ARANOR - Capítulo 31
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Capítulo 31: Lúrien
El sol inundaba la habitación de Gabriel cuando despertó. Hacía tiempo que no descansaba con tanta tranquilidad. Durante la noche, se vio inmerso en un cúmulo de sueños en los que visitaba fantásticos lugares con ignotas culturas, pero también parajes sombríos que lo llenaban de temor. Al levantarse, se vistió con sus ropas nuevas y limpias: unas calzas negras de lino con un cinturón ancho de cuero para sujetarlas, zapatos de cuero negro terminados en punta, una camisa verde y un jubón blanco. Para completar la vestimenta, una capa de lana y un par de guantes de cuero color negro. Aunque el atuendo era elegante, se sentía un tanto incómodo, principalmente por las calzas. Pensó en ese momento qué dirían sus viejos amigos del orfanato si lo vieran vestido así. Sonrió al imaginar la situación.
Tenía hambre. Decidió pasar a buscar a Bringo para que lo acompañara en la búsqueda de un suculento desayuno, seguro de que su amigo aceptaría de buen grado. Bringo y él eran los únicos extraños en Balamonte. Salió de su habitación y saludó al guardia en la puerta; este no le impidió el paso, pero tenía órdenes de seguirlo. Gabriel se dirigió a la habitación contigua, pero para su sorpresa, el lugar estaba vacío, al igual que la habitación de Tilfur. Preguntó al guardia si sabía dónde estaban sus recientes amigos; este le contestó negativamente, aclarando que recién ocupaba su turno de guardia.
Caminó por el largo pasillo en dirección a la cocina, seguro de que allí los encontraría; pero no fue así. En la cocina se encontraban seis sirvientes atareados en diferentes quehaceres. Gabriel no se atrevió a molestarlos, pero estos, al verlo, lo saludaron con una reverencia, lo que lo hizo sentir más incómodo que con sus calzas nuevas. Desde el frenesí de los que pelaban patatas, lavaban ollas, descuartizaban lechones y desplumaban pavos, pasó al silencio cuasi monacal de la sala del rey, iluminada naturalmente por las múltiples ventanas.
Allí pudo apreciar las diversas esculturas que adornaban el salón. Posó una de sus manos en uno de los enormes estandartes. El grabado del águila con sus alas desplegadas era de una realidad notoria. Parecía que en cualquier momento la figura se desprendería de la pared y se abalanzaría sobre él. Después, se acercó al imponente trono de piedra ubicado al fondo de la sala sobre un alto; ya no se veía tan sombrío como la noche anterior. Mientras se preguntaba dónde andarían todos y qué hora sería, su estómago se quejaba a pesar del atracón de la noche anterior. De pie frente al trono, con los recuerdos de su infancia en el orfanato y las recientes aventuras mezclándose en su mente, Gabriel se sintió momentáneamente perdido en un lugar que, aunque ahora familiar, aún le parecía extraño y lleno de misterios por descubrir.
—¡Esto es asombroso! —dijo Gabriel al soldado que lo custodiaba.
Este no respondió. Salió afuera. Dos soldados cuidaban la entrada al palacio. Lo saludaron a su paso.
—Disculpen —dijo Gabriel—. ¿Han visto a Bringo, el pequeñín que vino conmigo, y a Tilfur?
—Salieron temprano con el príncipe, mi señor.
—¿Temprano? ¿Qué hora es ahora?
—Es mediodía, mi señor.
—Gracias.
Caminó por la ancha vereda que rodeaba el castillo. El aire fresco traía consigo un sinfín de perfumes florales provenientes de los jardines reales. Las impresionantes esculturas de los antiguos reyes le hicieron olvidar el hambre que atenazaba su estómago. Las moles de piedra tallada reflejaban la calidad de los artesanos balamonteses de distintas épocas. El desgaste de los miles de años de las primeras esculturas se iba atenuando a medida que caminaba rodeando el castillo.
—Son impresionantes, ¿verdad? —dijo la princesa Lúrien mientras hacía un ademán al soldado que custodiaba a Gabriel para que se retire.
Gabriel se sobresaltó. Tan ensimismado estaba en su apreciación que no se percató de la proximidad de Lúrien. Se dio vuelta y se encontró de frente con la belleza surreal de la princesa.
—Son… realmente impresionantes, señorita…
—Lúrien, mi señor, princesa Lúrien —dijo extendiendo su mano.
Gabriel reaccionó tal cual vio en las películas. No tenía idea en lo que refería a las normas de conducta en aquella sociedad. Toda esta pompa con que se dirigían le resultaba incómoda. Tomó la mano de la princesa y, con una reverencia, la besó.
—Es un gusto conocerlo formalmente, mi señor Aranor.
—¿Aranor? Mi nombre es Gabriel, princesa.
—Ya lo sé. Aranor es el nombre que le dan en las Escrituras, y seguramente así será llamado una vez que haga posesión de la Espada de la Luz. ¿Cómo le sientan sus ropas nuevas? ¡Las elegí personalmente! Espero no haberme equivocado con el talle.
—Todo perfecto. Salvo esta especie de calza, que me incomoda un poco al caminar.
—Déjeme ver… Disculpe que le diga esto, pero creo que se las colocó al revés —dijo Lúrien riéndose.
Gabriel se puso rojo de vergüenza.
—Pero no se preocupe. No se nota a simple vista —dijo la princesa, tratando de minimizar la cómica situación.
—Es que nunca había usado una de estas. Creo que tendré que acostumbrarme a muchas cosas nuevas en tu mundo.
—¿Y el suyo cómo es? Supongo que deben tener esculturas mucho más grandes que estas.
—Tenemos grandes construcciones, pero no de esta índole. Se las llama rascacielos, y la gente vive en ellos.
—¡Debe ser maravilloso!
—No lo creas. Si bien mi mundo ha progresado en comparación al de ustedes, este progreso se ha logrado sobre la base de la destrucción; y ese mismo progreso nos lleva al exterminio.
—Todo eso ha sido culpa del Mago Oscuro. Él lo ha planificado para que ocurriera así —dijo Lúrien.
Continuaron caminando alrededor del castillo, observando las esculturas de los reyes.
—Me pregunto por qué en la entrada están el rey y la reina, pero acá solo vemos a los reyes.
—Porque estamos en la senda del rey. Las reinas están en el lado oeste del castillo.
—¿Y se unen en el extremo norte?
—Sí. Son las que representan a mi padre y a mi madre.
—No tienen más lugar para construir.
—No. Norte y sur representan el comienzo y final de Balamonte. Así lo señalaban las Escrituras, aunque también señalaban que el final de Balamonte se iba a producir mucho antes, junto con la llegada de El Elegido. En aquel tiempo, bajo el reinado de Bonderick, también se había cerrado el círculo. Cuando nada de lo predicho ocurrió, tuvieron que ampliar el palacio para que se puedan seguir colocando las estatuas de los próximos reyes. Por lo visto, las Escrituras tuvieron un error de cálculos o fueron malinterpretadas por los profetas al escribirlas. Aun así, ahora todo concuerda: tu llegada, el incremento de la actividad volcánica del Caratantor y la construcción de las estatuas de mi padre y de mi madre, que completan el círculo de vida de Balamonte representando la última línea de reyes.
—¿Y después? ¿Qué sucederá después?
—Supuestamente Balamonte no existirá más. Y digo supuestamente porque también las Escrituras señalaban este final miles de años antes. Sea como sea, estamos viviendo la etapa final de mi pueblo. El volcán ha despertado y ya no se detendrá hasta vomitar su fuego.
—Y como dices tú, justo concuerda con mi llegada.
—Sí. Te esperaban tres mil años atrás y, cuando eso sucediera, Balamonte caería. Y no fue así: no llegaste, y Balamonte no cayó. En aquella época gran parte de mi pueblo perdió su fe y, por temor, se suscitó un gran éxodo. Increíblemente, tres mil años después, todos los puntos trazados por las Escrituras confluyen nuevamente.
—Creo saber qué es lo que sucedió —contestó con aire pensativo Gabriel, recordando las palabras de Don Anselmo.
—Seguramente mi padre querrá saber tu historia. Vayamos al palacio. Más tarde te llevaré al Templo de Dontar, en donde guardamos las viejas Escrituras para que comprendas un poco mejor la historia del surgimiento de Balamonte y Aramar, y del ocaso de Valarión. Ahora debemos apurarnos. Pronto sonarán las campanas que señalarán la hora del almuerzo, y mi madre es muy estricta en cuanto al horario.
La princesa enlazó su brazo con el de Gabriel, y emprendieron el camino de regreso.
Tilfur, Bringo y Roderick retornaban de una recorrida por diferentes puntos de la ciudad, iniciada a la mañana temprano. Hubieran querido que Gabriel los acompañase, pero decidieron que era mejor que descansara; las fuerzas acumuladas le harían falta en el futuro.
—Tiene una ciudad maravillosa, mi señor —d
ijo Bringo.
—Llámame Roderick, ya dije que detesto tanta formalidad.
—Como quiera, mi…, eh, Roderick, digo. Me pregunto si todos los días son así en Balamonte, con tanta agitación por parte de la población.
—No. Lo que pasa es que dentro de cuatro días se celebra la fiesta del cambio de estación, y la ciudad está en plenos preparativos. Espero, mi pequeño amigo, que nos honre con su presencia.
—¡Fiesta! ¡Esa es mi palabra preferida! ¡No dude, príncipe, que allí estaré!
—¡Medianos! Lo único que piensan es en divertirse —dijo riéndose Tilfur.
Llegaron al castillo justo con el anuncio de las campanas llamando al almuerzo. Se apearon de los caballos y se dirigieron al comedor previo lavado de manos y caras. Allí estaba sentado el rey en una de las cabeceras, la reina en la otra y Lúrien y Gabriel enfrentados en los lados de la amplia mesa atestada de manjares.
—Hemos preparado suficiente comida como para una veintena de personas sabiendo de tu gran apetito, Tilfur —dijo Kaladryck.
—Veo que no has olvidado tus modales de buen anfitrión —contestó este.
—¿Cómo estás, hermanita? ¿Le has mostrado a nuestro invitado los alrededores del palacio? —preguntó Roderick, mirando en dirección a Gabriel.
—Muy poco, hermano. Mi señor ha venido muy cansado de su viaje y durmió hasta tarde —contestó la princesa sonriendo mientras miraba directo a los ojos de Gabriel.
—¡Hola, Gabriel! Luces diferente con tus ropas nuevas. Te sientan muy bien —dijo Bringo.
—Salvo un pequeño detalle, está todo perfecto —dijo Gabriel mirando a la princesa con complicidad.
—Bueno, no incomodemos a nuestro invitado, que se está adaptando a costumbres y formas totalmente diferentes a las de su pueblo. Es hora de hacer honor a los excelentes cocineros del palacio y de acometer a estos manjares —dijo el rey.
—¿Y cómo marchan los preparativos para la fiesta del cambio de estación, hijo? —preguntó la reina.
—A ritmo sostenido, madre. Con mucho entusiasmo por parte de la gente.
—Y esta será una conmemoración más que especial. Lástima que todavía no vamos a poder dar la buena nueva a nuestro pueblo —dijo el rey.
—¿Por qué, padre? Yo creo que Gabriel es lo que dice ser. Nada en él me indica lo contrario —aseguró la princesa.
—Y me alegra saberlo, hija mía. Con el transcurso del tiempo he aprendido a confiar en tu visión especial, pero hasta no ver a El Elegido en posesión de Antherion no le daré a mi pueblo débiles esperanzas. Recuerda, Lúrien, que tu magia es buena, pero joven. Necesita crecer, y lo que hoy vislumbras borroso, mañana lo verás nítidamente. En cuanto a la fiesta, espero que ya tengas tu repertorio, hija. Recuerda que el pueblo espera especialmente ese día para poder escuchar a su princesa que los deleita con su exquisita voz.
—Mi repertorio ya está listo, padre. Espero que nuestros invitados puedan concurrir.
—No hay motivos para que no estén. Su partida no se producirá hasta dentro de una semana. Tenemos que planear los detalles de tan riesgoso viaje a Orgrass.
El almuerzo se extendió por un par de horas. Después, Kaladryck, junto con Tilfur, Roderick, Bringo y Gabriel se retiraron a la sala del rey. Debían idear un plan.
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