Arata: El Color de la Resiliencia - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 3 Mecanismos y mentes raras
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4: Capítulo 3: Mecanismos y mentes raras 4: Capítulo 3: Mecanismos y mentes raras Después del accidente, regresé a la escuela con una cicatriz escondida bajo el cabello y una sensación de que el mundo era un lugar demasiado ruidoso para mí.
El séptimo grado se sentía como una repetición de los anteriores, hasta que lo conocí a él.
Taku no era como los otros niños.
Mientras todos intentaban demostrar quién era el más fuerte o el más rápido, Taku se sentaba solo a observar hormigas o a desarmar bolígrafos.
Siempre llevaba consigo una botella de agua vacía, una de esas azules de la marca Aqua-kun, a la que trataba como si fuera un tesoro.
—Es mi compañera de viaje —me dijo un día, sin que yo le preguntara nada—.
La gente tira las cosas cuando cree que ya no sirven, pero ella todavía tiene historias que contar.
Yo lo miré con extrañeza, pero no con burla.
Por primera vez, alguien decía algo que me hacía sentido.
Yo también me sentía como algo que la gente quería tirar.
A mitad del trimestre, el profesor de ciencias anunció el proyecto final: una feria de inventos.
El salón se llenó de murmullos sobre volcanes de bicarbonato y maquetas de cartón.
Yo, por mi parte, no sabía qué hacer, hasta que Taku se acercó a mi pupitre.
—Tú dibujas cosas increíbles, Arata —dijo, señalando los márgenes de mi cuaderno llenos de engranajes—.
Yo sé cómo hacer que las cosas se muevan.
Si nos juntamos, podríamos crear algo real.
Acepté.
No por el proyecto, sino porque era la primera vez que alguien me pedía algo que no fuera “quitarme del camino”.
Pasamos semanas en su garaje.
Taku me enseñó el lenguaje de la electricidad: los cables positivos y negativos, el zumbido de los motores pequeños, el olor a soldadura.
Yo diseñé la estructura.
No era un simple juguete; era un mecanismo de poleas que, al encenderse, movía una pequeña figura de madera que intentaba escalar una montaña.
Era una metáfora de nosotros mismos.
El día de la feria, el gimnasio estaba lleno de padres y maestros.
Yo sentía que las manos me sudaban y mi timidez intentaba obligarme a esconderme debajo de la mesa.
Pero Taku estaba tranquilo, acariciando su botella de Aqua-kun.
Cuando el profesor llegó a nuestro puesto, Taku me hizo una seña.
Con el dedo temblando, presioné el interruptor.
Bzzzzzz.
El motor cobró vida.
Las poleas giraron con una precisión que ni nosotros mismos creíamos.
La figura de madera empezó su ascenso lento pero constante.
El profesor se ajustó las gafas, inclinándose para ver mejor.
Un grupo de compañeros que siempre se burlaban de mí se acercaron, guardando un silencio que nunca les había conocido.
—Esto es…
fascinante —murmuró el profesor—.
La ingeniería es básica, pero la ejecución y el diseño son de una mente superior.
Gran trabajo, Arata.
Gran trabajo, Taku.
Por un segundo, el gimnasio desapareció.
Ya no era el niño que se cayó en la canaleta, ni el que no sabía sumar en la pizarra.
Era Arata, el creador.
Al salir, Taku me dio un golpe suave en el hombro.
—Te lo dije.
Somos los raros, Arata.
Y los raros somos los que hacemos que el mundo se mueva.
Esa tarde, caminando a casa, el cielo no me pareció tan gris.
Tenía un amigo, tenía un motor en la mochila y, por primera vez, tenía la sensación de que mi mente no era un defecto, sino un refugio que otros empezaban a respetar.
Lo que no sabía era que el respeto de los demás a veces tiene un precio que no todos estamos dispuestos a pagar.
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