela podría ofrecerme en años… Agradezco la generosidad de la junta, pero rechazo la oferta. No voy a volver a estudiar aquí. No necesito su perdón o su permiso, porque no hice nada malo.”
“Sara, piénsalo bien…” comenzó Elena, pero se detuvo al ver la determinación en la mirada de la chica.
“Ya lo pensé, Day.” Sele le tomó la mano, entrelazando sus dedos frente a la directora. “Este lugar intentó echarme debajo del autobús para salvar su imagen. Intentaron hacerte lo mismo a ti… No voy a darles el gusto de ser su historia de éxito después de haberme escupido… Vámonos.”
Elena miró a Christina, quien parecía estar algo incomoda e indecisa por cómo proceder o pensando incluso si tenía lugar para interferir.
La pelirrubia dudo unos momentos pensando, pero termino suspirando y poniéndose del lado de su actual pareja.
“Tiene razón, Christina.” dijo Elena, levantándose. “Yo también rechazo mi puesto. Presentaré mi renuncia formal esta tarde… gracias por todo amiga mia… espero verte por ahí.” Se despido saliendo sin mirar atrás.
En el pasillo, Sele soltó un grito de júbilo que hizo que varios estudiantes se giraran en su dirección.
“¡A la mierda el estudio!” gritó Sele contenta, riendo. “¡Nos vamos a California, Elena! ¡De verdad nos vamos!”
***
Esa tarde, mientras Sele estaba en el garaje de Isaac organizando los detalles técnicos de la gira, Elena se quedó sola en un café apartado en las afueras de la ciudad.
Frente a ella tenía su computadora portátil.
Había cumplido su trato con Alexander.
No había ido al FBI.
No había filtrado la información a los socios de Chicago.
Había borrado la unidad flash principal frente a los abogados.
Formalmente, Alexander estaba a salvo de la ley por el momento hasta que alguien más lo descubriera.
Pero Elena simplemente no podía vivir el resto de su vida en California preguntándose si Alexander volvería a encontrar un detective, si volvería a intentar sabotear a Sele cuando el escándalo se enfriará o si decidiera deshacerse de ellas al pensar que ellas podrían volver a por él.
Por lo que la pelirrubia necesitaba un seguro de vida que no dependiera de convenios de divorcio.
“¿Estás segura de esto, Elena?” la voz de Madison sonó por el auricular conectado a su celular.
“Completamente… Alexander me enseñó que la moralidad es opcional cuando se trata de proteger lo más importante en tu vida… Yo solo estoy siguiendo su ejemplo.”
“¿Sabes quiénes son estas personas? Los inversores de Brasil que él estafó… no son banqueros educados… Son gente que no entiende de juicios por malversación… Son gente que resuelve sus deudas de una forma… definitiva.” Dijo Madison queriendo asegurarse.
“Lo sé.” respondió Elena un poco incomoda. “Alexander les robó. Los engaño presentándoles un plan formado por mentiras… Yo solo voy a enviarles un correo anónimo con los registros originales, los que demuestran que el dinero está en su cuenta privada en Caimán y las fotos de su club en Sao Paulo… No les pediré nada. Solo les daré la dirección de su oficina.”
“Si haces esto, Alexander no tendrá una segunda oportunidad… Nadie lo volverá a ver, Elena.”
Elena cerró los ojos un segundo.
Recordó el golpe de Alexander en la pared de la cocina.
Recordó el labio roto de Sele.
Recordó el miedo constante de ser descubierta.
“Él decidió su propio destino el día que falsificó mi firma para lavar su dinero… Yo solo voy a devolverle el paquete a su verdadero dueño.”
Con un clic definitivo, Elena envió el archivo encriptado a una dirección de contacto en Sao Paulo que Eugene había rastreado entre los acreedores más agresivos de la empresa pantalla.
Era el golpe de gracia. Alexander Eis no tendría un juicio. No tendría un escándalo público que dañara la imagen de Elena o de Sele… Simplemente desaparecería de sus vidas, perseguido por sombras que él mismo había alimentado con su codicia.
Elena apagó la computadora y suspiró. Se sentía extrañamente ligera. Había respetado su convenio con Alexander ante el mundo legal, pero se había asegurado de que nunca más pudiera ser una amenaza.
Salió del café y condujo hacia el garaje de la banda al mismo tiempo que descomponía computadora siguiendo los pasos que Eugene le dio para deshacerse de ella por seguridad.
Cuando llegó, Sele estaba cargando un amplificador pesado, sudando y riendo con Isaac. Al ver a Elena, la pelinegra dejó el equipo y corrió hacia ella, abrazándola por la cintura.
“¿Todo arreglado con los papeles?” preguntó Sele, besándola en la mejilla.
“Todo arreglado.” mintió Elena con una sonrisa perfecta. “Alexander ya es historia, Sele… No volverá a molestarnos nunca más. Te lo prometo.”
Sele la miró con adoración, sin sospechar por un segundo la oscuridad de la que Elena acababa de descender para asegurar su futuro.
En el mundo de Sele, la victoria era pura, nacida del talento y la rebeldía. Elena decidió que así se quedaría. Ella cargaría con el secreto de la caída de Alexander, mientras Sele se concentraba en el mundo de la música.
“Mañana salimos hacia el oeste.” dijo Sele, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a ponerse. “¿Estás lista para el viaje, profesora?”
Elena entrelazó sus dedos con los de Sele, sintiendo la firmeza de su mano.
“Estoy lista para todo, Sele… Siempre que sea contigo.”
Mientras las luces de la ciudad empezaban a encenderse, Elena Day observó por última vez la silueta de los edificios.
Sabía que, en algún lugar del centro, Alexander Eis probablemente estaría celebrando su “victoria” sobre ella con un whisky caro. No sabía que el reloj ya había empezado a descontar sus últimos minutos de tranquilidad.
Pero a Elena ya no le importaba. Su historia de amor ya no tenía paredes de cristal; ahora tenía carreteras infinitas y un cielo abierto que no pedía permiso a nadie.
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