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Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 22 El Peso de la Dignidad
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23: Capítulo 22: El Peso de la Dignidad 23: Capítulo 22: El Peso de la Dignidad El amanecer tiene un brillo particular cuando dejas de ver el suelo y empiezas a mirar al horizonte.

Esa mañana, el sol entró por las rendijas de mis cortinas con una claridad que no recordaba.

Me quedé unos minutos acostado, escuchando el silencio de la casa.

El ardor en mi pecho, ese fuego sordo que me quemaba cada vez que pensaba en mi pasado o en la soledad de mi infancia, se había transformado en una calidez tranquila, como las brasas de una fogata que finalmente se está apagando.

Me levanté y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí el peso del mundo sobre mis hombros.

Bajé las escaleras y encontré a mi madre en la cocina, sumida en su rutina de siempre.

El aroma del café inundaba el espacio.

—¿Te sientes bien, Arata?

—preguntó ella, deteniéndose con la cafetera en el aire.

Sus ojos me recorrieron con una mezcla de sorpresa y duda.

Supongo que mi postura era distinta; ya no arrastraba los pies, ya no escondía las manos en los bolsillos.

Estaba ahí, presente.

—Sí, mamá.

Me siento…

ligero —respondí con una sonrisa pequeña pero real.

Desayunamos juntos.

No fue una conversación profunda, pero tampoco fue el habitual intercambio de monosílabos.

Hablamos del clima, de las tareas y de cosas triviales.

Era una tregua silenciosa en medio de la tormenta familiar.

Por primera vez, las paredes de la cocina no parecían estarse cerrando sobre mí.

Al salir hacia la escuela, el aire fresco me golpeó la cara.

No caminé ni media cuadra cuando sentí que alguien se emparejaba conmigo.

Sara.

Me tomó del brazo con esa familiaridad que antes me resultaba asfixiante.

Sin embargo, hoy su presencia no disparó mis alarmas.

Ya no me sentía como un cachorro acorralado por un depredador.

Simplemente éramos dos personas caminando hacia el mismo lugar.

Caminamos en silencio hasta que llegamos frente a la pared donde anoche había dejado mi alma.

Me detuve en seco y el corazón me dio un vuelco.

Al pie del mural, justo debajo de los rostros de Chande y Kasaka, alguien había dejado un par de ramos de flores silvestres y una pequeña vela roja que aún luchaba por mantenerse encendida.

No era una ofrenda elegante, pero era real.

Otros “olvidados” del barrio habían reconocido a sus ángeles.

Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.

Sentí una punzada de orgullo; mis amigos ya no estaban solos en el olvido.

Al ver mi reacción, Sara apretó más su agarre, pegando su hombro al mío en un gesto de apoyo que se sintió, por primera vez, genuino.

—Son hermosos, Arata —susurró ella, y por una vez, sentí que sus ojos no me analizaban, sino que compartían mi asombro—.

Tienes un don para encontrar luz donde otros solo ven sombras.

Al llegar a las puertas de la escuela, me despedí de ella con un gesto suave.

Entrar al salón ya no se sentía como entrar a una jaula de leones.

En el segundo recreo, Miki, Leo y Santi se acercaron a mi pupitre durante el descanso.

Ya no hablaban sobre mí a mis espaldas; ahora me incluían en el círculo.

—Oye, Arata, después de clases vamos a ir al centro comercial —dijo Leo, apoyándose en mi mesa—.

Queremos ver unas tiendas de ropa y quizás entrar al cine.

¿Te apuntas?

—Claro, me encantaría —respondí sin dudarlo.

El Arata de hace un mes habría inventado una excusa para encerrarse en su cuarto, pero este Arata quería vivir.

La jornada pasó volando entre libros y bocetos.

Al salir, el calor de la tarde era intenso.

Sara me esperaba junto a la entrada, recostada contra una palmera, viéndose tan impecable como siempre.

—¿Vamos a casa, Arata?

—preguntó, extendiendo su mano hacia mí.

—Hoy no puedo, Sara.

Voy a ir al centro comercial con los chicos —le expliqué con calma.

Esperé ver un rastro de molestia o ese brillo posesivo en sus ojos que tanto me asustaba.

Pero Sara simplemente amplió su sonrisa, una expresión que no supe si era de orgullo o de una nueva estrategia.

Se acercó rápidamente y me rodeó en un abrazo cálido que duró apenas unos segundos.

—Está bien, diviértete mucho.

Te lo mereces —dijo, antes de darse la vuelta y alejarse con su paso elegante.

Me quedé allí, un poco aturdido.

Sentí que el calor me subía a las mejillas y traté de recuperar mi máscara de indiferencia, aunque por dentro estaba confundido.

¿Realmente Sara me estaba dejando ir así de fácil?

Pero mi línea de pensamiento fue interrumpida bruscamente.

Una mano áspera y fuerte me tomó del cuello de la camisa, sacudiéndome y estrellándome contra el muro de la escuela.

Era Ken.

Su rostro estaba congestionado por la rabia, sus venas resaltaban en su cuello.

—Me debes una pelea, Arata —gruñó, acercando su cara a la mía hasta que pude oler su desespero—.

No creas que por pintar una pared estúpida te has vuelto alguien intocable.

Sigues siendo el mismo perdedor.

Hace apenas unos días, el miedo me habría paralizado las piernas.

Habría esperado el golpe con los ojos cerrados.

Pero hoy, la imagen de mis amigos del mural cruzó mi mente.

Chande y Kasaka no se rindieron ante la vida, y yo tampoco lo haría ante un matón de escuela.

Con un movimiento fluido y cargado de una seguridad que nació desde lo más profundo de mis entrañas, puse mi mano sobre la de Ken.

No apreté con odio, sino con una firmeza absoluta.

Lo empujé hacia atrás, obligándolo a soltarme.

Ken retrocedió dos pasos, sorprendido de que yo hubiera puesto resistencia.

—No te debo absolutamente nada, Ken —le dije, manteniendo mi voz baja pero firme, sosteniendo su mirada sin parpadear—.

Y no voy a rebajarme a tu nivel de nuevo.

Si buscas validación a través de los golpes, búscala en otra parte.

Yo tengo una vida que vivir.

A unos metros de distancia, Hana observaba la escena con una expresión indescifrable.

Quizás esperaba que yo la buscara con la mirada, que esperara su aprobación o que actuara para impresionarla.

Pero ni siquiera giré la cabeza hacia ella.

Su opinión, que antes era el sol alrededor del cual giraba mi mundo, ahora no era más que ruido de fondo.

Me di la vuelta, acomodé mi mochila y caminé hacia donde Miki, Leo y Santi me esperaban.

Ya no caminaba solo; caminaba con la frente en alto, dejando atrás a los fantasmas que ya no tenían poder sobre mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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