Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ARANOR - Capítulo 8

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ARANOR
  4. Capítulo 8 - 8 La señal anunciada
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

8: La señal anunciada 8: La señal anunciada Eran las ocho treinta de la mañana del lunes.

Gabriel corría por el andén del tren.

Otra vez llegaría tarde a la oficina y no tenía un pretexto valedero para justificarse.

Después de su charla con don Anselmo, retornó caminando a la pensión.

En su cabeza resonaban una y otra vez las palabras vertidas por el anciano, y eso lo mantuvo despierto casi toda la noche.

Recién a las cinco el sueño lo venció y no escuchó el reloj que siempre lo despertaba a las siete.

Alcanzó el subte que salía una hora después del que tomaba habitualmente.

Ya el gentío era mayor y se viajaba apretado como ganado.

Su destino eran las oficinas de Supermarc, una importante cadena en donde realizaba tareas administrativas ordinarias.

Se las tendría que ver nuevamente con el jefe de personal, Carlos Bruguera.

Gabriel llevaba trabajando tres años en aquel comercio y, desde un primer momento, su relación con Bruguera no fue buena.

No se dirigían la palabra; Bruguera siempre estaba al acecho, esperando que Gabriel cometiera alguna falta para poder caerle con toda su arrogancia y antipatía.

Hoy tendría un buen motivo para fastidiarlo.

Después de su salida del orfanato, Gabriel había deambulado por distintos trabajos hasta que recaló en este, que era lo mejor que había podido encontrar.

Una jornada de Gabriel era de ocho horas corridas en la oficina; salía a las cuatro de la tarde, de allí se dirigía a su departamento, comía algo, se daba una ducha, repasaba las materias del día y, a las diecinueve, partía hacia la universidad para retornar pasada la medianoche, comer un bocado y acostarse.

Muchas veces se vio tentado de largar todo al diablo, pero “¿y después qué?” se preguntaba.

Quería huir de aquel mundo agotador, de aquella sociedad que, con todas sus normas y leyes, se había transformado en la jungla más perfecta y cruel, de la cual nadie escapaba.

La monotonía absoluta se repetía día tras día, no solo para él, sino también para la gran mayoría de las personas.

Se acercaba al supermercado.

Ya imaginaba la cara de Bruguera llena de satisfacción.

Esta vez tendría todas las cartas a su favor.

Gabriel se acercó a la entrada, marcó la tarjeta de control horario y se dirigió a su escritorio.

Inmediatamente salió de su oficina, como disparado por un resorte, Carlos Bruguera.

Se dirigió al escritorio de Gabriel.

Esta vez se daría el gusto de reprenderlo frente a todos sus compañeros.

—¡Buenas tardes, señor Lozada!

Gabriel intentó ensayar una disculpa, pero Bruguera siguió hablando.

—¿Sabe usted qué hora es?

—Pues creo que las nueve y veinte, señor.

—¡No lo crea, señor Lozada!

¡Son las nueve y veinte de la mañana!

¿¡Qué excusa tiene para semejante falta!?

—gritó Bruguera, poniéndose morado.

—Me quedé dormido.

—¡Se quedó dormido!

—repitió Bruguera, mirando hacia todos lados para cerciorarse de que los demás empleados hubieran escuchado—.

Señor Lozada, retírese.

Está suspendido.

Muchas veces Gabriel había sido reprendido y nunca había reaccionado, pero estaba hastiado de tanta humillación.

—¿Sabe algo, Bruguera?

Estoy cansado, cansado de escucharlo y de ver su estúpido rostro todos los días; cansado de este trabajo de porquería; y cansado de mi falta de actitud para hacerme respetar.

¡Así que puede meterse mi puesto de trabajo en el centro del culo!

¡Renuncio!

Bruguera no reaccionó.

Quedó tieso como una estatua.

Jamás hubiera esperado una respuesta así por parte de un empleado, y menos de Gabriel Lozada, que siempre había sido tranquilo.

Gabriel se puso de pie, sacó algunas cosas de su escritorio y, sin saludar a nadie, se marchó bajo la mirada atónita de los que habían sido hasta ese momento sus compañeros de trabajo.

Cuando salió del supermercado se sentía extrañamente bien, se sentía liberado de presiones, de estúpidas presiones impuestas por una sociedad injusta, y se sentía bien de haber hecho lo que hizo, aunque después le pesase.

Era como ir en contra de la corriente; patear el tablero, aunque más no sea por una vez en su vida.

Caminó un par de horas sin rumbo fijo.

No hacía frío.

Estaba nublado y una pequeña garúa había comenzado a caer.

Entró a un bar y pidió un café.

Pensó lo que había sido su vida hasta ese momento; triste, sin condimentos que lo motivasen.

Estaba solo en el mundo, sin familia, sin amigos.

Su único gran sueño le era imposible cumplirlo, pues no tenía dinero.

Viajar, conocer, observar las distintas culturas de los pueblos era una utopía.

El trabajar le había servido nada más que para sobrevivir.

Trabajos asfixiantes, agotadores y que no lo colmaban para nada.

Muchas veces se preguntaba por qué había nacido en aquella época.

Le hubiera gustado vivir en un tiempo en el que el mundo aún no era conocido, cuando gran parte de la Tierra era atracción y misterio; un mundo completo por descubrir.

De niño se había imaginado a sí mismo como un gran aventurero que se embarcaría para partir a tierras extrañas en su endeble navío, impulsado solo por la ayuda fortuita del viento.

Pero no.

Había nacido y crecido en un mundo acelerado y tecnológico, absolutamente materialista, en donde la magia, la fantasía y la emoción por lo desconocido habían cedido terreno a las luchas por el poder económico, a la destrucción del medio ambiente por la industrialización, a la carrera armamentista.

Guerras, hambre, miseria, enfermedades y el total desprecio por la condición humana dejaban de lado viejos valores como la amistad, la solidaridad, la lealtad y el respeto por el prójimo.

Todo valía si el único fin era obtener ventaja.

Conquistar, someter, saquear parecen palabras de tiempos pasados, pero es en esta época cuando más se desarrollan estas acciones, disfrazadas bajo falsas fachadas que muestran a las grandes potencias como víctimas que necesitan defenderse y justificar lo que le infligen a los pueblos más débiles.

La gente de hoy en día vive sumida en una apatía absoluta que busca constantemente un esbozo de asombro en los nuevos progresos tecnológicos, asombro que no dura más que un instante.

¿Hasta dónde llegará el humano con su tecnología?

Y si esta llegase a puntos límites, ¿después qué?

¿Se sumirían en un continuo abatimiento, una eterna falta de interés por todo?

A veces tanto conocimiento superfluo puede ser perjudicial.

Pensó también en el viejo, y las palabras de este se repetían en su mente una y otra vez.

¿Podía ser cierto aquello o tan solo era un viejo loco apasionado de las historias fantásticas?

Ahora que se le ofrecía esa extraña oportunidad de escaparse de este mundo enfermo, le sonaba como algo irracional, algo fuera de contexto; pero ¿y si fuera cierto?, ¿y si no lo fuera?, ¿qué perdería con intentarlo?, ¿decir un “sí” por el solo hecho de probar?

Sacudió la cabeza en señal de negación; a la vez que sonreía se decía que todo eso eran solo patrañas, estupideces de alguien que no está en su sano juicio.

Ya no tenía trabajo; tendría que empezar a buscar nuevamente.

Largas colas de postulantes para cubrir una mísera vacante, un puesto que a la corta o a la larga conseguiría.

Otro trabajo más: tedio absoluto, oficina, papeles, burocracia, falsedad, aburrimiento.

Se tomaría unos días para descansar y reflexionar.

Leería un poco, miraría televisión y hasta quizás le daría alguna oportunidad a las locuras del viejo.

Sonrió.

¿Qué podía hacer?

No tenía opciones y lo sabía.

Solo le quedaba agachar la cabeza y seguir adelante.

Un remolino de clientes se amontonó frente al televisor del bar.

En un principio Gabriel no les prestó atención, aunque se mostraban tan exaltados por lo que estaban viendo que no tuvo más remedio que mirar.

La noticia de último momento, que había interrumpido la programación en todos los canales, mostraba una terrible explosión sucedida en Estados Unidos, en la ciudad de Nueva York, que hizo recordar el atentado que terminó con las Torres Gemelas.

Pero esta explosión era dantesca.

Toda noticia que llegaba era muy confusa, y las filmaciones tomadas vía aérea mostraban la ciudad arrasada.

Gabriel se puso de pie y se acercó al televisor.

Estaba aturdido por la crónica, como todo aquel que recién se enteraba.

Siguió durante un rato la información que llegaba y que se modificaba constantemente.

Estados Unidos no había sido atacado por terroristas, aunque ellos así lo considerarían.

Habían sido atacados por un grupo de naciones árabes, hartas de tanta prepotencia.

Era el inicio de una nueva guerra, la guerra por el petróleo, que podía arrastrar al resto de las naciones a una conflagración mundial.

«…algo grande va a ocurrir en el transcurso de esta semana.

Algo que alterará el curso del mundo tal como lo conoces.

No sé dónde ni cómo.

Solo sé que sucederá».

Las palabras del viejo repiqueteaban en la mente de Gabriel.

“El viejo, el viejo sabía”, pensó azorado.

Apartó la vista del televisor y salió a la calle, como hipnotizado, no por las imágenes que acababa de ver, sino por aquellas proféticas palabras del viejo que le había prometido pruebas.

Estas se habían revelado y, con ellas, una luz de verdad sobre todo lo narrado por el anciano la otra noche.

La calle estaba atestada de transeúntes que corrían en busca de alguna vidriera que reflejase en algún televisor las imágenes del desastre; imágenes que, en vez de asustar, eran tomadas como un entretenimiento más.

La gente se había acostumbrado a ver diariamente la muerte a través del televisor.

Atentados, asesinatos, suicidios y hasta las mismísimas guerras eran transmitidos en vivo y en directo, entreteniendo con el horror y el dolor ajeno, vistos como si fueran películas.

La gente no tenía ni idea de que estas masacres incumbían a todo el mundo, ni de que, tarde o temprano, a ellos también les tocaría.

Primero se es espectador de este circo romano, viendo cómo el león devora a su presa.

Más tarde se es la presa.

Gabriel seguía caminando como sin ver, pero la claridad vino a su mente en un flash, en una absoluta revelación divina de lo que tendría que hacer.

Esta sensación única de saber el porqué se ha venido al mundo colmó su ser.

Las decisiones surgieron claras y espontáneas.

Se dirigiría de inmediato a decirle al viejo que aceptaba su propuesta.

Si don Anselmo estaba loco, él iba a ser más loco que el viejo al contestarle que sí.

Todo en su ser le decía que no era para nada una locura.

Bajó presuroso la escalera que lo llevaba a la estación del subte.

Se detuvo a la mitad.

Una anciana, con una pierna amputada, mendigaba sentada en el suelo, apoyando su cansada espalda contra la pared.

—Tome, abuela.

Es lo único que traigo, y perdóneme por no haberme dado cuenta antes.

—¡Hijo, tú no tienes nada de qué disculparte!

¡Acércate!

Gabriel se agachó, y la anciana clavó sus negros ojos en los de él, estiró una mano flaca, arrugada, y rozó la mejilla del muchacho.

—¡Tú no eres igual a nadie!

¡Lo leo en tus ojos, hijo!

¡Tú no eres igual a nadie!

Gabriel tomó entre sus manos la de la anciana, le agradeció con una sonrisa y se marchó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo