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Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 18 Sombras en el Reflejo y el Calor del Hogar
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19: Capítulo 18: Sombras en el Reflejo y el Calor del Hogar 19: Capítulo 18: Sombras en el Reflejo y el Calor del Hogar La luz del sol se filtraba por la ventana de mi habitación, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire.

Me dolía el rostro; cada vez que intentaba sonreír, el labio roto me recordaba el caos de ayer.

Me miré al espejo y, por primera vez, no aparté la vista con vergüenza, aunque las palabras de mi padre resonaban en mi mente con una fuerza inusitada.

Él tenía razón: nunca es bueno usar la violencia.

Al recapacitar, me di cuenta de que no quería convertirme en aquello que tanto odiaba.

No quería ser como los demás, pavoneándome por los pasillos, creyéndome fuerte solo por haber cerrado el puño.

He aprendido que aquellos que intentan solucionar absolutamente todo a golpes son, en realidad, los que más frágiles son en su interior; necesitan el ruido del impacto para acallar el vacío de su propia inseguridad.

Aprovechando que era un día libre de clases, me senté frente a mi escritorio.

El paisaje que había empezado anoche me esperaba.

Con movimientos suaves, fui detallando las nubes y el horizonte.

El dibujo ya no era un escape, sino un testimonio de mi libertad.

Al terminarlo, sentí una paz que no recordaba haber tenido nunca.

Necesitaba aire, así que tomé mis cosas y me dirigí al parque central.

Caminar por esos senderos me trajo ráfagas de recuerdos de cuando era niño.

Me vi a mí mismo, años atrás, corriendo entre los árboles.

Pero lo extraño fue que ese “pequeño Arata” de mis recuerdos no se veía triste ni solo.

En mi memoria, ese niño sonreía con una pureza absoluta, ajeno a la toxicidad de Ken o a las manipulaciones de Hana.

Esa imagen me dio fuerzas; si ese niño pudo ser feliz, el hombre en el que me estaba convirtiendo también tenía derecho a serlo.

Después de un rato, decidí pasar por el supermercado para comprar algunos víveres y renovar mis materiales.

Necesitaba pinceles nuevos y algunos tubos de óleo para empezar a darle color a mis bocetos.

Caminaba distraído, comparando texturas de papel, cuando una voz femenina interrumpió mi burbuja.

—¡Arata!

¡Qué sorpresa encontrarte por aquí!

Me giré, confundido.

Frente a mí estaba una chica de cabello castaño y ojos brillantes que me sonreía como si fuéramos amigos de toda la vida.

Se presentó como Sara.

La miré con extrañeza, tratándola como a la desconocida que era para mí.

Mi guardia, construida tras años de traiciones, se levantó de inmediato.

—¿Te conozco?

—pregunté, manteniendo la distancia.

—Oh, directamente no —respondió ella, ignorando mi frialdad—.

Pero soy muy amiga de Emi.

Ella me ha hablado maravillas de ti, dice que eres un artista increíble y una persona excepcional.

Al escuchar el nombre de Emi, algo en mi interior se irritó.

El recuerdo de todo lo que pasé con ella y los demás todavía escocía.

No quería ser “el tema de conversación” de nadie.

—Eso fue pasado, Sara —le dije, cortante—.

Emi y yo…

ya no tenemos nada de qué hablar.

Si te habló bien de mí, dile que se guarde sus cumplidos.

No los necesito.

Me di la vuelta y me alejé sin despedirme, sintiendo cómo la molestia me recorría la espalda.

No quería más dramas ni nuevas amistades con segundas intenciones.

Sin embargo, detrás de mí, Sara no se veía ofendida.

Al contrario, una sonrisa cargada de malicia y un deseo oscuro se dibujó en su rostro mientras me veía desaparecer por el pasillo de las pinturas.

—Tan difícil como me dijeron —susurró para sí misma con un brillo depredador en los ojos—.

Pero no importa, Arata.

Tarde o temprano, voy a tenerte.

Llegué a casa todavía un poco alterado por el encuentro, esperando que mi madre me llamara desde la cocina para pedirme que sacara la basura o que fuera por algún mandado, como siempre hacía.

Pero esta vez fue diferente.

—¿Arata?

¿Eres tú?

—llamó desde la cocina—.

Ven un momento, por favor.

Entré esperando una orden, pero la encontré picando verduras con una expresión tranquila.

Me miró el rostro lastimado, pero no hizo preguntas dolorosas.

—¿Te gustaría ayudarme a cocinar hoy?

—preguntó con una voz suave que me tomó por sorpresa—.

Quiero preparar ese estofado que tanto te gusta, pero me vendría bien un asistente.

Me quedé helado por un segundo.

Por primera vez en años, mi madre no me llamaba por obligación, sino por compañía.

Mientras lavaba las manos para ayudarla, una calidez inmensa empezó a expandirse en mi pecho.

“Esto es lo que se siente tener un hogar”, pensé mientras cortaba las zanahorias a su lado.

El sonido del cuchillo contra la madera y el aroma que empezaba a salir de la olla crearon una atmósfera de paz que borraba por completo el encuentro con Sara y la pelea con Ken.

No había exigencias, no había juicios.

Solo éramos nosotros dos, compartiendo un momento simple y real.

Me sentía increíblemente feliz; mi mente estaba en calma, disfrutando del ritmo constante de la cocina, dándome cuenta de que las mejores pinceladas de color no siempre se dan sobre un lienzo, sino en momentos como este, donde el amor se siente en el calor de una comida hecha en familia.

Esa noche, antes de dormir, no pensé en mis enemigos.

Pensé en el sabor del estofado y en la sonrisa de mi madre.

Estaba aprendiendo a vivir de nuevo.

💌 Nota de KazeStudio: ¡Hola a todos!

Gracias por acompañarnos en este capítulo de transición.

Arata está aprendiendo que la verdadera fuerza no está en los puños, sino en momentos como el que vivió con su madre.

Pero…

¿quién es Sara realmente?

¿Qué intenciones tiene con Arata y qué significa que sea amiga de Emi?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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