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ARANOR - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Un mediano contra el mundo
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23: Un mediano contra el mundo 23: Un mediano contra el mundo El encuentro y la cena con los padres de Lina no transcurrieron como Bringo esperaba.

Su incapacidad para conseguir ropas más adecuadas y la falta de fondos para adquirir la gema que había encargado en su anterior viaje a Iclys —destinada a obsequiar a Lina— jugaron en su contra y reforzaron la opinión negativa que el padre de la joven ya tenía de él.

Rigoberto Verdehermoso aspiraba a un yerno de otro calibre: alguien influyente, de su mismo estatus económico; preferiblemente un comerciante adinerado de Iclys, y no un humilde granjero de Colina Verde cuyos únicos ingresos provenían de la fabricación de dulces.

Así se lo hizo saber a Bringo después de la cena, aun a costa de contradecir los sentimientos de su propia hija.

Rigoberto y Bringo salieron al aire libre para hablar a solas.

—No voy a andar con rodeos, señor Valverde.

Usted es una buena persona y será pariente lejano de nuestro inestimable héroe, Darby de la Colina Valverde; pero no posee los medios económicos ni la importancia de su antepasado.

No le pido que sea un héroe.

Solo exijo una cierta seguridad monetaria que le augure a mi hija un futuro sin sobresaltos.

—¡Pero nosotros nos amamos!

—respondió Bringo.

—Con el amor no hacemos nada, señor Valverde.

Debe comprender mi postura.

Como padre deseo lo mejor para mi hija, y si usted la ama tanto como dice, también debería pretender lo mejor para ella.

Aléjese.

Cuanto antes lo haga, menos sufrirá Lina.

—¡Conseguiré el dinero, señor Rigoberto!

¡Conseguiré el dinero que tanto le interesa para poder estar a su “altura”!

¡No renunciaré a Lina!

—Inténtelo.

Admiro su determinación, pero dudo que pueda lograrlo antes de que mi hija se case con un rico hacendado.

Bringo se marchó cabizbajo, con los ojos llenos de lágrimas y enfurecido consigo mismo por no poder satisfacer ni siquiera las mínimas expectativas que el padre de Lina tenía sobre él.

En cierta forma, le daba la razón.

Era solo un simple granjero y, aunque se sentía feliz con esa vida, no podía evitar pensar que Lina merecía algo mejor.

Ella ya le había dicho que no le importaba su condición social y que estaría a su lado incluso si fuese un pordiosero, pero esas palabras no lograban disipar el peso que le oprimía el pecho.

No sabía a dónde ir.

Solo contaba con unas pocas monedas que Tilfur le había prestado.

Necesitaba olvidar, y para olvidar no había nada mejor que la cerveza.

Decidió dirigirse a la Taberna de Groomy y, quizá con algo de suerte, encontrar allí a su reciente amigo, Gabriel.

Llegó bien entrada la noche.

La taberna estaba tan concurrida como siempre a esa hora.

Encontró un lugar vacío en un rincón oscuro del salón y se dejó caer pesadamente sobre el asiento, aguardando a ser atendido.

Su mirada recorrió el lugar.

Todas las mesas estaban abarrotadas de viajeros y lugareños de las más variadas apariencias.

De vez en cuando, alguno caía rendido por la borrachera y era arrastrado hacia los fondos, donde recibiría el “tratamiento” adecuado para despertarlo: un balde de agua fría.

En el centro del salón, tres enormes jabalíes se cocinaban a fuego lento, atravesados desde el trasero hasta el hocico por una misma barra.

El vino y la cerveza fluían a raudales, y los meseros se desplazaban de un lado a otro para satisfacer a los entusiastas visitantes.

Al cabo de un rato, uno de ellos se acercó y Bringo pidió un jarrón de cerveza negra.

«Este va a ser el primero de unos cuantos», pensó.

Tras observar el ambiente durante un tiempo, logró divisar, en uno de los extremos opuestos del salón, a Gabriel conversando animadamente con el dueño de la taberna y con otro individuo de aspecto sombrío.

Decidió que no era conveniente acercarse.

Gabriel tendría sus propios asuntos —o quién sabía qué— con aquellos dos, y no quería molestar.

En fin, sería una noche larga, una de esas en las que bebería solo, sin nadie con quien compartir su pesar.

Cuando aún no había terminado su primera jarra, Bringo notó un revuelo en la mesa de Gabriel: el joven se había desplomado.

No tardó en aparecer un burundi, que lo cargó sin esfuerzo para llevarlo al patio, tal como se hacía con todos los ebrios.

Lo que más llamó la atención de Bringo fue que el extraño de aspecto indeseable y Groomy siguieron al burundi con su “carga”.

Un mal presentimiento le oprimió el pecho y, sin pensarlo dos veces, se puso de pie y se acercó hasta la puerta por la que habían desaparecido.

Se aseguró de que nadie lo estuviera observando y se escabulló tras ellos.

El lugar estaba en penumbras.

Se trataba del patio trasero del local, al aire libre.

Al fondo se distinguía un débil resplandor que emanaba de una despensa.

Bringo pudo oír la inconfundible voz de Groomy, algo alterada.

Avanzó con sigilo y se ocultó tras una ventana abierta, desde donde logró escuchar con claridad la conversación.

—¡Debes marcharte rápidamente!

—dijo Groomy—.

El burundi te acompañará.

No habla, pero es muy fuerte y obediente.

Cualquier contratiempo que tengas y que consideres que no podrás sortear, ya sabes lo que tienes que hacer.

—No entiendo por qué no lo matamos ahora mismo —respondió Kooplá.

—¡Estúpido!

¿No recuerdas qué nos sucedió la última vez?

Casi nos descubren cuando envenenamos a aquel joven semielfo, pensando que era el enviado.

Gravus nos advirtió que cualquier otro error nos costará la vida.

Quiere que se lo entreguemos vivo, para cerciorarse de que es el verdadero Elegido.

—¡Es el Elegido!

¡Fíjate en sus orejas!

—¡No importa!

Debes entregarlo a Gravus, en el Golfo de Rukart, sin despertar sospechas.

Recuerda que los de Balamonte también lo están esperando y que estarán vigilando.

¡Ahora, rápido!

Atémoslo y metámoslo dentro de un baúl.

Te llevarás a mis dos aphis más resistentes y a mi ayudante burundi.

Los quiero de vuelta aquí, o te garantizo que la pasarás muy mal.

—¡No me amenaces, bola de grasa!

¡No te metas con Kooplá Koor!

¡Y ya sabes cuál es mi paga por la entrega!

—La tendrás, pero después de la entrega y de la certificación de Gravus.

Amordazaron, ataron y colocaron al muchacho dentro de un baúl al que se le habían practicado algunas perforaciones para que pudiera respirar.

—Quédate aquí.

No despegues la vista de ese baúl ni un instante.

Yo vuelvo a la taberna.

No quiero despertar suspicacias.

Dejaré cerrada la puerta.

A los borrachos los sacarán por otro lado —ordenó Groomy.

Bringo no entendía casi nada de aquella conversación.

Nunca había oído hablar del Elegido, pero de algo estaba seguro: Gabriel corría un grave peligro.

Debía actuar con rapidez, aunque no sabía cómo.

¿Qué podía hacer un mediano como él contra Groomy, Kooplá Koor y, peor aún, contra aquel enorme burundi?

Se escabulló de inmediato por donde había entrado, antes de que Groomy regresara.

Salió corriendo de la taberna.

Ahora debía pensar con rapidez.

Llegó hasta los establos donde había dejado a Tomy, el caballo que Tilfur le había dado, pero todo estaba cerrado.

Necesitaba con urgencia un medio de transporte para volver al hogar de Tilfur y contarle lo sucedido.

No se fiaba de nadie en Iclys: la autoridad era deficiente y, si la denuncia implicaba a Groomy, lo más probable era que el denunciante terminara en el calabozo.

No le quedó otra opción que regresar a la casa de Lina y hablar con su odioso padre.

Golpeó una, dos y tres veces la puerta, llamando: —¡Señor Rigoberto!

El hombre apareció con una lámpara en la mano, vestido con su pijama.

—¡¿Quién molesta a esta hora?!

¡Pero…!

¿¡Qué haces aquí, Valverde!?

¡Creí haber sido claro con respecto a mi hija!

—No es por su hija, señor Rigoberto —dijo Bringo—.

Discúlpeme por despertarlo, pero necesito su ayuda.

Un amigo mío está en peligro y necesito un caballo para pedir auxilio.

Sé que usted tiene animales en su establo para la venta.

Présteme uno por esta noche y se lo devolveré mañana.

—¡Estás loco si piensas que voy a prestarte un caballo!

¡Vete a buscar ayuda a otro lado y no molestes más!

—¿Qué sucede, padre?

—preguntó Lina, asomándose a la puerta—.

¡Bringo!

Pensé que te habías marchado… que no querías saber nada más de mí.

—Quizás no me expresé bien, hija —intervino Rigoberto—.

Bringo dijo que aún no estaba preparado para el matrimonio, pero que se pondría en campaña para estarlo —añadió, lanzándole una mirada cómplice para salir del aprieto—.

Además, vino a pedirme prestado un caballo para regresar a su casa, y con gusto accederé a cedérselo.

—Así es, Lina —asintió Bringo—.

Debo prepararme mejor para el matrimonio.

Quiero darte seguridad económica.

Como la bella dama que eres, no debe faltarte nada.

—¡Pero al menos podrías haberte despedido como corresponde, Bringo Valverde!

—Sabía que te enojarías, Lina, mi amor.

Solo te pido que me esperes, que me des un poco de tiempo.

Pronto nos casaremos como deseamos nosotros… y como desea tu padre —añadió, mirando a Rigoberto.

—Bueno, bueno, bueno.

Ya hablaremos de eso —zanjó el viejo—.

Es tarde y debes marcharte.

Toma el caballo que desees; mañana me lo devuelves.

Bringo se despidió de Lina con un beso y de Rigoberto con un abrazo forzado.

Quedaba ahora la cuestión de montar.

No era muy diestro en esas artes, aunque para el común de los medianos se consideraba bastante instruido.

Tras varios intentos, logró ensillar y montar al caballo más pequeño del establo, que no por ello era menos rápido que los otros.

Además, con el poco peso que cargaría, casi parecía trotar en libertad.

Con las primeras horas del nuevo día, Bringo abandonó Iclys retomando el camino por el que había llegado, en dirección a la granja de Tilfur.

Solo esperaba que no fuera demasiado tarde para Gabriel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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