Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 21 El Mural de los Ángeles Olvidados
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22: Capítulo 21: El Mural de los Ángeles Olvidados 22: Capítulo 21: El Mural de los Ángeles Olvidados La presión en mi pecho era insoportable.
Las paredes de mi casa, impregnadas de recuerdos de gritos y luces encendidas a medianoche, parecían cerrarse sobre mí.
Sin pensarlo, tomé mi cuaderno y salí a hurtadillas.
Me aseguré de que la ventana de Sara estuviera a oscuras; no quería ser visto, no quería ser “el lienzo de nadie” hoy.
Solo quería desaparecer.
Caminé sin rumbo por las calles frías, las mismas que alguna vez fueron peligrosas, las mismas que me vieron crecer solo con mis juguetes.
Mis pasos me llevaron bajo un viejo puente de concreto, un lugar donde el ruido de la ciudad se volvía un eco distante.
Me senté en una banca de piedra, pero mis manos temblaban demasiado para dibujar.
A pocos metros, un hombre envuelto en mantas sucias y con olor a alcohol dormía profundamente.
En lugar de sentir asco o miedo, sentí una punzada de nostalgia que me desgarró el alma.
Cerré los ojos y, de repente, ya no estaba bajo el puente.
Tenía seis años y estaba sentado en la acera.
—“Ten, Arata.
Este es para tu colección” —la voz ronca de Kasaka resonó en mi mente.
Me entregaba una caja de rompecabezas vieja.
Al abrirla, faltaban piezas y otras eran de un juego diferente.
Pero para él, era un tesoro, y para mí, era el único regalo que alguien se había dignado a darme sin juzgar mi rareza o mi silencio.
Luego, la imagen cambió.
Vi a Chande, sentado en la esquina del muro de mi casa, contándome historias con esa paciencia que solo él tenía mientras yo lo escuchaba embelesado.
Pero el recuerdo se tiñó de rojo.
El sonido de cinco disparos rompió la paz de mi baño matutino.
El pánico, el agua corriendo y el cuerpo de mi único amigo cayendo bajo las balas de quienes se creían dueños de la calle.
Recordé la última vez que vi a Kasaka.
Me dejó un juguete incompleto y se despidió con una sonrisa cansada.
Días después, el frío caló hasta los huesos, y la noticia llegó como un balde de agua helada: lo habían encontrado rígido, congelado por la hipotermia en una calle solitaria.
Las lágrimas empezaron a caer.
No eran lágrimas de desesperación, sino de un cariño puro y una nostalgia que me quemaba.
Me levanté y caminé hacia el hombre que dormía bajo el puente.
Saqué el poco dinero que llevaba y lo puse suavemente en su mano.
—Ten… gástalo en comida —susurré con la voz quebrada—.
Yo también sé lo que se siente que la sociedad te deje de lado.
Una chispa se encendió en mí.
Regresé a casa corriendo, ignorando el cansancio.
Entré en silencio, tomé mis latas de aerosol, mis mejores pinceles y mis pinturas más brillantes.
Eran las tres de la mañana.
Al salir, vi un movimiento en la cortina de al lado.
Sara estaba despierta.
Me vio salir cargado de cosas, con los ojos rojos pero decididos, y empezó a seguirme a distancia, oculta en las sombras.
Llegué a una pared gris y olvidada cerca de donde Chande solía sentarse.
Durante horas, mis manos se movieron solas.
Ya no era el Arata inseguro; era un canal de justicia para los olvidados.
Cuando el primer rayo de sol iluminó la calle, el mural estaba terminado.
Eran dos figuras inmensas.
Chande estaba sentado en su muro, rodeado de una luz dorada, y Kasaka sostenía un rompecabezas cuyas piezas, esta vez, encajaban perfectamente para formar un cielo estrellado.
Sus rostros no eran los de “borrachos”, eran rostros de reyes, de protectores.
Me desplomé frente a la pared, llorando y riendo al mismo tiempo.
—Gracias… —dije en voz alta, mirando sus rostros pintados—.
Gracias por enseñarme que, aunque el mundo te haga de lado, siempre hay que luchar.
Lamento no haber podido hacer nada por ustedes en aquel entonces, pero ahora… ahora el mundo sabrá que existieron.
A unos metros, escondida tras un poste, Sara observaba el mural.
Sus ojos, siempre cargados de una seguridad aterradora, estaban empañados.
Por primera vez, no miraba a Arata con obsesión, sino con un respeto profundo y doloroso.
Vio las lágrimas de un chico que no era débil, sino que cargaba con el peso de los que ya no están.
Sara bajó la cabeza, dejando que una lágrima corriera por su mejilla, entendiendo que el corazón de Arata era un lugar mucho más sagrado de lo que ella jamás imaginó.
💌 Nota de KazeStudio para los lectores: Este capítulo es el más especial que he escrito hasta ahora.
Está dedicado a dos amigos que ya no están con nosotros, pero que fueron fundamentales en mi vida.
En medio de la soledad, ellos me enseñaron con sus acciones que, aunque el mundo te vea de menos o te mire con rechazo, nunca debes dejar de intentarlo.
Chande y Kasaka, dondequiera que estén, este capítulo es para ustedes.
Gracias por haberme enseñado a luchar cuando nadie más lo hacía.
Gracias a todos los que siguen acompañando a Arata en este viaje emocional
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com