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ARANOR - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Balamonte
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26: Balamonte 26: Balamonte En el año 1 de la Nueva Era (N.E.), en el valle del Caratantor, nacía Balamonte, a los pies del gran volcán que llevaba el mismo nombre.

La ubicación del nuevo estado tenía un único y claro propósito: la defensa.

El lugar era una fortaleza natural, prácticamente inaccesible durante gran parte del año debido a las intensas nevadas.

Solo durante dos meses del verano el sendero que conducía hasta las puertas de hierro permanecía despejado.

Con el tiempo, se creó un acceso secreto que solo algunos balamonteses conocían.

La protección que la naturaleza les había brindado anuló en el pasado toda intención enemiga de atacarlos, al considerarse una empresa casi imposible de llevar a cabo.

Esto llevó a los balamonteses a transformarse en una sociedad pacífica que, poco a poco, dejó de lado toda práctica militar.

Solo una guardia mínima era entrenada para proteger al rey y para patrullar de forma encubierta en Eridian, a la espera de El Elegido.

Esta condición los inclinó hacia el arte y la cultura, transformando con el tiempo a la ciudad en la cuna del conocimiento.

En esos primeros años, los antiguos confeccionaron las Escrituras, en las que detallaron la fundación de Balamonte y Aramar —marcada como el año 1— y la fecha supuesta para la llegada de El Elegido, estipulada para el año 470 N.E.

Poco a poco, Balamonte fue creciendo.

La ciudad adoptó una forma circular a medida que se expandía, con veredas perfectas, parques y casas construidas íntegramente con la piedra extraída de las montañas.

Al ser circular, Balamonte se dividía en sectores dispuestos en anillos concéntricos.

Las canteras, herrerías, fraguas y el aserradero se encontraban en el anillo superior, lindante con las montañas.

En el segundo anillo se ubicaban las zonas de cultivo y de cría de animales, indispensables para la subsistencia de los balamonteses.

Recién en el tercer anillo inferior se situaban las construcciones habitacionales, intercaladas con zonas comerciales, culturales y recreativas, además de plazas bellísimas con fuentes naturales de agua.

Las viviendas de los habitantes comunes eran de una sola planta, edificadas con piedra proveniente de las canteras de las montañas vecinas.

En Balamonte existía una extensa red de aguas termales que llegaba hasta los hogares de sus habitantes: una exquisita obra arquitectónica que proveía de agua caliente incluso durante los inviernos más crudos.

En el centro de la ciudad se alzaban el palacio real, el Templo de Dontar, las barracas de los soldados, la biblioteca y el almacén de acopio.

Estos eran los primeros movimientos de una ciudad que despertaba por completo a la hora octava, cuando las águilas partían de sus nidos en lo más alto de las Montañas Azules para sobrevolar la fortaleza, oscureciendo el cielo por un instante al desplegar sus majestuosas alas doradas.

Su mirada altiva y severa se clavaba en el horizonte, más allá del curso del río Salvaje, en las llanuras de Dor-Shalon, en busca de alimento para sus pichones.

A esa misma hora podía observarse, en lo alto de la Torre de Cristal, la figura enjuta de un anciano.

Sobre sus hombros se acumulaban decenas de años y una corona que ahora le pesaba.

Ya rara vez subía a la torre; ascender aquellas escaleras, que en su juventud trepaba corriendo, le exigía hoy un esfuerzo enorme y se le antojaban interminables.

Sabía que el final de su tiempo estaba cerca y, por eso, deseaba disfrutar cada instante que la vida aún le regalaba.

Aquel día decidió llegar a lo más alto del edificio.

Quería contemplar su reino y presenciar la partida diaria de las águilas.

La visión, que ya impresionaba desde tierra, adquiría allí una magnitud distinta.

El espectáculo le sobrecogió el corazón.

Tanta belleza, tanta perfección, tanta hidalguía y majestuosidad en aquellos seres privilegiados no hacían más que confirmar la benevolencia de Dontar, el creador.

A Roderick le extrañó encontrar a su padre en el punto más alto de la Torre de Cristal.

Kaladryck llevaba más de una hora de pie en el mirador: primero observando la partida de las aves hacia las montañas de Dor-Shalon y luego contemplando la majestuosidad de su reino en toda su extensión.

—¿Padre?

El rey se vio sorprendido por la voz de su hijo.

—¡Roderick!

¡Hijo!

—¿Sucede algo, padre?

—dijo Roderick, un tanto preocupado por la actitud de Kaladryck.

El rey suspiró hondo y, sin dejar de contemplar la ciudad, extendió los brazos.

—¡Observa esto!

Mira cuánta belleza, cuánta majestuosidad.

Las calles, las esculturas, las plazas… Todas las necesidades de techo, pan y trabajo están cubiertas para nuestra población.

Hizo una pausa, y su semblante mutó de la alegría a la tristeza.

—Sin embargo, nuestra gente no es feliz.

Tú no eres feliz, ni yo tampoco.

¿Sabes por qué?

—dijo, dándose vuelta y mirándolo a los ojos—.

Porque sabemos que todo esto morirá.

Inexorablemente, Balamonte desaparecerá, y con ella nuestro pueblo, nuestra sangre.

Concluyó la frase volviendo la vista hacia el mirador, con las manos cruzadas detrás de la espalda.

—Padre, ya hemos hablado de esto antes.

No abandonaré la ciudad como un cobarde, infringiendo nuestras propias reglas.

—Puedes hacerlo en secreto… o salir, como tantas otras veces, en comisión.

—Seguiría siendo un cobarde, mientras gran parte de mi pueblo acepta su fin, su condena, por defender sus creencias.

—La gente es libre de irse cuando quiera.

—Sí, pero no de regresar.

Y si se van, lo hacen con la cabeza baja, marcados con el estigma de la cobardía.

Además, el futuro allá afuera no es más promisorio que el que tenemos aquí.

Si no nos mata el volcán, pronto lo hará el Mago Oscuro con sus hordas, arrasando todo Eridian.

Hubo un breve silencio antes de que el rey respondiera.

—Tú tienes adónde ir, si decides marcharte.

El rey de Aramar ha ofrecido su hospitalidad para ti y para tu hermana.

—Solo iría si acepta a todo mi pueblo, padre.

No es justo que solo tus hijos tengan esa oportunidad.

Y si tanto te interesa nuestra salvación, revoca las reglas.

—¿Revocar las reglas de los Fundadores?

¡Eso trastoca nuestra fe!

—exclamó el rey, mirándolo con severidad.

—¿De qué fe me hablas, padre?

El Elegido jamás vendrá… si es que alguna vez existió tal misión para encontrarlo, o si es que alguna vez existieron los humanos.

—¿Dudas de nuestras creencias?

—No dudo de Dontar.

Dudo de la historia que nos legaron los Fundadores.

—¡Hablas como un aramatiense!

—Hablo con la lógica de saber que las Escrituras fallaron con la predicción de la llegada de El Elegido, y que han fallado durante miles de años.

—Las Escrituras también dicen que, una vez llegado El Elegido, recién entonces el pueblo deberá marcharse y Balamonte sucumbirá en el fuego.

Balamonte aún está de pie.

—No por mucho tiempo.

Padre, en tus manos está el poder de revocar esa regla; permitir a la población marcharse con la cabeza en alto, sin vergüenza ni culpa por abandonar la ciudad.

De esa forma podríamos agruparnos, formar un asentamiento, levantar una defensa… y no dejar que cada familia que emigre deambule por Eridian, a merced de los vándalos y los sin patria.

—¿Por cuánto tiempo, hijo?

¿Por cuánto tiempo crees que puedes sostener la defensa de un pueblo sin tierra?

—Por el tiempo que sea necesario.

Pelear sería una forma más digna de morir.

No esperar a ser calcinados por la furia del volcán.

—Y yo sería recordado como el rey cobarde que rompió las reglas y las creencias impuestas por los Fundadores.

—Serías recordado como un rey benévolo, que permitió a su pueblo elegir una forma más digna de terminar sus días, aunque todos los presagios indiquen que nadie quedará para recordarlo.

—Sabes que no puedo hacerlo.

Mi fe es débil… pero aún conservo una mínima esperanza en la llegada de El Elegido.

—Entonces te contradices en tus peticiones, padre.

Si conservas esa esperanza, no vuelvas a pedirme que me marche por la puerta de atrás.

Vivamos este tiempo lo mejor que podamos y encomendémonos a Dontar para que esa mínima esperanza se concrete.

El rey no respondió.

Sabía que su hijo tenía razón en su análisis.

Muchas veces se había preguntado si la prohibición de abandonar la ciudad no era, en el fondo, un capricho suyo, justificado tras una fe que se desmoronaba lentamente.

Al no obtener respuesta, el príncipe decidió marcharse.

Bajó las escaleras ofuscado.

No comprendía por qué su padre se obstinaba tanto en ese punto.

Habían discutido lo mismo innumerables veces, y siempre terminaban igual.

Roderick pertenecía a la línea disidente: cuestionaba las Antiguas Escrituras que profetizaban la llegada de El Elegido.

Esta corriente había nacido unos tres mil años atrás, cuando la fecha estipulada por los antiguos —el año 470 N.E.— se cumplió sin que nada ocurriera.

Una profunda desazón se apoderó entonces del pueblo, pero el rey de aquella época, Bonderick, se mantuvo firme y decidió que continuarían aguardando el cumplimiento de las profecías.

A pesar de esta orden, un cuarto de la población abandonó Balamonte, temiendo la furia del volcán.

La erupción nunca ocurrió; sin embargo, quienes dejaron la fortaleza segura de su hogar perecieron en las salvajes tierras de Eridian.

Muchas familias intentaron regresar, rogando ser reintegradas, pero Bonderick no quebrantó las reglas y les negó el retorno.

Aquella decisión sofocó el deseo de huida de muchos, aunque también sembró la duda: si las Escrituras se habían equivocado con la llegada de El Elegido, quizá también lo habían hecho con el funesto destino de Balamonte.

Roderick salió al aire libre para respirar el exquisito aroma de los jardines reales.

Internarse en ellos era ingresar a otro mundo.

Sus senderos laberínticos, enmarcados por setos, conducían a rincones de ensueño: flores dispuestas formando dibujos sobre el césped; figuras de animales exóticos, esculpidas a tamaño real; fuentes de agua con pequeñas cascadas de piedra, alimentadas por canales subterráneos que las abastecían de forma constante.

Todo invitaba al paseante a sentarse, a mojar los pies o refrescarse el rostro.

Cuando uno creía haber recorrido todos los caminos, aparecía una nueva parcela, distinta a las anteriores, como si el jardín tuviera vida propia y se transformara sin cesar.

Aquello era fruto del trabajo incansable de decenas de jardineros, que combinaban conocimiento, destreza y pasión con una profunda veta artística.

Era una conexión simbiótica entre los hacedores y la naturaleza: ellos proponían, y ella respondía, adoptando las formas que aquellos artistas imaginaban, inspirados por la gracia divina que Dontar les concedía.

Tras un largo recorrido, el príncipe salió de los jardines hacia la amplia vereda que circundaba el palacio real.

Mientras caminaba, observó las estatuas de sus antepasados: más de tres mil cuatrocientos setenta años de historia desde la fundación de Balamonte.

Los antiguos reyes miraban la lejanía con serenidad, como si aún aguardaran —tal como lo hicieron en vida— la llegada de El Elegido.

Las dos últimas esculturas correspondían a sus padres.

Roderick se dijo que jamás vería la suya, y no se equivocaba.

Balamonte estaba condenada desde el mismo día de su fundación en aquel valle inexpugnable.

La seguridad del lugar tenía un costo altísimo para quienes permanecieran.

El volcán había despertado, y sus temblores eran cada vez más frecuentes.

Nadie sabía cuándo haría erupción, pero todos coincidían en algo: no pasarían una nueva primavera.

Sentadas en uno de los bancos que rodeaban el palacio, de frente a los jardines, se encontraban la princesa Lúrien, hermana de Roderick, y la reina Eliana, su madre.

Lúrien tenía veinte años y una hermosura élfica: largos cabellos dorados caían en suaves ondas hasta su delgada cintura.

Su mirada, resguardada por bellos ojos verdes, reflejaba la inocencia de su juventud y un profundo amor por la vida.

Era el fiel reflejo de lo que las Escrituras decían sobre la belleza de los elfos; y cada vez que Roderick la veía, pensaba que, al fin y al cabo, quizá las Escrituras no estaban tan equivocadas… y que los elfos realmente habían existido.

La princesa sostenía entre sus manos un grueso libro de hojas amarillentas.

Era una obra antiquísima, escrita en el año 875 N.E.

por Frederick Lowtheson, el gran poeta balamontés que solo vivió sus primeros treinta y cinco años en la Ciudad de las Nubes antes de desaparecer.

Nacido en el año 835 N.E., se perdió todo rastro suyo en el 870.

Jamás se supo qué fue de él, y su historia se transformó en leyenda popular.

Algunos aseguraban que aún vivía, resguardado en los mágicos paisajes que describía en su poesía.

Lúrien recitaba con voz dulce uno de los tantos poemas de amor que Lowtheson dedicó a su amor imposible, Dorianna: un amor que él aseguraba real, pero cuya identidad nadie logró jamás descubrir.

Otro misterio más que alimentaba la leyenda que afirmaba que Frederick había abandonado Balamonte para encontrar a su amor mítico.

Suavemente, muy suavemente, rozo tus labios con los míos; todo en ti se estremece cual bello capullo en el rocío.

Tus delicados pétalos obedecen, floreciendo ante mí con delirio; elixir primordial de la vida, beberé de ti hasta caer rendido.

El suave crepitar de los leños que en mi corazón has encendido pronto se tornará un infierno de placeres y gozos desmedidos.

El bello perfume del alma que impregna nuestros sentidos nos convierte en un pequeño mundo: somos bosques, montañas, ríos.

Cae el último destello, tu cuerpo palpita junto al mío; ya nada podrá separarnos, nuestras vidas por siempre se han unido.

Roderick se quedó escuchando sin ser visto, olvidando por un momento la discusión con su padre.

Aquel aturdimiento pasajero, en el que se vio envuelto por la dulce voz de su hermana, fue interrumpido abruptamente por la voz dura y grave de Gruffurd, su amigo y capitán de la reducida guarnición encargada de custodiar Balamonte.

—Príncipe —le dijo, susurrándole al oído para no ser escuchado por las damas.

—¡Gruffurd!

—Tenemos novedades en Puerta de Hierro, mi señor.

—¿A qué te refieres con novedades?

—La guardia externa nos informó de la presencia de tres extraños ascendiendo por el camino.

—¿No son mercaderes?

—No, mi señor.

Los mercaderes no se aventuran a venir en esta época por temor a las nieves prematuras.

Además, estos sujetos viajan con solo dos monturas.

—Bien.

Manténme informado.

¿Cuándo estiman que pueden llegar?

—Calculamos que para la caída del Sol.

—Gracias, Gruffurd

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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