ARANOR - Capítulo 18
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18: Un alto en el camino 18: Un alto en el camino La cabaña de Tilfur Barbablanca se alzaba en el claro como si hubiese brotado del mismo corazón del bosque: humilde en su factura, pero rebosante de un encanto antiguo y hospitalario que armonizaba con la vasta y silenciosa arboleda que la circundaba.
Para los ojos del propio Tilfur —gigante entre los suyos— aquella morada no era más que un refugio modesto; sin embargo, para sus huéspedes recientes, y en especial para Bringo, se revelaba amplia, sólida y reconfortante, como un puerto seguro tras una larga travesía.
Mientras el enorme anfitrión proseguía con sus labores culinarias, moviéndose con una destreza sorprendente para su tamaño, añadió un segundo lechón al asador, tratándolo con el mismo cuidado y paciencia que había prodigado al primero.
Entre tanto, Bringo y Gabriel se dirigieron al pozo cercano, donde el agua fresca alivió el cansancio del camino y se llevó consigo el polvo acumulado en ropas y manos.
No tardaron en reunirse todos alrededor de una mesa de madera rústica, marcada por el paso de los años.
Con visible orgullo, Tilfur sirvió los dos lechones asados, dorados hasta alcanzar una perfección crujiente, acompañados de patatas humeantes que despedían un aroma reconfortante.
Las especias flotaban en el aire como una promesa cumplida, y los platos, colmados de comida sencilla y abundante, ofrecían un festín digno de los días memorables.
No faltaban el pan recién horneado ni el vino casero que completaban aquella mesa hospitalaria.
La cena transcurrió sin prisas ni palabras innecesarias.
El silencio, lejos de ser incómodo, se asentó como un viejo amigo, quebrado apenas por el roce de los cubiertos y el crujido satisfecho de cada bocado.
Aunque el hambre había sido fiel compañera hasta el momento de sentarse, los invitados de Tilfur apenas lograron menguar el segundo lechón; no así el gigante, que dio cuenta del suyo con apetito implacable, dejando tras de sí únicamente huesos pulidos, mudos testigos de su voracidad.
Ya saciados, salieron al exterior, donde la noche comenzaba a abrazar el bosque.
Fue entonces cuando Tilfur presentó un licor especial, guardado y añejado durante largos años para una ocasión digna.
Su fragancia, profunda y compleja, se elevó en el aire mientras alzaban las copas y brindaban en silencio por la amistad y el camino compartido.
Luego, con un gesto tranquilo, Tilfur extrajo su pipa, la encendió con manos expertas y aspiró una larga bocanada de humo aromático.
Ofreció tabaco a sus acompañantes, quienes aceptaron con sincera gratitud.
No contento con ello, obsequió a cada uno una pipa de su propia manufactura, pues aquella era una de sus grandes pasiones; poseía una notable colección y también las comerciaba en Iclys.
Así permanecieron los tres, entre el licor y el tabaco, envueltos en un silencio pleno, mientras la cabaña de Tilfur Barbablanca descansaba en el corazón del bosque, custodiada por la belleza agreste y eterna de la naturaleza.
—Hemos comido, hemos bebido, y ahora gozamos de la quietud de esta hermosa noche —dijo al fin Tilfur, tras hacer una pausa para aspirar su pipa y vaciar de un solo trago su copa—.
Creo, pues, que ha llegado la hora de hablar.
Guardó silencio un instante antes de continuar.
—A ti, Bringo, ya te conozco, aunque no comprendo por qué han pasado tantos años sin que vuelvas a visitarme.
Entiendo que la muerte de tu padre —mi queridísimo amigo— haya pesado sobre tu espíritu.
Bienvenido eres, sea por voluntad propia o por necesidad; es bueno que hayas regresado tras tan largo tiempo.
En cuanto a tu eventual salvador… poco sé.
Solo un nombre extraño, que he meditado desde que me fue dicho, y del cual no hallo raíz conocida —concluyó, clavando sus ojos inquisitivos en Gabriel.
El joven se removió con cierta incomodidad antes de responder.
—Digamos que soy un explorador, un caminante.
En cuanto al origen de mi nombre, no es más que eso: un nombre entre tantos otros, algo inusual, tal vez, pero nada más.
Tilfur lo observó largamente, expulsando una lenta voluta de humo.
—Veo en tus ojos el misterio que rodea tu andar por estas tierras —dijo finalmente—, pero también percibo sinceridad en ellos, y eso para mí es suficiente.
Bringo, deseo escuchar tus desdichas.
Cuando eras niño había que taparte la boca para que callaras; confío en que esa costumbre no haya menguado con los años.
—En lo más mínimo, Tilfur —respondió Bringo con una sonrisa.
Y comenzó a relatar su odisea desde el momento en que dejó Colina Verde hasta su encuentro con Gabriel.
Con cada detalle compartido, los ojos del gigante brillaban con interés y complicidad, y su risa retumbaba en la noche como un trueno lejano.
Bringo narró cómo su idea de fabricar una balsa había terminado en desastre, con Rodolfo el asno como testigo mudo de sus infortunios.
Las anécdotas de intentos fallidos y decisiones desacertadas provocaron nuevas oleadas de risa en Tilfur, que disfrutaba cada pasaje con una alegría franca y contagiosa.
Con tono más grave, Bringo relató luego el dramático rescate de Gabriel y expresó su preocupación por llegar a tiempo a Iclys, donde lo aguardaba una cita importante.
Antes de que pudiera siquiera considerar soluciones, Tilfur intervino con generosidad, ofreciendo una respuesta tan simple como oportuna: un carro tirado por un caballo robusto, que facilitaría el viaje hasta su destino.
—No temas, mi pequeño amigo —dijo con voz firme—.
Llegarás a tiempo a tu cita.
Ahora es momento de descansar.
Mañana deberán partir apenas despunte el Sol.
Les aguarda una larga jornada si pretenden alcanzar Iclys antes de que el día decline.
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