ARANOR - Capítulo 6
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6: El nacimiento de Etheria 6: El nacimiento de Etheria —Para que puedas comprender —dijo Don Anselmo con voz grave— debo comenzar desde el mismísimo origen de todo.
No desde el comienzo de los hombres, ni siquiera desde el nacimiento del mundo, sino desde antes.Lo que estoy a punto de contarte no son creencias ni teorías.
Son verdades absolutas que me fueron reveladas para hallar a El Elegido.
Verdades difíciles, incluso incómodas para la mente humana… pero haré el intento de explicarte aquello que yo mismo he logrado entender.
Guardó silencio.
Tomó la taza entre las manos, bebió otro sorbo lento de café ya tibio y luego llevó la pipa a los labios.
Aspiró con profundidad.
El humo brotó espeso, serpenteó en el aire del sótano y se expandió como una niebla ritual, dándole al lugar un carácter irreal, casi fuera del tiempo.
—El universo —continuó— es un todo eterno.
No tiene principio ni final.
Está dividido en infinitos planos existenciales.
Cada uno de ellos es, a su vez, infinito y distinto de los demás: algunos contienen galaxias, estrellas y mundos; otros no albergan absolutamente nada.
Todo depende de la voluntad de su creador, de su Dios, de su inteligencia suprema… llámalo como quieras.
Hizo un leve gesto con la pipa, como si señalara algo invisible suspendido en el aire.
—Entre estas entidades superiores rige un Código de Ley Universal.
Ese código establece que no puede existir un plano existencial sin su creador.
No puede haber un plano vacío de conciencia, porque si uno solo colapsara, los infinitos restantes caerían con él, como fichas de dominó.
Y entonces, el universo entero dejaría de existir.
Por eso, cada plano posee uno y solo un creador, y ninguno puede abandonar su propio dominio.
La Ley también exige equilibrio: por cada creador de naturaleza positiva, existe otro de naturaleza negativa.
No intentes contarlos —añadió con un suspiro—, porque hablar de cantidades es hablar del infinito mismo.
Don Anselmo se detuvo.
Miró la taza de Gabriel y, con un movimiento casi paternal, lo invitó a beber antes de que el café se enfriara.
Gabriel obedeció por inercia; su mente ya estaba lejos, atrapada en un laberinto de ideas que se entrecruzaban sin descanso.
—Ahora —prosiguió— hablemos de nuestro plano existencial.
El que habitamos.
El que conoces.
Este plano está regido por un creador positivo cuyo nombre, para mi pueblo, es Dontar.
A lo largo de la historia, los hombres lo han llamado de mil maneras distintas y le han dado innumerables rostros, pero siempre han hablado del mismo ser.
Cerró los ojos un instante.
—En un principio —si es que puede llamarse principio a algo eterno— Dontar contempló su mundo vacío.
Y decidió crear.
Primero nacieron las galaxias; luego, las estrellas; después, los sistemas planetarios.
Más tarde, eligiendo un punto preciso en aquel vasto universo, decidió dar origen a la vida.Las criaturas que surgieron podían gozar de su benevolencia sin exigencias, sin castigos, sin normas.
Habitaron un mundo colmado de belleza, ajeno a las pestes, al hambre, al dolor, a la injusticia y al miedo.
Ajeno incluso… a la muerte.Así nació Etheria.
Abrió los ojos y fijó su mirada en Gabriel.
—Aquellos seres —continuó en voz más baja—, algunos de los cuales reconocerás por los libros que te envié, no temían morir porque la muerte no existía.
Eran inmortales.De este modo convivían los primeros nacidos, los humanos, junto a otras razas: hadas, magos, duendes, ninfas, elfos, medianos, enanos… y muchas más que hoy solo sobreviven como mitos.
Otras ni siquiera eso lograron; se perdieron para siempre en la memoria del tiempo.
El humo de la pipa volvió a ascender, lento.
—El mundo era uno solo: un paraíso cubierto casi por completo de bosques y selvas vírgenes.
Árboles colosales daban refugio a los habitantes de aquella tierra primera, cuando todo lo creado aún vivía en armonía.
Dontar no estaba solo.
Convocó a cinco de los más grandes magos en la cima sagrada del Danmajera, el punto más alto del mundo por entonces.
Ellos lo ayudaban a mantener el equilibrio y la perfección de la creación.
—Durante eras enteras todo fue armonía —dijo con una sombra de tristeza—.
Hasta que algo se quebró.Existía otro mago.
Su nombre era Aldirk.
El más sabio.
El más poderoso.
Cuando no fue convocado por Dontar para formar parte de los Cinco, el orgullo herido se transformó en resentimiento.
El resentimiento en odio.
Y el odio, lentamente, en corrupción.
Apretó la pipa entre los dedos.
—Su mente, colmada de conocimiento, se oscureció.
Su naturaleza bondadosa se marchitó.
Y nació en él un deseo irreprimible de destruir todo aquello que Dontar había creado.
Pero cada intento fue frustrado.
Una y otra vez, la Orden de los Cinco lo derrotó.
Don Anselmo inspiró hondo.
—Derrotado, Aldirk se retiró a los confines del mundo, a regiones donde la creación aún no había llegado, donde el Sol no iluminaba la tierra.
Allí permaneció siglos enteros, sumido en la nada, rumiando su odio, tejiendo planes para volverse más poderoso.
Alzó lentamente un dedo.
—Y entonces ocurrió lo impensado.
Como ya te expliqué, existen otros planos, gobernados por otras inteligencias supremas, algunas positivas, otras negativas.
Muy pocas hicieron lo que hizo Dontar: crear vida y confiar en ella.En su destierro, Aldirk logró contactar a Kalhanor, un creador de naturaleza negativa, proveniente de otro plano existencial.
El silencio se volvió pesado.
—Kalhanor le concedió poderes extraordinarios.
Muy superiores a los de cualquier ser creado por Dontar.Aldirk, por fin, había alcanzado lo que tanto ansiaba.
Ya no había fuerza en este mundo capaz de detenerlo.
Don Anselmo se inclinó hacia adelante, clavando sus ojos en Gabriel.
—Y es aquí donde comienza la verdadera tragedia.
Gabriel lo interrumpió, con la voz tensa: —Hay algo que no me queda claro —dijo—.
Usted afirma que un dios no puede pasar a otro plano existencial sin destruirse a sí mismo.
Entonces, Kalhanor, siendo un dios negativo, no podía intervenir directamente en el plano de Dontar.
Por eso transfirió su poder al mago Aldirk para que actuara en su lugar.Pero ¿por qué Kalhanor no creó su propio mundo y ejerció allí el mal directamente?
Don Anselmo lo observó unos segundos antes de responder.
—¿Te dicen algo estas palabras: “a su imagen y semejanza”?
—Es un pasaje bíblico —contestó Gabriel.
—Exacto.
Del Génesis.
Y allí está la respuesta a tu pregunta.Kalhanor, por ser una entidad negativa, solo podría crear seres negativos.
Criaturas que no sufrirían, porque nacerían del mal y hallarían en él su gozo.
Pero los seres creados por Dontar eran bondadosos… y por eso podían sufrir.
Gabriel frunció el ceño.
—Entonces ¿Dontar no podía destruir a Aldirk?
—No —respondió Don Anselmo con firmeza—.
Dontar es un dios creador; no destruye, construye.
Y aunque quisiera hacerlo ahora, ya no podría.
Aldirk posee poderes otorgados por un dios, sin ser él mismo un dios.
Gabriel guardó silencio un instante, procesando las palabras, y luego insistió: —Todavía hay algo que no entiendo.
Si Aldirk fue creado por un dios positivo, ¿cómo pudo germinar el mal en su interior?
Don Anselmo bajó la mirada.
—No puedo responderte eso —dijo finalmente—.
No tengo la respuesta, Gabriel.Algunos sostienen que todo fue parte de un plan concebido por Kalhanor.
Tal vez eso sea lo cierto.
Quizás no fue Aldirk quien contactó a Kalhanor, sino al revés: quizá fue Kalhanor quien sembró primero aquella semilla de oscuridad que Dontar supo percibir, incluso antes de que brotara.
Don Anselmo hizo otra pausa.
Volvió a encender la pipa y aspiró profundamente.
El humo volvió a llenar el sótano.
Aun quedaba una larga charla por delante.
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