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Anudada por los tres licántropos locos - Capítulo 36

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  3. Capítulo 36 - 36 Bebé de carga
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36: Bebé de carga 36: Bebé de carga ~Bruno~
Jugueteo con el cuello rígido de mi camisa y me aclaro la garganta, captando una vez más la atención de los trabajadores del orfanato.

Por lo menos, se callaron la puta boca a tiempo para que yo hablara.

—Ya me voy.

Cuídenlo como si fuera su propio hijo.

—Subo los desmoronados escalones de piedra de dos en dos hasta llegar a las grandes puertas de roble adornadas con marfil.

Luego, me paso las manos por la parte delantera de mi traje oscuro y levanto la mano para abrir la puerta.

Sin embargo, mis nudillos apenas tienen la oportunidad de tocar la puerta cuando el escalofriante llanto del Bebé B resuena de nuevo en mis oídos.

Por cierto, la B es de «carga».

Se lo ha ganado.

No estoy seguro de que ese pequeño tenga menos de tres años.

Se quedó callado cuando lo dejé en manos de las cuidadoras del orfanato hasta el preciso instante en que me dispongo a marchar.

¿Cómo demonios supo que estaba en la puta puerta?

Que Cristo salve a Lucian.

No debería haber contestado a esa llamada esa noche; ahora estoy atrapado entre ser un Niñero y ser un líder de la manada.

Tendré que ignorarlo ahora.

No, no lo harás.

Es solo un niño.

Si lo ignoras, no serás mejor que Sucre y sabes cuánto tiempo llevas quejándote de que te abandonara.

Ve a recoger a tu pequeño.

—Cállate la puta boca, Cane.

No te he pedido tu maldita opinión.

Dime, ¿cómo crío a un niño que no es mío cuando ni siquiera quiero tener uno propio?

Tienes que resolverlo tú, colega.

Sabes que Grace podría ser de ayuda.

—El padre de ella le hizo daño a mi hermana.

¿Y por qué hiciste eso en la boda?

Nunca te pedí que tomaras el control y defendieras a tu compañera.

Ni siquiera puedo recordar todo lo que me hiciste hacer ese día, pero parece que querías ganártela desesperadamente.

Quiero ganármela…

Pero, ¿adivina quién es el que está obsesionado?

Estás deseando deshacerte de tu bebé de acogida solo para estar con la manada esta noche.

Para que ella no piense que eres un padre soltero y así tener más posibilidades de caminar a su lado.

¿Verdad?

Si quieres seguir mintiéndote a ti mismo y decir que esa humana no ha capturado tu fantasía de alguna manera, pues que así sea.

Pero ella es mi compañera, Bruno.

No voy a dejar que ustedes me quiten lo que es mío solo por tu egoísmo.

—Obsesión mis cojones.

Deja de quemarme el cuerpo con tu ira, bicho raro —lo maldigo, y no vuelve a responder.

Puede que yo sea irascible, pero ese animal dentro de mí está templado a fuego, o incluso en llamas.

Me quedo un momento frente a la puerta de entrada, con una mano levantada, decidiendo si debo volver a entrar y llevarme al Bebé B o no.

Me recuerdo conscientemente que he negociado tratados de paz entre manadas rivales.

Una vez convencí a un Licano renegado que estaba desesperado por morir para que encontrara un propósito para vivir.

Si pude hacer todo eso y mucho más, puedo lidiar con un niño testarudo.

Los gritos cesan en cuanto retrocedo sobre mis pasos.

Miro dentro de la habitación donde lo dejé.

Está sentado en el centro de lo que parece haber sido una cuna hace unos minutos —ahora descrito con más precisión como la escena de un crimen—, con una cuchara de madera en un puño y una expresión de absoluta autoridad soberana en su pequeña cara manchada de lágrimas.

Lleva puesto un calcetín.

El otro calcetín está en el alféizar de la ventana.

No pregunto cómo cojones llegó hasta ahí.

Me mira fijamente.

Lo miro fijamente.

De alguna manera ha hecho que tres lobos adultos se arrodillen a su lado solo para evitar que llore y, a cambio, ha usado sus cabezas para una lección de percusión.

Resoplo.

—Hola.

El Bebé B lo considera.

Luego me tiende la cuchara de madera.

La cojo.

Parece lo correcto.

Me observa mientras me agacho a su altura.

Sus ojos —inquietantemente agudos para alguien que todavía tropieza con sus propios pies— siguen cada uno de mis movimientos con la intensidad concentrada de un general que evalúa a la nueva infantería.

Entonces, sin previo aviso, agarra un puñado de mi corbata, tira de ella hacia su boca y la muerde.

—Eso —digo en voz baja, para nadie en particular—, es una corbata de cuatro mil dólares.

¡Solo disponible en subasta!

Al niño no le importa.

Nunca le ha importado nada en su vida, excepto la cuchara de madera, que ahora, al parecer, quiere de vuelta, porque suelta mi corbata y la busca con ambas manos, abriendo y cerrando los puños con la expectativa imperiosa de alguien a quien nunca le han dicho que no.

Se la devuelvo.

La golpea contra el suelo dos veces, me mira, y luego —sin justificación alguna— se ríe.

Es una risa ridícula.

Pura encías y hoyuelos.

—¿Ves?

Hasta el niño está obsesionado con ella.

Esa fue la cuchara que Grace le dio una vez.

Ahora no la suelta —se jacta Cane de su compañera.

Algo en mi pecho arde como si estuviera desatando su ira.

—Y bien…

—dice—.

Niñero.

Estamos pensando…

—se burla de mí con todo el entusiasmo que puede reunir.

—Lárgate, Cane.

Oblígame.

—Eres un capullo insufrible.

Consigo esbozar una pequeña sonrisa ante el niño, cuya atención se centra ahora en cómo trepar por mí y obligarme a cogerlo en brazos.

—No puedes venir conmigo esta noche —digo.

Suena más a una explicación de lo que pretendía.

Yo no le doy explicaciones a nadie.

Ciertamente no a un niño que pesa menos que una bolsa de comida para perros y solo tiene un calcetín—.

Hay cosas que tengo que resolver.

Gente.

No es…, no es un lugar para ti.

Ladea la cabeza.

—No me mires así.

Pero el crío sigue mirándome así.

E incluso con más intensidad.

Me paso una mano por la cara.

Ya debería estar en camino.

Debería estar en la puerta de la casa de la manada de Río Fox en lugar de agachado en un suelo astillado, negociando con un crío que en su corta y caótica vida jamás le ha concedido nada a nadie.

Exhalo por la nariz.

Punto para él.

Sus adorables y lastimeros ojos han ganado.

—Tú —digo, señalándolo—, te vas a portar bien.

Parpadea.

—Nada de gritos.

Nada de tamborilear en la cabeza de nadie.

Nada de redistribuir tus calcetines a lugares a los que no pertenecen.

Vas a ser un niño bueno y a portarte bien, ¿entendido?

Lo considera con la seriedad de alguien que revisa los términos de un tratado.

Luego vuelve a tenderme la cuchara.

Lo tomo como un sí.

Me guardo la cuchara en el bolsillo del pecho, de donde sobresale en un ángulo que probablemente me cuesta lo que quedaba de mi aura.

Mira la cuchara.

Me mira a mí.

Una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro.

Lo cojo en brazos de todos modos.

Agarra mi solapa con un puño y esconde la cabeza bajo mi barbilla con facilidad.

—Niñero Bruno.

—Cane se ríe tan fuerte que lo siento en las muelas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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