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Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El eco en los pasillos vacíos
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2: El eco en los pasillos vacíos 2: El eco en los pasillos vacíos El mundo tiene un idioma secreto que nunca pude aprender.

A los seis años, mientras mis compañeros de clase intercambiaban meriendas y risas que llenaban el aula como una música alegre, yo me encontraba en mi lugar de siempre: el pupitre del fondo, aquel donde la sombra de la estantería parecía protegerme de las miradas, o quizás, simplemente me borraba del mapa.

Tenía un cuaderno viejo entre las manos.

Mis dedos, pequeños y torpes, apretaban un lápiz desgastado mientras intentaba dibujar un sol.

Quería que fuera brillante, que irradiara calor, pero mi mano temblaba.

El sol en el papel lucía deforme, una mancha amarilla que parecía gritar en medio de la página blanca.

De pronto, un golpe seco sacudió mi silla.

Un grupo de niños pasó por mi lado; uno de ellos, con una sonrisa burlona que no se molestó en ocultar, había pateado mi mochila «sin querer».

Nadie se detuvo.

Nadie pidió disculpas.

Para ellos, yo era solo un mueble más en el salón.

—Increíble —la voz del profesor de matemáticas cortó el aire como un látigo.

Me puse de pie con el corazón latiendo en la garganta.

Estaba frente a la pizarra, rodeado de números que bailaban ante mis ojos sin sentido alguno.

La tiza me quemaba los dedos.

—Ni siquiera puedes sumar lo básico, Arata —continuó él, con un tono de desprecio que se clavó en mi pecho—.

¿En qué mundo vives?

Los dibujos no te darán de comer.

Solo eres un soñador que no sabe dónde está parado.

Las risas estallaron a mis espaldas.

Bajé la cabeza y apreté la tiza con tanta fuerza que se partió en dos, dejando un rastro de polvo blanco en mis manos.

En ese momento entendí que, para el resto del mundo, mi valor dependía de unos números que yo no comprendía.

A las seis de la tarde, la escuela se convierte en un cementerio de ecos.

El cielo se había teñido de un naranja sangriento, anunciando el final del día.

Yo estaba sentado en el bordillo de la acera, justo frente al portón principal que ya había sido cerrado con candado.

Vi pasar a un perro callejero.

Se detuvo un segundo a olfatear una piedra y luego siguió su camino con paso decidido.

Sentí una envidia profunda.

Incluso ese animal sabía a dónde pertenecía.

Yo, en cambio, solo esperaba.

Esperaba que alguien recordara que un niño de seis años aún no había vuelto a casa.

—¡Cielo santo!

¿Todavía aquí, pequeño?

La voz de Sumi, la mujer encargada de la limpieza, rompió el silencio.

A su lado estaba Hiro, el conserje.

Sus rostros, arrugados y cansados, eran las primeras miradas de ternura que recibía en todo el día.

Sumi se quitó su abrigo y me envolvió con él.

Olía a jabón y a hogar, un calor que no conocía en mi propia casa.

Hiro me ofreció un termo con té caliente y un pedazo de pan.

Comí en silencio, sintiendo cómo el líquido tibio me devolvía la vida.

—No te preocupes, Arata —susurró Sumi acariciando mi cabello—.

Mañana será un día mejor.

Esa noche, mientras caminaba hacia mi casa bajo la luz de las farolas, aprendí una verdad amarga que me acompañaría siempre: las manos que te cuidan no siempre son las que te dieron la vida.

A veces, la familia se encuentra en los pasillos vacíos de una escuela, en el corazón de dos extraños que deciden que no eres invisible.

Al llegar a mi habitación, no encendí la luz.

Me senté en el suelo y con un trozo de tiza robada, dibujé en la pared detrás de mi cama.

Dibujé a un guerrero con alas, un salvador que me protegería de los gritos y del silencio de mis padres.

Si nadie iba a rescatarme, tendría que dibujarme a mi propio héroe.

“¡Hola!

Esta es mi primera historia en Webnovel.

Si te gusta el viaje de Arata, por favor añádela a tu biblioteca (Library) para no perderte las actualizaciones diarias.

¡Tus comentarios me ayudan a seguir dibujando este camino!” REFLEXIONES DE LOS CREADORES kazeStudio ¿Cuál es su idea sobre mi cuento?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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