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ARANOR - Capítulo 11

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11: Despertar 11: Despertar Despertó sobre la hierba húmeda.

No sentía frío.

La temperatura era agradable a pesar de ser de noche.

Lo primero que descubrió fue el titilar de algunas estrellas.

Tardó unos minutos en darse cuenta de lo que había sucedido, luego intentó incorporarse; la visibilidad era muy escasa.

Se sentía algo mareado y descompuesto por el paso a través del portal.

Decidió volver a recostarse, descansar y aguardar el alba.

Se durmió sobre un mullido colchón de hierba fresca, cautivado por las estrellas que parecían saludar su llegada al Nuevo Mundo.

Los primeros rayos del sol despuntaron y comenzaron a filtrarse entre la apretada arboleda.

Gabriel abrió los ojos, se incorporó, se estiró y respiró hondo.

El silencio era sublime, apenas interrumpido por el canto de los pájaros y el murmullo de la brisa al deslizarse entre los árboles.

El aire era puro, embriagador.

Gabriel sonrió.

Por primera vez, se sentía verdaderamente libre.

Miró a su alrededor.

El bosque era hermoso, encantador.

El suelo estaba cubierto por un manto de verde pasto salpicado de flores silvestres de múltiples colores y aromas.

Mariposas multicolores revoloteaban por doquier.

Los árboles, antiquísimos y vigorosos, se elevaban decenas de metros sobre el suelo, majestuosos, gallardos, imponentes.

Tras ese primer reconocimiento del entorno, Gabriel se percató de que estaba desnudo.

Observó entonces el árbol a cuyos pies había aparecido: el viejo Thom.

Era enorme, de casi tres metros de diámetro y mucho más alto que el resto.

Lo rodeó hasta descubrir un agujero en el tronco, a aproximadamente un metro y medio sobre su cabeza, tal como le había indicado don Anselmo.

Trepó a una de sus ramas bajas y logró acercarse.

El hueco apenas permitía el paso de un hombre delgado.

Introdujo la cabeza.

En el interior reinaba la oscuridad, pero creyó distinguir dos puntos rojizos centelleantes.

Antes de que pudiera reaccionar, un chillido agudo emergió desde lo profundo del tronco.

Los puntos se acercaron con rapidez: eran los ojos de un scrillch, una extraña criatura que habita en bosques templados y utiliza estos árboles como refugio.

Los scrillch son seres temerarios a pesar de su reducido tamaño —no más grandes que un gato, regordetes y provistos de dientes afilados—.

No abundan y se alimentan exclusivamente de hojas y frutas; si carecieran de ellas por más de un día, morirían indefectiblemente.

Por ese motivo, habitan regiones donde el clima se mantiene invariable durante todo el año.

Lo que los vuelve realmente peligrosos es su cuerpo cubierto por completo de espinas, similares a las de un puercoespín, aunque más cortas.

Son capaces de dispararlas con precisión hasta una distancia de diez metros, inyectando en sus enemigos un veneno altamente mortal.

Sin embargo, no utilizan este recurso contra criaturas que no perturban su vida, ni siquiera entre ellos.

Incluso en las disputas territoriales mantienen un pacto de honor: no erizan ni disparan sus espinas.

Los enfrentamientos se resuelven a topetazos, y el vencido jamás muere; solo se retira, algo atontado.

Atontado quedó también Gabriel cuando recibió un golpe seco en la frente y cayó de espaldas sobre la hierba.

Desde el suelo observó al extraño atacante, que lo miraba desde el borde del hueco.

El scrillch lanzó otro chillido atroz que, poco a poco, se transformó en una voz chillona… pero perfectamente comprensible para los oídos del muchacho.

—Era hora de que vinieras —dijo el scrillch.

—¿¡Qué… quién eres tú!?

—Soy un scrillch.

La centésima generación que ha estado custodiando tus ropas en este húmedo hueco.

Ha tardado demasiado ese viejo cretino de Dercom, a quien nunca conocí, en enviarte.

—¿Tú eres el custodio?

—Y agradece que así sea.

De lo contrario, ya estarías muerto.

Apenas nos molestan, disparamos estas hermosas espinas envenenadas —añadió, erizando todo su cuerpo.

—¡Es increíble!

¡Hablas!

—No sé qué tiene de increíble que yo hable.

Tú también lo haces y, por cierto, tienes un acento espantoso.

Te convendría evitar hablar con desconocidos; despertarías sospechas.

Ah, y veo que estás en cuero.

No sé cómo ustedes, los bípedos, necesitan recubrirse con trapos.

Espera un momento.

El bicho espinoso desapareció en el interior del árbol y reapareció con un pequeño bulto envuelto en una extraña tela verde oscura.

El paquete estaba atado con una fina cuerda del mismo material.

El scrillch lo transportaba entre sus pequeños dientes y lo dejó caer a los pies de Gabriel.

El muchacho acarició la tela, sorprendido por su suavidad.

—Qué hermosa tela… ¿de qué origen es?

—preguntó.

—Está confeccionada con elementos de la Madre Naturaleza.

Posee su consistencia y su fuerza, y ha conservado intacto su contenido durante miles de años.

Ábrela.

Dentro encontrarás ropas específicas de explorador.

Gabriel desató el cordón.

En el interior halló una camisa, una cota de cuero, una chaquetilla, un pantalón y un par de botas, todo del mismo tono terracota.

—¿Para qué la cota de cuero?

—Vivimos tiempos sombríos, humano.

Hay que andar con cuidado.

No es de gran calidad, pero evitará que te lastimen con armas livianas.

Espera un momento… tengo algo más para ti.

Se lo quité a un ladrón.

El scrillch volvió a internarse en el hueco y regresó con una espada corta bastante herrumbrada y un mapa.

—Esto no figuraba en el inventario inicial, pero puede servirte —dijo, arrojando ambos objetos al suelo.

—Gracias —respondió Gabriel, tomando la espada y tanteando su peso—.

No pensé que habría peligro tan pronto.

—Tal vez no ocurra nada… y esperemos, por tu bien, que la primera etapa transcurra sin contratiempos.

Al menos hasta que llegues a Iclys.

—Don Anselmo… digo, Dercom, me habló de viajar a Valarión.

Jamás mencionó Iclys.

—¿¡Valarión!?

—exclamó el scrillch—.

¡Valarión dejó de existir hace mucho tiempo!

—¿¡Qué dices!?

—Gabriel desplegó el mapa con premura.

La conformación del continente de Eridian era idéntica a la que le había mostrado don Anselmo, pero muchos puntos habían cambiado: nuevos poblados, nuevos accidentes geográficos, como el desierto de Gori.

Valarión ya no figuraba.

En su lugar se extendía una vasta foresta denominada Orgrass.

—¿Y ahora qué hago?

—preguntó, desorientado.

—Como primera medida, viaja a Iclys, la ciudad del viajero.

Está rodeada por el río Tridente; puedes verla aquí.

Allí encontrarás a alguien que pueda llevarte a Balamonte, la Ciudad de las Nubes.

—¿Balamonte?

¿Por qué Balamonte?

Dercom jamás la mencionó.

—Porque tanto Balamonte como Aramar —situada a orillas del océano— surgieron de las ruinas de la antigua Valarión.

—Dercom me advirtió sobre posibles cambios… pero jamás imaginé que incluyeran la desaparición de una ciudad entera.

—Ha pasado mucho tiempo, muchacho.

Mucho.

Solo espero que no sea demasiado tarde.

Gabriel se vistió con rapidez.

Las ropas no eran exactamente de su talla; le quedaban algo grandes, pero servirían para esta primera etapa del viaje.

—Supongo que debo marcharme —dijo—.

Ya tengo todo, aunque las ropas son algo incómodas.

—Paciencia.

Ya conseguirás vestimentas y armas mejores.

¿De qué sirve tener lo mejor si no se sabe usar?

—Tienes razón.

Esa es la parte que no entiendo… no me veo como un héroe capaz de salvar al mundo.

Apenas sé defenderme.

—Todo a su debido momento, muchacho.

Todo a su debido momento.

Ahora vete.

El tiempo apremia.

Tal vez en el futuro podamos encontrarnos y charlar largo y tendido.

Scrabellich es mi nombre.

La mayoría de mis congéneres me conocen y, si algún día tienes problemas con ellos, menciónalo.

O menciona al viejo Dercom… si es que aún lo recuerdan.

—Gracias, Scrabellich.

Gracias por todo —dijo Gabriel.

Así comenzó su viaje por el Nuevo Mundo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DorianDrake Aquí comienza el verdadero viaje de Gabriel en Eridian.

Los mapas cambian, las ciudades desaparecen… y nada es lo que parecía.

¿Qué te pareció este primer encuentro?

¿Confiarías en Scrabellich?

Te leo en los comentarios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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