Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 *** La luz del sol se filtraba cruelmente a través de las cortinas que no habían cerrado del todo la noche anterior.
El rayo golpeó directamente los párpados de Elena, sacándola de un sueño profundo extrañamente relajada y plena.
La mujer se removió un poco incomoda entrecerrando los parpados un poco mientras intentaba acostumbrarse al nuevo estimulo, solo para luego estirar los brazos sintiendo un dolor sordo pero agradable en los músculos.
Por un segundo, solo un segundo, pensó que era un día normal.
Otra mañana de la aburrida rutina llena de decepciones, donde día tras día hacia su papel de esposa acompañante de eventos y que aprendió a ser una anfitriona perfecta.
Pero entonces su mano golpeó piel suave y caliente.
No la sábana fría del lado vacío de la cama.
Piel tersa que contenía una engañosa fuerza.
Elena abrió los ojos de golpe, perdiendo todo rastro de sueño, sentándose en la cama con el corazón disparado, sujetando la sábana contra su pecho como un escudo para cubrir su desnudes.
A su lado, completamente desnuda y durmiendo boca abajo con la tranquilidad de una santa, estaba Sele.
El edredón cubría apenas la mitad de su cuerpo, dejando al descubierto su espalda tatuada y la curva de su cadera.
Las memorias de la noche anterior la golpearon como un tren de carga.
El bar… los tequilas…
el coche… la puerta… la noche de sexo intenso.
“Dios mío… no.” susurró la pelirrubia, llevándose la mano a la cabeza.
¿Cómo había podido hacer eso?
Elena, la profesora responsable.
Elena, la esposa fiel.
Se había dejado llevar por un momento de debilidad y el deseo como una adolescente hormonal.
Comportándose de un modo totalmente irresponsable, imprudente, un comportamiento que huía de todos sus patrones, de todo su carácter construido durante años.
Miró el reloj en la mesita de noche, el cual daba las siete y media.
Alexander no se lo merecía.
Bueno, tal vez sí se lo merecía, pensó una parte oscura de su mente, pero su matrimonio… años de dedicación a la basura por una noche de lujuria… una noche maravillosa y hermosa.
“Mierda, mierda, mierda.” murmuró, sintiendo que empezaba a hiperventilar.
“Buenos días.” la voz sonó bajita a un costado, rasposa por el sueño, pero con un pico innegable de alegría que detuvo en seco su colapso nervioso antes de que terminara de formarse.
Elena giró la cabeza lentamente confirmando lo que ya sabía.
Sele estaba despierta.
La misma se había dado la vuelta y ahora la miraba con una sonrisa perezosa, sin siquiera intentar cubrirse en lo más mínimo, apoyando la cabeza en su mano.
Sus ojos negros brillaban, divertidos ante el pánico evidente de la profesora.
“B-Buenos días.” tartamudeó Elena.
La Day tragó saliva cuando su mirada, traicionera, bajó instintivamente.
El edredón se había movido con el giro de Sele, y ahora era evidente, muy evidente, la reacción matutina del cuerpo de la joven marcándola más.
Elena sintió que la cara le ardía.
Todavía sin saber o poder creer que todo eso logro caber dentro de ella de alguna forma.
“S… Sele, yo creo que es mejor que te vayas a casa…” dijo Elena, apenas respirando.
Estaba sudando frío… ¿O era por el calor?
“¿Irme?
¿A dónde?” Sele bostezó y se estiró como un gato, haciendo que los músculos de sus brazos se tensaran.
Poniendo una sonrisa maliciosa cuando notó hacia dónde miraba Elena.
“¿Tan pronto?” “Sí, ahora… De inmediato.” Elena intentó sonar autoritaria, pero su voz temblaba a su pesar.
“(contrólate mujer… ya no tienes alcohol en tu sistema para echarle la culpa.)” Sele soltó una risita y se sentó mejor en la cama, haciendo que el edredón cayera más revelando aun más de su cintura.
“¿Por qué tanta prisa?” preguntó Sele, inclinándose hacia ella.
“Anoche no parecías tener ninguna prisa, Elena…
De hecho, recuerdo que me pediste que no me detuviera.” “Eso fue… el alcohol.
Fue un error.” se defendió Elena, aunque no podía dejar de mirar el movimiento del pecho de Sele al respirar.
“un error que ambas cometimos, pero un error.” “¿Un error?” Sele arqueó una ceja, desafiante.
Para luego moverse, acercándose más, arrastrándose sobre el colchón hasta acorralar a Elena contra el cabecero cuando la misma retrocedió como respuesta a su acercamiento.
“¿podrías por lo menos ayudarme con este problema matutino antes de echarme?
Siempre es molesto despertar así, pero con alguien para ayudar… es mucho mejor.” “Y-Yo todavía creo que es mejor que te vayas.” susurró Elena, pero no hiso esfuerzo alguno por apartarse.
“(¿Por qué no puedo moverme?)” pensó mientras se mordía el labio inferior, hipnotizada.
“Tú realmente pareces querer que me vaya, ¿verdad?” Sele susurró, rozando sus labios contra la oreja de Elena.
Antes de que Elena pudiera formular una respuesta coherente, sintió la mano de Sele deslizarse bajo la sábana que la cubría, encontrando el camino entre sus muslos con una familiaridad pasmosa.
“Porque tu cuerpo me está diciendo algo muy diferente, profesora.” murmuró Sele antes de capturar sus labios en un beso que borró cualquier rastro de arrepentimiento.
Elena intentó sostener el último vestigio de su dignidad, pero el contacto de los labios de la pelinegra con los suyos desmanteló su resistencia en segundos.
Sus manos, que hasta hace un momento apretaban la sábana con fuerza defensiva, terminaron enredándose involuntariamente en el cabello de la joven, atrayéndola más, borrando el espacio que el sentido común exigía.
Sele se separó apenas unos centímetros, lo justo para que sus alientos se mezclaran.
Su expresión era una mezcla de triunfo y deseo puro.
“Dime que me detenga ahora.” desafió Sele en un susurro vibrante, mientras su mano bajo las mantas iniciaba un ritmo pausado, una tortura deliciosa que obligó a Elena a arquear la espalda.
“Di que esto es un error una vez más y me levanto ahora mismo.” Elena abrió la boca para articular la mentira necesaria, pero solo salió un suspiro entrecortado.
El contraste era demasiado violento: la frialdad de su matrimonio frente al fuego abrasador de esta mujer que parecía leer sus carencias como si fueran un libro abierto sabiendo lo que realmente quería aun cuando intentaba negarlo u ocultarlo.
La profesora responsable estaba perdiendo la batalla contra la mujer que llevaba años sedienta de sentirse viva.
“No puedo…
no puedo hacerlo.” logró articular finalmente Elena, aunque no especificó si se refería a detenerla o a seguir fingiendo.
Sele no necesitó más.
La culpa seguía allí, acechando en las esquinas de su mente, pero el placer era un ruido blanco que lo ensordecía todo.
Cuando el clímax finalmente las alcanzó, no hubo palabras, solo el sonido de respiraciones agitadas y el latido desbocado de dos corazones que, por un instante, olvidaron sus diferencias y parecieron latir al mismo ritmo.
Elena se hundió de nuevo en el colchón, exhausta y con el alma dividida.
Sabía que, al cruzar esa puerta, el desastre la estaría esperando, pero mientras Sele se acurrucaba contra su pecho, supo con terrorífica certeza que el error más grande no había sido la noche anterior, sino desear que esta mañana no terminara nunca.
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