Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 18
- Inicio
- Todas las novelas
- Arata: El Color de la Resiliencia
- Capítulo 18 - 18 Capítulo 17 Pinceladas de Sangre y Libertad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 17: Pinceladas de Sangre y Libertad 18: Capítulo 17: Pinceladas de Sangre y Libertad El tiempo pareció detenerse en el pasillo de la universidad.
Vi las figuras de Leo, Santi y Miki en el umbral de la puerta; sus rostros eran un poema de incredulidad.
Solté un suspiro largo, uno que llevaba contenido en mis pulmones desde el primer día de bachillerato.
No era un suspiro de cansancio, sino de liberación.
El aire que entró a mi cuerpo se sintió eléctrico, transformándose en una chispa que recorrió mi brazo derecho.
Sin dudarlo más, el puño que tenía cerrado se lanzó hacia adelante.
El impacto contra la mandíbula de Ken produjo un sonido seco y sordo que resonó en mis propios huesos.
Ken retrocedió varios pasos, tambaleándose, con los ojos llenos de furia por la sorpresa.
El “rey” había sido tocado por el “invisible”.
—¡Maldito infeliz!
—rugió Ken, limpiándose un hilo de sangre que asomaba por su labio.
Se lanzó contra mí con la furia de una bestia herida.
No había técnica en sus movimientos, solo una rabia bruta.
Recibí un golpe en el pómulo que me hizo ver estrellas, y por un momento, el suelo pareció desvanecerse bajo mis pies.
Era mi primera pelea; no sabía cómo cubrirme, no sabía cómo esquivar, pero tenía algo que él no: la necesidad de dejar de ser una víctima.
Nos enredamos en un intercambio caótico.
Arremetí contra su estómago y él respondió con un derechazo que me partió el labio.
Estábamos igualados, no por fuerza, sino por voluntad.
Yo golpeaba por cada dibujo roto, por cada burla en el pasillo, por cada noche de insomnio.
Él golpeaba por puro orgullo herido.
Sentía el sabor metálico de la sangre en mi boca, pero extrañamente, el dolor físico no era nada comparado con el peso que me estaba quitando de encima con cada impacto.
—¡Basta!
¡Ya basta!
—el grito de Hana cortó el aire como un látigo.
Se interpuso entre nosotros, empujando a Ken hacia atrás.
Me miró con una expresión de horror absoluto, como si estuviera viendo a un extraño, a un monstruo que ella misma no podía reconocer.
—¿Qué te pasó, Arata?
—preguntó con la voz temblorosa, las lágrimas asomando de nuevo—.
Tú no eras así…
tú no eras agresivo.
Tú eras…
pacífico.
¿En qué te has convertido?
Ken, apoyado contra la pared y jadeando, soltó una carcajada ronca llena de insultos.
—¡Es basura, Hana!
¡Siempre lo ha sido!
Un muerto de hambre que ahora se cree hombre porque sabe cerrar el puño.
¡Te voy a destruir, Kaze!
¡Voy a hacer que te expulsen!
Me limpié la sangre del rostro con el dorso de la mano y los miré a ambos.
Por primera vez, no sentí que eran gigantes.
Eran pequeños, vacíos.
—Esto es lo que soy, Hana —dije, y mi voz salió firme, sin rastro de duda—.
Esto es lo que soy como debe ser.
No soy, y no seré nunca más, el lienzo de nadie.
Nadie va a volver a pintar mi vida a su antojo.
A partir de hoy, yo voy a crear mi propia historia, dando pinceladas de color y trazando mi propio camino, aunque el camino esté lleno de grietas.
Hana se quedó muda.
No había nada que pudiera decir contra esa verdad.
Con esfuerzo, ayudó a Ken a levantarse.
Él se apoyó pesadamente en sus hombros para poder caminar, viéndose patético mientras se alejaban por el pasillo.
Ella no volvió la vista atrás.
Me dejé caer en un asiento cercano, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a abandonar mi cuerpo, dejando paso a un dolor palpitante.
Leo, Santi y Miki se acercaron de inmediato.
Sus rostros pasaron de la sorpresa a una admiración genuina.
—Hermano…
eso fue…
—Santi no encontraba las palabras.
—Fue valiente, Arata —dijo Leo, sentándose a mi lado y dándome una palmada suave en el hombro—.
Nunca pensé que vería el día en que pusieras a ese tipo en su lugar.
Eres increíble.
El viaje de regreso desde la universidad fue un trance.
Me puse mis audífonos y subí el volumen al máximo.
La música llenó cada rincón de mi mente, envolviéndome en una capa protectora que me alejaba de la realidad.
No me importaban los moretones que empezaban a tornarse morados, ni el escozor en mi labio roto.
Solo importaba la melodía.
Al llegar a casa, mi padre me estaba esperando.
Me miró fijamente, deteniéndose en mi rostro lastimado.
Hubo un silencio largo, cargado de una tensión que yo esperaba que terminara en un regaño.
—Fue en defensa propia, ¿verdad?
—preguntó con voz grave.
Asentí en silencio, sosteniéndole la mirada.
Él suspiró y se acercó a mí.
—Pelear está mal, Arata.
No es la solución a todo…
pero te felicito por ser valiente y no dejar que te pisen más.
No vuelvas a permitir que nadie te haga sentir pequeño.
Cenamos en un silencio cómodo, un silencio de entendimiento.
Al terminar, subí a mi habitación.
Estaba exhausto, pero mi mente todavía tenía colores que soltar.
Me senté en mi escritorio y, con movimientos lentos, empecé a dibujar.
No eran robots, ni personas.
Era un paisaje: un horizonte inmenso donde el sol empezaba a salir, iluminando un camino que se extendía hacia el infinito.
Me quedé dormido sobre el papel, con el lápiz aún en la mano, soñando finalmente con un mundo donde yo era el único autor.
Mensaje del Autor (¡Superamos las 1,000 vistas!) “¡Hola a todos!
Gracias por hacer que Arata: El Color de la Resiliencia llegue a su primer 1K de vistas.
❤️ Este capítulo marca el fin de la sumisión de Arata.
Ha peleado, ha sangrado y ha ganado su libertad.
Les agradecería muchísimo que dejarán un comentario sobre que les pareció el capítulo o la historia de Arata en general los leeré a cada uno✨
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com