Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 73
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Capítulo 73: Capítulo 73
***
El motor de la vieja furgoneta Ford de Isaac roncaba con una irregularidad que, a Elena, acostumbrada al silencio de su propio auto, le resultaba un poco… llamativo.
El vehículo olía a una mezcla inconfundible de tabaco, cables calientes, café derramado y ese aroma cítrico de Sele que parecía impregnarlo todo. Estaban dejando atrás los límites de la ciudad, viendo cómo los edificios de oficinas y los centros comerciales de lujo se transformaban en pantanos y vallas publicitarias descoloridas.
Elena se encontraba sentada en el asiento del copiloto, con un mapa de carreteras físico sobre las rodillas.
“¿Te arrepientes?” preguntó Sele sin apartar la vista de la carretera. Sus manos, firmes sobre el volante, lucían nuevos tatuajes que se había hecho para celebrar el contrato.
Elena miró por el espejo retrovisor. En la parte de atrás, Isaac y Verónica dormían sobre una montaña de sacos de dormir y estuches de guitarras. Eran su nueva familia, su compañía de exiliados.
“Me arrepiento de no haber tenido una furgoneta hace diez años.” respondió Elena, estirando la mano para acariciar la nuca de Sele. “Se siente como si por fin hubiera dejado de aguantar la respiración.”
Se detuvieron en una gasolinera a las afueras de la frontera.
Mientras los chicos bajaban a buscar comida chatarra, Elena y Sele se quedaron en la parte trasera de la furgoneta, rodeadas de amplificadores.
El espacio era minúsculo, apenas iluminado por la luz amarillenta de los postes de la estación, pero en esa estrechez, la intimidad estalló con una urgencia nueva.
Elena rodeó el cuello de Sele, atrayéndola hacia un beso. Las manos de Sele bajaron por la espalda de Elena, reconociendo cada curva bajo su blusa, una prenda que ahora parecía un disfraz de otra vida.
“Eres la manager más sexy.” susurró Sele contra sus labios, su respiración agitada llenando el pequeño habitáculo. “Me pone eufórica verte aquí, en medio de todo este desastre, y saber que eres mía.”
“No soy solo tu manager, Sele… Soy tu cómplice.” corrigió Elena, dejando que Sele la recostara sobre un estuche de bajo acolchado.
En ese momento, entre el olor a gasolina y el ruido lejano de los camiones, Elena comprendió que su “armadura” no se había roto; simplemente se había convertido en algo mucho más cómodo y seguro… algo que parecía responder a la piel de Sele contra la suya.
***
La primera parada de la gira fue un bar de moteros en el norte de Florida, un lugar llamado The Iron Best donde el suelo estaba pegajoso y el escenario era apenas un palé de madera reforzado. Elena estaba de pie al fondo del local, con una cerveza barata en la mano, observando cómo Sele conectaba su Gibson.
Vio a hombres con chaquetas de cuero y barbas canosas mirar a Sele con curiosidad maliciosa. Elena sintió una punzada de protección, pero antes de que pudiera hacer algo vio a Sele ajustar el micrófono.
Cuando la pelinegra empezó a cantar, el bar se quedó en silencio. Su voz, ronca, cortaba el humo del tabaco del lugar como un cuchillo caliente.
Elena observaba cada movimiento de Sele: la forma en que cerraba los ojos en los solos, la manera en que su cuerpo vibraba con la distorsión del sonido que salía por los parlantes.
“Es buena.” dijo un hombre a su lado, asintiendo con respeto. “Tiene algo… salvaje.”
“Es la mejor.” respondió Elena, y por primera vez, no sintió que estaba elogiando a una alumna, sino a la artista que siempre debió ser.
Al terminar el concierto, Sele bajó del escenario sudada y eufórica. Ignoró a los que querían invitarla a una copa y fue directamente hacia Elena.
“¿Cómo estuve, profesora?” preguntó Sele, con esa sonrisa desafiante que siempre hacía que a Elena se le doblaran las rodillas.
Elena tomó un pañuelo de su bolso y le secó el sudor de la frente. Luego, ignorando a la multitud, se inclinó y la besó frente a todos.
“Estuviste perfecta.” susurró Elena cuando termino. “No vuelvas a preguntarme eso.”
Esa noche, durmieron en un motel de veinte dólares la hora. Pero mientras Sele tocaba acordes suaves en la cama y Elena repasaba la contabilidad de la gira en su laptop… ninguna lo cambiara por nada.
***
Llegaron a Georgia bajo una lluvia torrencial.
La furgoneta se convirtió en su refugio momentáneo mientras esperaban a que el clima aclarara para el siguiente concierto.
Elena y Sele se quedaron solas en la parte trasera mientras Isaac y Verónica entraban en una lavandería intentando limpiar el vómito del primero, resultado de su momento de debilidad luego unas cuantas copas de más, de sus prendas.
El sonido de la lluvia sobre el techo de metal era ensordecedor, creando una burbuja de aislamiento absoluto.
Sele estaba sentada con las piernas cruzadas, ajustando los pedales de efectos, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia Elena, que intentaba leer un libro bajo la tenue luz de una linterna.
“Deja de leer.” ordenó Sele con voz suave.
Elena levantó la vista, sonriendo de lado.
“¿Y qué sugieres que haga?”
Sele se acercó gateando sobre la alfombra raída de la furgoneta. Tomó el libro de las manos de Elena y lo lanzó hacia los asientos delanteros.
“Quiero que me estudies a mí en su lugar.” susurró Sele, guiando las manos de Elena hacia su propio cuerpo. “Dijiste que la biología es la ciencia de la vida… Enséñame a vivir, Elena.”
En la penumbra, Elena exploró a Sele con una devoción que rozaba lo religioso.
Sus dedos trazaron la línea de sus cicatrices, el mapa de su identidad intersexual, la firmeza de sus músculos. Dejando una que otra marca.
Sele respondió con una entrega total, dejando que Elena la guiara, la marcara y la poseyera en ese espacio que olía a cables y a lluvia.
Hicieron el amor con una calma que no habían tenido en el motel de Florida. Aquí, en movimiento, sin dirección fija, el sexo se sentía como una conversación sin mentiras.
Elena lloró silenciosamente de felicidad, y Sele le secó las lágrimas con besos, prometiéndole con cada roce que el mundo de cristal nunca volvería a cerrarse sobre ellas.
***
Elena descubrió que su mente analítica era sorprendentemente útil para la logística de una banda de rock.
Mientras Sele ensayaba o dormía, Elena organizaba las camisetas, hablaba con los promotores de los locales y llevaba un registro meticuloso de cada dólar.
Era un trabajo rutinario que de vez en cuando cansaba un poco a la pelirrubia, pero la Day se sentía más útil vendiendo camisetas en un costado que simplemente dejarse llevar mientras servía como red de seguridad de último momento por si algo salía mal o surgía alguna emergencia.
“Eres demasiado buena en esto.” le dijo Verónica una tarde, mientras ambas doblaban sudaderas con el logo de la banda en unas cajas de cartón. “Alexander perdió a la mejor socia que podría haber tenido.”
“Alexander quería una decoración, no una socia.” respondió Elena, tomando un cartel garabateado. “Sele me deja ser parte como una igual que no solo puede seguirle el ritmo sino también superarla en ciertos temas… Eso es lo que él nunca entendió.”
Esa misma tarde, momentos antes del concierto, Elena encontró a Sele sentada en las escaleras traseras del local, mirando hacia un callejón lleno de grafitis. La pelinegra parecía algo abrumada.
“¿Estás bien?” preguntó Elena, sentándose a su lado.
“A veces me asusta.” confesó Sele, apoyando la cabeza en el hombro de Elena. “Me asusta que todo esto dependa de que yo no me rompa. Si mi voz falla, si mi guitarra se quiebra… volvemos al principio.”
Elena le tomó la mano, entrelazando sus dedos.
“No volveremos al principio, Sele… Porque, aunque todo el ruido se detenga, yo seguiré aquí… Y no estoy aquí por la banda, ni por California… Estoy aquí por ti.”
Sele la miró, y en ese momento, Elena vio a la chica vulnerable que se escondía tras la armadura.
La pelirrubia no pudo evitar besarla con una ternura que pareció detener el tiempo, una promesa silenciosa de que su apoyo no dependía del éxito, sino de su compañía.
***
Era noche de prueba de sonido en un club subterráneo de Nashville.
El lugar estaba vacío, salvo por el técnico de sonido que estaba más dormido que despierto en la cabina y Elena, que revisaba los cables en el escenario.
Isaac y Verónica habían ido a buscar comida, dejando a las dos bajo los focos de colores.
Sele se colgó su guitarra acústica, algo que rara vez hacía en público. Se sentó en un taburete alto y empezó a rasguear una melodía que Elena no reconoció. Era suave, melancólica, muy alejada del punk agresivo de la banda.
“Escribí esto anoche.” dijo Sele, mirando a Elena a través del humo artificial que todavía flotaba en el aire de la prueba de sonido anterior. “Mientras tú dormías y el camión de al lado no dejaba de hacer ruido.”
Sele empezó a cantar.
No era una canción para un sello discográfico, ni para una gira. Era una carta de amor cruda hecha canción. Hablaba de una mujer que vivía entre paredes blancas y de cómo el mundo se volvió de colores cuando ella decidió saltar al vacío.
Elena se quedó inmóvil, con un cable en la mano, sintiendo que el corazón se le ensanchaba hasta doler.
Escuchar su propia historia transformada en música por la persona que amaba era la forma definitiva de validación.
Al terminar la canción, en el silencio. Sele dejó la guitarra a un lado y caminó hacia el borde del escenario, extendiendo la mano hacia Elena.
“¿Te gustó?” preguntó Sele con timidez.
Elena subió al escenario y la rodeó con sus brazos, besándola con una intensidad que casi las hizo caer a ambas.
“Es la cosa más hermosa que me han dado nunca.” susurró Elena. “Gracias por verme, Sele.”
“Gracias por dejarte ver Day.” respondió Sele.
Esa noche, antes de salir a tocar para una multitud de extraños, Elena lo supo.
Ya no estaba huyendo de Alexander. Estaba corriendo hacia su propia vida. Y mientras Sele gritaba el primer verso de su concierto, Elena, desde la sombra, sonrió.
El mundo de cristal estaba roto, pero el sonido de los fragmentos bajo sus pies era la música más dulce que había escuchado jamás.
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