ARANOR - Capítulo 33
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Capítulo 33: El templo de Dontar
Al día siguiente, Lúrien hizo despertar temprano a Bringo y a Gabriel. Visitarían el Templo de Dontar y, para ello, la princesa quería que sus invitados observasen a los monjes elevar sus plegarias en la primera hora del día. Después del palacio real, el templo era la construcción más bella de Balamonte. Cinco cúpulas se elevaban hacia los cielos y en cada una de ellas había un símbolo diferente, representando a cada uno de los magos que regían los destinos del mundo. Todas estas, a su vez, estaban cubiertas por una sola cúpula mayor, transparente, que simbolizaba a Dontar por encima de todas las cosas.
Cientos de ilustraciones decoraban sus paredes, entremezcladas con párrafos del libro sagrado. Ingresaron al templo conducidos por el clérigo regente, Loitas Gradier, quien los guió hasta el lugar reservado para la familia real. A este sitio, cada tanto, podía concurrir cualquier integrante de la familia, o la familia en su conjunto, para dedicar sus propias plegarias al creador o para ser partícipe de las plegarias que elevaban todos los días los monjes que allí vivían.
Un espacioso recinto se abrió ante ellos. Cientos de velas encendidas iluminaban el lugar, mientras los inciensos perfumaban el ambiente con esencias naturales. El piso estaba cubierto por una alfombra roja, en cuyo centro se destacaba el grabado de una esfera mayor de color amarillo y cinco esferas menores, de color blanco, rodeándola. Los angostos ventanales se elevaban desde el suelo hasta el comienzo mismo de la cúpula, compuestos por pequeños vidrios multicolores.
Al pie de cada uno de ellos se alzaban las estatuas que representaban a los antiguos regentes de la historia del templo. No había bancos ni altares, solo una pequeña elevación al final del salón destinada a la familia real. El silencio que dominaba en el recinto era absoluto. Aún los monjes no hacían su aparición.
La princesa y sus invitados se sentaron con las piernas cruzadas sobre la alfombra, en el lugar que tenían reservado. No pasó mucho tiempo y dos de las puertas principales, que comunicaban a otros recintos dentro del templo, se abrieron de par en par: una a la izquierda, otra a la derecha. De ellas comenzaron a salir los monjes.
Todos iban ataviados con una túnica que los cubría de pies a cabeza: los de la izquierda usaban una de color verde, y los de la derecha, una de color blanco; el regente vestía una de color púrpura y sus dos inmediatos sucesores, de color azul. Esto identificaba los diferentes rangos dentro del clero de Balamonte, que no eran muchos, solo cuatro: iniciados, avanzados, protectores y regente.
El paso de un rango a otro no estaba determinado específicamente por los años, sino por el grado de sabiduría que demostraban con respecto a las Escrituras. Un consejo de avanzados evaluaba cada año a los iniciados para determinar si eran merecedores de ascender. Los protectores eran elegidos por los mismos avanzados entre sus filas, y esta elección se realizaba únicamente cuando un regente o un protector morían. Cuando esto ocurría, el primer protector seleccionado pasaba a ocupar el cargo de regente; el segundo protector ascendía a primer protector; y otro era nombrado entre los avanzados. Aquellos iniciados que pasaban más de tres años sin poder ascender eran obligados a abandonar el templo y a reintegrarse a la vida civil.
El número total de clérigos dentro del templo siempre se mantenía invariable: un total de quinientos miembros repartidos en trescientos iniciados, ciento noventa y siete avanzados, dos protectores y el regente. Cuando este número disminuía, se abrían a la población civil las solicitudes para ocupar el puesto o los puestos vacantes que hubiese.
Uno a uno, los monjes se fueron acomodando sin emitir palabra. Los iniciados se situaron al fondo del templo; les siguieron los avanzados y, enfrentados a ellos, el regente junto con los protectores, uno a cada lado del líder religioso.
La voz grave del regente comenzó una entonación monosilábica. Se acoplaron los protectores; luego continuaron los avanzados y, por último, se sumaron los iniciados. A cada voz que se integraba, elevaban la nota para luego reiniciar otra vez con el regente. Gabriel sentía cómo aquellas voces poderosas penetraban en su ser y le hacían vibrar cada célula del cuerpo. No podía explicar la sensación de paz y alegría que lo embargaba.
Bringo miraba boquiabierto, mientras que la princesa, en voz baja, les explicaba que aquello servía para alcanzar una vibración más alta del espíritu. Era como entrar en sintonía con el creador y con todas las cosas maravillosas que había diseñado. Gabriel cayó enseguida en la cuenta de que se trataba de un mantra.
Durante un tiempo se mantuvieron así, entonando aquel mantra tan especial, hasta que, poco a poco, fueron acallando las voces para dar paso a los cánticos: la oración que prodigaban todas las mañanas y todas las noches a Dontar.
Cuando los cánticos terminaron, los monjes se retiraron a los comedores para desayunar. El regente llevó a sus invitados a un lugar apartado del resto, donde también compartieron la comida. La princesa le hizo saber al regente su intención de dar a conocer a sus invitados la biblioteca del templo, que, a diferencia del otro edificio destinado también como biblioteca y de acceso público, resguardaba diferentes manuscritos de la historia de Balamonte, así como otros más antiguos que habían logrado rescatar de Valarión antes de ser abandonada.
El acceso a esta documentación estaba vedado; solo podían acceder los avanzados, los protectores, el regente y, por supuesto, la familia real. Fueron conducidos a una especie de sótano ubicado debajo del monasterio. El lugar carecía absolutamente de ventanas y solo se iluminaba mediante lámparas especiales, en las que la llama estaba aislada por un vidrio. No se arriesgaban allí a utilizar velas por temor a un incendio.
El recinto era casi tan amplio como el templo mismo, pero la cantidad de estantes abarrotados de pliegos y libros antiquísimos lo hacía parecer mucho más reducido. Varias mesas de madera se encontraban distribuidas con sus respectivos asientos, donde los monjes, escribas y restauradores —especialidades a las que solo podían acceder los avanzados— se dedicaban a la transcripción de viejas notas que corrían serio peligro de destrucción.
A lo largo de la vida de Balamonte, los historiadores habían dejado constancia de casi todo lo sucedido hasta la fecha en la ciudad. Por eso, la cantidad impresionante de pergaminos, en un principio, y de libros después, se acumulaba hasta el techo.
En su centro, sobre un atril de piedra negra, reposaba un volumen de proporciones imponentes.
El Libro Sagrado.
No era un libro más entre tantos.
Allí se encontraba reunida la memoria completa del mundo: el nacimiento de las razas, las guerras olvidadas, las profecías aún no cumplidas y los nombres que el tiempo había intentado borrar. Cada página era un testigo silencioso de lo que fue y de lo que aún estaba destinado a ser.
El Libro Sagrado no solo guardaba la historia de Balamonte, sino la de Eridian entera… y quizás también la de aquel que aún no sabía que estaba escrito entre sus páginas.
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