Apocalipsis: Rey de los Zombies - Capítulo 527
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Capítulo 527: Maldita mujer…
—Esto…
Todos se miraron entre sí, dubitativos e inseguros.
Los ojos de Lucien se entrecerraron, y su voz se alzó con furia. —¿Osáis desafiar mis órdenes? ¿Estáis intentando rebelaros?
Justo en ese momento, Oliver se abrió paso entre la multitud.
—¡No lo escuchéis! —gritó—. ¡Este supuesto Alcalde Lucien es en realidad un vampiro…, un monstruo! ¡No os está protegiendo, os está criando! Todo este santuario de los «Terrenos Benditos» es una mentira. ¡Solo quiere manteneros encerrados como si fuerais ganado para alimentarse de vuestra sangre para siempre!
Una onda recorrió a la multitud. Unas pocas personas parecían conmocionadas, incluso horrorizadas…, pero la mayoría se quedó ahí, con la cara inexpresiva, y sus miradas teñidas de un resentimiento silencioso.
Nadie se movió.
—¿Eh? —Oliver miró a su alrededor, confuso. Esperaba un alboroto, pánico, tal vez incluso una revuelta. Pero, en cambio, la multitud solo le devolvía la mirada, impasible.
—¿No estáis sorprendidos? —preguntó, cambiando de idioma, tratando de llegar a ellos—. ¡Vamos! ¡Deberíamos estar unidos, contraatacando!
Aun así, la gente no se inmutó. Se miraban entre ellos y luego a él, como si esperaran que alguien más diera el primer paso.
Oliver frunció el ceño. ¿Habré cometido un error gramatical en uno de los dieciséis idiomas que conozco? ¿No han entendido lo que estaba diciendo?
En ese instante, un hombre mayor —claramente un sirviente del castillo, con sus ropas polvorientas y gastadas— dio un paso al frente.
—Hemos vivido aquí el tiempo suficiente —dijo el anciano, con voz ronca—. ¿Crees que no sabemos lo que son? Por supuesto que sí. Pero ¿qué otra opción tenemos? Solo queremos sobrevivir.
—Tú… Yo… —Oliver se quedó sin palabras.
Los labios de Lucien se curvaron en una sonrisa de suficiencia. Verlos someterse a su poder siempre le producía una cierta satisfacción.
Pero entonces…
Una katana cortó el aire con un silbido agudo y, en un abrir y cerrar de ojos, la cabeza del anciano fue cercenada limpiamente de sus hombros.
La sangre salpicó. Se oyeron jadeos de sorpresa.
Mia estaba de pie junto al cadáver, con su katana Colmillo Estelar goteando carmesí.
—¿Para qué perder el tiempo hablando? —dijo con frialdad—. Una vez que derrotemos a los vampiros, se alinearán.
—Espera…, ¿en serio? —Oliver se rascó la cabeza, todavía intentando procesarlo todo.
Sin decir una palabra más, Mia cargó directamente contra Lucien, con su hoja brillando como una estrella fugaz.
Lucien frunció el ceño.
¿Ni siquiera pudo vencer al Rey Zombi y ahora un humano se atrevía a desafiarlo?
—¡Estás muerta!
Se abalanzó, su cuerpo desdibujándose por la velocidad, con los dedos curvados en garras de hierro apuntando directamente a la hoja que se acercaba.
¡CLANG!
En el momento en que sus armas chocaron, un timbre metálico resonó en el aire.
Los ojos de Lucien se entrecerraron. Los vampiros —especialmente los de clase S y superior— tenían cuerpos más resistentes que el acero. Sus huesos eran más densos que la mayoría de las aleaciones. Las armas humanas solían partirse como ramitas contra ellos.
Pero esta vez, sus garras se agrietaron. La sangre brotó de las yemas de sus dedos.
—What the hell is that sword? —gruñó en un inglés chapurreado.
—Matapuercos —respondió Mia con indiferencia…, y volvió a lanzar un tajo.
Lucien no se atrevió a bloquearlo de frente. Lo esquivó, retrocediendo, pero Mia siguió presionando, cada vez más rápido.
Entonces…, un limpio golpe en diagonal.
La hoja le atravesó el hombro, cortando en diagonal su pecho. Su abrigo se rasgó y la sangre se derramó.
Pero los vampiros se curaban rápido.
Lucien bajó la vista. En un instante, la herida se cerró por completo: lisa, sin cicatrices, como si nunca hubiera estado allí.
—No puedes matarme —se burló.
—Entonces te haré picadillo —dijo Mia, con voz tranquila, casi aburrida—. Veamos si te recuperas de eso.
Desapareció en un borrón, su katana cortando el aire, cada golpe dirigido a su cabeza: rápidos, implacables, mortales.
Si fuera un arma cualquiera, Lucien no se habría inmutado.
Pero el Colmillo Estelar era diferente. Su filo era más duro que su cráneo. No podía permitirse recibir ni un solo golpe.
Así que siguió retrocediendo, esquivando, paso a paso.
Lucien echaba humo por dentro. Había pensado que la única amenaza era el Rey Zombi, pero ahora había un humano, y no uno cualquiera, sino uno que luchaba como un maldito demonio.
Esta… esta realmente no era una pelea que pudiera ganar.
—Vosotros, los humanos —escupió con amargura—, ¿os ponéis del lado del Rey Zombi? ¿En qué se diferencia eso de los humanos que yo controlo?
—Oh, hay una gran diferencia —replicó Mia sin dudar.
Lucien entrecerró los ojos. —¿Y cuál sería esa diferencia?
—Él es más fuerte que tú —dijo ella con naturalidad, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
—Tú… —Lucien se atragantó con sus palabras, reducido a un silencio atónito. Sintió como si acabara de tragarse un puñado de cristales.
Instintivamente, miró hacia donde luchaba Ethan… y se congeló al instante.
Lo que vio le heló la sangre.
El suelo alrededor de Ethan estaba sembrado de cadáveres de vampiros destrozados, la sangre formando arroyos que corrían como un río carmesí. Como no valía la pena cosechar a los vampiros, Ethan no se había molestado en contenerse. Se estaba desatando por completo.
Por donde pasaba el Dominio de los Muertos, los vampiros eran triturados como trigo bajo una guadaña, sus cuerpos despedazados, con carne y huesos volando por los aires.
De la fuerza de mil vampiros que Lucien había traído, más de la mitad ya estaban muertos.
—Demasiado pocos… —murmuró Ethan para sí, casi decepcionado.
Para Lucien, era una pesadilla en vida. En solo unos minutos, su ejército había sido diezmado. ¿Y la peor parte? Ethan parecía no haber terminado todavía, como si apenas estuviera calentando.
—Es un demonio… un puto demonio…
Entonces se dio cuenta.
Este tipo no luchaba por sobrevivir. Lo estaba disfrutando.
Quizá desde el principio, Ethan ni siquiera había visto a Lucien como una amenaza.
Los pensamientos de Lucien fueron interrumpidos por un agudo silbido en el aire: algo lo cortaba a gran velocidad.
No tuvo tiempo de pensar. Levantó el brazo para bloquear.
¡SHIIK!
El metal chirrió contra el hueso. Un dolor agudo le estalló en el antebrazo.
Sus ojos se abrieron de par en par con horror: su brazo había sido casi cercenado, el hueso completamente partido, colgando de un jirón de piel.
¡BAM!
Mia continuó con una patada brutal en su pecho.
El impacto envió a Lucien a volar hacia atrás como un muñeco de trapo. Se estrelló contra un gallinero de madera, y la estructura se derrumbó sobre él en un montón de tablas astilladas.
Mia no lo persiguió. En su lugar, giró la katana en sus manos, admirándola con una sonrisa de satisfacción.
—Esta hoja es increíble —dijo, claramente complacida.
Bajo los escombros, Lucien se retorció, con los labios curvados por la rabia.
Uno de ellos masacraba a su gente por diversión. La otra lo usaba para probar su arma.
¿Ya no quedaba justicia en el mundo?
Y entonces…, estallaron gritos por todas partes.
Los humanos, antes dóciles y quebrantados, ahora se estaban levantando. Avanzaron en masa, cargando contra los vampiros dispersos con armas improvisadas y espadas robadas.
Las tornas habían cambiado.
Con la mayoría de los vampiros muertos y Lucien herido, la ilusión de invencibilidad se hizo añicos. Los humanos vieron su oportunidad y la aprovecharon.
Contraatacaron, masacrando a los vampiros restantes con furia pura.
Oliver estaba entre ellos, observando cómo se desarrollaba el caos. El miedo había desaparecido de sus ojos, reemplazado por fuego y venganza.
Y de repente, las palabras de Mia cobraron perfecto sentido.
«Quien gane… lo seguirán».
Entre los escombros, Lucien gimió, apartando las tablas rotas de su cuerpo mientras luchaba por ponerse en pie.
—Maldita mujer… —gruñó, con su brazo amputado colgando inútilmente a su lado.
Se tambaleó, apenas capaz de mantenerse en pie, cuando vislumbró algo blanco por el rabillo del ojo.
Una figura con túnicas pálidas había aparecido a su lado, silenciosa e inmóvil.
—¿Qué…?
Lucien se quedó helado.
Entonces giró la cabeza hacia el otro lado y vio a Mia acercándose, con su katana reluciente, sus pasos lentos y deliberados.
Lo tenían rodeado.
…
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