ARANOR - Capítulo 5
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5: El taller de relojes 5: El taller de relojes Gabriel llegó una noche a la pensión y doña Zara le entregó un sobre.
Él ya no dudó de quién podía ser la carta, y una extraña sensación le indicaba que esta sería el inicio de grandes cambios en su vida.
Subió a su habitación y no perdió tiempo; lo primero que hizo fue romper el sobre.
La carta, como las anteriores, era muy escueta, pero significativa en sus palabras: Querido Gabriel: El momento ha llegado y no hay más tiempo que perder.
Es necesario que nos veamos urgente.
Estoy viviendo a diez cuadras de la pensión.
La dirección es Azcuénaga 320.
Don Anselmo Nada más.
Ninguna otra explicación.
No perdió tiempo: llamó un taxi y partió rumbo a la dirección indicada.
Se encontró frente a una vieja construcción en cuya fachada, con letras desgastadas, se leía: “Taller de relojes”.
El frente del negocio estaba sin iluminar; a esa hora la mayoría de los comercios ya habían cerrado sus puertas.
Miró por la ventana a través de una desvencijada cortina de plástico y pudo ver una tenue luz que provenía desde el fondo.
Llamó a la puerta, y una voz cascada le respondió desde adentro: —¡Pasa!
El lugar estaba sumido en una penumbra.
Cientos de tic-tacs de diferentes tonalidades y ruidos de engranajes aceitados lo recibieron en un recinto atestado de viejos relojes de toda clase.
En el fondo se divisaba una silueta de espalda, sentada e inclinada sobre un escritorio.
Una única luz proveniente de una lámpara de pared iluminaba el lugar de trabajo del hombre.
—Acércate, muchacho.
No tengas miedo —dijo el hombre sin darse vuelta.
Gabriel se acercó y pudo observar a un anciano de pelo canoso.
Un fuerte aroma dulzón se respiraba en el ambiente.
—¿Cómo estás, Gabriel?
¡Un gusto volver a verte!
—añadió dándose vuelta.
El joven al principio no lo reconoció.
Pero pronto cayó en la cuenta de quién era aquel anciano de gruesos lentes, nariz ancha, mejillas rojas y espesas cejas que asomaban por encima de sus anteojos.
Una pipa encendida descansaba sobre el escritorio de trabajo; esta era la que emitía ese aroma que inundaba todo.
—¡Vaya que has crecido, muchacho!
—¿Usted es…?
—Don Anselmo.
Puedes llamarme don Anselmo.
—¡Sí, sí!
Pero a lo que me refiero…
¿es usted el hombre que conocí cuando yo era un niño?
—En el almacén de don Carlos.
Exactamente, muchacho.
Gabriel estaba asombrado.
Era aquel anciano que nada había cambiado en todos estos años.
Se podría alegar que cuando uno llega a viejo ya no envejece más, pero este hombre se conservaba igual de vital que hacía dieciocho años atrás.
Recordó el comentario realizado por el anciano mientras esperaba ser atendido por don Carlos: “¡Buen libro ese!
¡El viejo Verne me hizo caso!”.
—J.V.
Ahora caigo —dijo Gabriel pensando en voz alta y volviendo a la realidad.
—¿Cómo, muchacho?
—J.V.
¿Julio Verne?
—Exacto.
Pensé que ya me ubicabas.
—Sinceramente no me acordaba de usted, y esas posdatas con que culminaba cada carta me rompían los sesos: “El amigo de J.V.”.
Muy gracioso de su parte.
—¿Gracioso?
—Pues si alguien dice ser amigo de una persona que vivió en el siglo diecinueve, resulta gracioso, y hasta un poco tonto, diría.
—Te asombraría saber la cantidad de gente que he conocido.
—Quisiera entender de qué se trata todo esto —continuó Gabriel—.
Usted me ha estado enviando libros desde que estaba en el orfanato.
¿Es acaso usted un pariente lejano mío?
—En absoluto, muchacho.
—¿Entonces cuál es el motivo de todo esto?
¿Qué es lo que busca?
—Todo tiene una explicación, pero la mejor explicación que yo pueda darte de todo este asunto te resultará inverosímil.
Solo quiero pedirte que me des la oportunidad de aclararte el tema.
Después tú decidirás.
—Lo escucho, entonces.
—Todo tiene una explicación, pero aquí no es el lugar para darla.
Don Anselmo se puso de pie.
Se dirigió al centro del salón y apartó una alfombra, dejando al descubierto una portezuela de madera en el piso.
—Acompáñame —dijo—.
Quiero mostrarte algo.
Bajaron con cuidado por una escalera maltrecha.
El sótano estaba tenuemente iluminado.
A la izquierda, contra la pared, se alzaba un mueble rústico de antiquísima madera pulida que cumplía una doble función: biblioteca y cama.
Estanterías repletas de libros polvorientos se alzaban sobre un colchón gastado.
A la derecha, un gran cuadro mostraba la figura imponente de un unicornio erguido sobre sus patas traseras.
En el centro del sótano había una mesa desbordada de libros, anotaciones y objetos diversos.
Al fondo, apilados sin orden hasta el techo, descansaban cientos de volúmenes más y reliquias de distintas épocas.
—Aquí abajo guardo objetos que he ido acumulando en mi prolongada vida.
Tienen un significado sentimental muy grande para mí.
En el transcurso de mis años he conocido a mucha gente, gente que he admirado enormemente, a la cual he visto nacer, crecer y morir.
Muchos me han dejado algún recuerdo, y son para mí verdaderas reliquias, fiel testimonio de amistades profundas —expresó don Anselmo.
Gabriel observaba aquellas antigüedades de diferentes épocas entre las que se hallaban estatuillas, libros, espadas, escudos y un sinfín de objetos que reflejaban las culturas a lo largo de la historia.
Lo que más le llamó la atención fue una cota de malla, un yelmo, un escudo y una espada completamente intacta y reluciente, objetos de la Edad Media.
—¿Me quiere decir que usted ha vivido en las épocas en que fueron fabricados estos objetos?
—preguntó incrédulo Gabriel mientras pasaba su mano por la cota de malla.
El anciano lo miró fijamente.
—Así es, muchacho.
Así es.
Mi nombre real es Dercom, nativo de Valarión, la ciudad majestuosa enclavada en el centro del continente de Eridian.
Fui enviado hace cuatro mil quinientos años a este lado del mundo, el mundo de los humanos, en busca de El Elegido.
Sé que te resulta inverosímil todo esto que te digo, pero déjame que te resuma un poco la historia y el motivo de tu presencia acá.
¿Aceptas escuchar a un viejo “loco”, aunque más no sea por compasión?
—expresó el anciano sonriendo.
El muchacho asintió.
Estaba fascinado por todos aquellos objetos, pero le resultaba bastante difícil, por no decir imposible, creer en las palabras de presentación del viejo.
Don Anselmo preparó café y le ofreció a Gabriel.
Este aceptó y se sentaron frente a frente, cada uno en un extremo de aquella rústica mesa.
El viejo encendió su pipa, y sus profundos ojos azules se posaron en un punto indefinido del lugar con una mirada introspectiva, como indagando en las viejas páginas de su vida.
Tomó un sorbo de café y aspiró su pipa para luego exhalar el humo que le dio a la atmósfera del sótano un toque surrealista.
Luego miró fijamente a Gabriel, y comenzó su relato.
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