Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 2 El sonido del impacto
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3: Capítulo 2: El sonido del impacto 3: Capítulo 2: El sonido del impacto Hay momentos en la vida que se quedan grabados no por lo que vimos, sino por lo que escuchamos.
Yo todavía puedo oír el crujido de mis propios huesos y el eco de las risas que se apagaron de golpe.
Tenía once años, cursaba el sexto grado y el patio de la escuela era, para mí, un campo de batalla donde siempre terminaba rindiéndome antes de empezar.
Aquella tarde, el profesor de educación física decidió que jugaríamos fútbol.
Para la mayoría, era el momento más esperado del día; para mí, era una humillación programada.
—Muy bien, capitanes, elijan a sus equipos —gritó el profesor, haciendo sonar el silbato.
Me quedé de pie, en una esquina del grupo, tratando de hacerme pequeño.
Vi cómo mis compañeros eran elegidos uno a uno.
Los fuertes primero, luego los rápidos, después los que simplemente caían bien.
Al final, solo quedamos el césped, el aire y yo.
—¡Arata, ve con el equipo B!
—ordenó el profesor con un tono de fastidio, como quien asigna una carga pesada.
Mis “compañeros” soltaron un quejido unísono.
No era odio lo que sentía en sus miradas, era algo peor: indiferencia.
Para ellos, yo era un estorbo que les restaba posibilidades de ganar.
El partido comenzó y yo me limité a correr de un lado a otro, evitando que el balón me tocara.
Tenía miedo de fallar, de ser el culpable de una derrota.
Pero el destino tiene formas crueles de obligarte a participar.
En un contraataque rápido, vi el balón venir hacia mí.
El sol me deslumbró un segundo.
Escuché los gritos de mis compañeros: “¡Quítala!”, “¡Haz algo, inútil!”.
Sentí un empujón violento en mi hombro.
El mundo perdió su eje.
Mis pies resbalaron en el borde de la canaleta de concreto que rodeaba la cancha, un desnivel traicionero que nadie se había molestado en señalizar.
El impacto no fue como en las películas.
No hubo música dramática.
Solo fue el sonido seco de mi cabeza golpeando el borde de piedra y luego…
la oscuridad total.
Una oscuridad fría, silenciosa, donde por fin nadie me gritaba.
Cuando abrí los ojos, el techo blanco del hospital me devolvió una luz cegadora.
El olor a desinfectante se sentía como una aguja en mi nariz.
Intenté moverme, pero un dolor punzante en la parte posterior de mi cabeza me ancló a la almohada.
A mi lado, escuché un sollozo.
Giré la cabeza lentamente y vi a mi madre.
Estaba sentada en una silla de metal, con el rostro hundido entre las manos.
Sus hombros temblaban.
Era la primera vez en años que la veía llorar por algo relacionado conmigo.
—Mamá…
—susurré.
Mi voz sonaba como si viniera de una cueva lejana.
Ella levantó la vista.
Sus ojos estaban rojos, llenos de una mezcla de alivio y una culpa que no supo ocultar.
Se acercó y tomó mi mano con una fuerza que nunca le había conocido.
—Arata…
nos diste un susto de muerte —dijo con la voz quebrada—.
Los médicos dicen que tuviste suerte.
Unos centímetros más y…
No terminó la frase.
En ese momento, una idea oscura y retorcida se instaló en mi mente infantil: Tuve que romperme la cabeza para que me miraras.
Tuve que estar a punto de morir para que dejaras de ignorarme.
Esa noche, mientras ella dormía en la silla y yo miraba el goteo constante del suero, sentí una soledad más profunda que la del patio de la escuela.
Me di cuenta de que mi dolor era la única moneda que podía comprar la atención de mis padres.
Si el mundo solo me veía cuando sufría, entonces el sufrimiento sería mi único refugio.
Cerré los ojos, deseando volver a la oscuridad del impacto.
Allí, al menos, no me dolía el corazón.
(Este capítulo está basado en una experiencia real.
¿Alguna vez han sentido que solo los ven cuando están mal?) REFLEXIONES DE LOS CREADORES kazeStudio No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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