ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capitulo 10 Solo un Poco
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10: Capitulo 10: Solo un Poco 10: Capitulo 10: Solo un Poco El amanecer se derramaba sobre los tejados de Vel’Saar como un velo dorado.
Las calles, usualmente grises y somnolientas, hoy hervían de murmullos y pasos.
Caravanas de forasteros llegaban desde las aldeas vecinas; todos querían presenciar la Prueba de Selección del Colegio de Magos, el día en que unos pocos afortunados serían admitidos en la senda arcana.
Los estandartes de la Torre de la Estrella Iluminada ondeaban en lo alto de las murallas del colegio, sus hilos de plata reflejando el sol.
En el patio principal, un espacio amplio de piedra blanca y columnas antiguas, se habían dispuesto decenas de sillas, mesas de registro y un pequeño estrado con símbolos rúnicos que vibraban débilmente bajo la luz matinal.
Dos figuras destacaban entre la multitud: los representantes enviados por la Torre.
Ambos llevaban túnicas impecables de color gris profundo, ribeteadas con bordes dorados.
El mayor, un hombre de unos treinta años, lucía en el pecho un broche de mithril verde con la forma de un pequeño frasco grabado: el emblema de un Destilador Verde, Grado III, maestro en el control de reacciones alquímicas simples.
A su lado, el más joven —de rostro sereno y mirada aguda— ostentaba un broche de obsidiana líquida, labrado con un triángulo doble entrelazado, símbolo del Sintetizador, Grado IV, aquel que une sustancias opuestas y les da equilibrio.
Ambos eran miembros de la Torre de la Estrella Iluminada, además Ambos llevaban no sólo la túnica de cuarto grado, sino el broche gremial: alquimistas certificados —uno de tercer peldaño, otro de cuarto—, rareza muy respetada en Qaelum.
Y su sola presencia bastaba para llenar el lugar de solemnidad.
A unos metros de distancia, Vasir observaba la escena con calma.
El bullicio no lo distraía; sus ojos recorrían los estandartes, las runas del suelo, los gestos nerviosos de los aspirantes.
Todo le parecía tan… frágil.
“En mi tiempo, estas pruebas eran ritos de sangre y fuego —pensó—, no simples juegos de chispas.” Buscó el lugar donde debía entregar su permiso para participar.
Una fila serpenteante lo esperaba.
Avanzó sin prisa, pero no tardó en notar la sombra que se interpuso frente a él.
—¡Oye, mocoso!
—una voz áspera lo empujó del hombro.
El muchacho que lo había hecho era alto, unos quince años, cabello corto y expresión arrogante.
Llevaba una túnica nueva, probablemente prestada.
—Aparta, no estorbes —dijo mientras ocupaba su lugar en la fila, desplazando a Vasir sin mirarlo.
Vasir exhaló despacio.
No valía la pena causar un escándalo antes de la prueba.
El joven habló con su acompañante, inflando el pecho con orgullo.
—Este año será distinto —decía en voz alta para que todos lo oyeran—.
El año pasado me traicionaron los nervios, pero ahora… ahora domino el fuego.
¡Mi comprensión es la de un maestro!
Vasir arqueó una ceja.
Una breve risa, casi imperceptible, se le escapó.
El muchacho lo oyó y giró con desdén.
—¿De qué te ríes, renacuajo?
—De nada —respondió Vasir con una sonrisa tranquila—.
Solo me parece curioso que los nervios decidan quién es o no un maestro.
El otro soltó una carcajada burlona.
—¿Y tú qué sabrás de magia, insecto?
Dime entonces, ¿de dónde se origina el fuego?
Vasir bajó un poco la mirada, como si lo pensara, y dijo con suavidad: —De cualquier lugar… si sabes mirar.
Del sol, de las estrellas, del reflejo de una lámpara o incluso del pulso de una emoción.
—¡Bah!
—rió el joven—.
Palabrerías de un mocoso sin núcleo.
No me hagas perder el tiempo.
La fila avanzó, lenta, sofocada por el bullicio y los murmullos de los aspirantes.
Cuando llegó el turno de Vasir, el examinador tomó su documento con gesto mecánico… pero en cuanto vio el sello, su rostro cambió.
Giró el permiso bajo la luz, lo observó con detenimiento, palpando los relieves del emblema dorado.
Era un sello circular con una runa central de fuego cruzada por un trazo de plata.
No pertenecía a ninguna oficina local ni a los archivos del colegio.
—Un momento… —dijo el examinador, alzando una ceja—.
Este sello no es de los nuestros.
Levantó la voz apenas.
—Nombre completo.
—Drakmag Corvenant —respondió Vasir con serenidad.
El hombre repitió el nombre en voz alta, sin intención de hacerlo resonar tanto, pero su tono fue suficiente para que la fila completa lo oyera.
—Drakmag… Corvenant —repitió, frunciendo el ceño.
Luego, tras una pausa incómoda, añadió con rigidez—: Espera aquí.
Necesito confirmar la validez de este documento.
El examinador se alejó con paso apurado, sosteniendo el permiso entre los dedos con el cuidado de quien teme quemarse.
Apenas se perdió entre los corredores del patio, una risa seca brotó detrás de Vasir.
Era el mismo muchacho que lo había empujado antes.
—Corvenant… —repitió el joven, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida—.
Ahora lo recuerdo.
Tu padre tenía esa tienducha de alquimia, ¿no?
—Su tono rezumaba burla—.
Apenas era un Recolector de Esencias de segundo grado… un don nadie.
Su compañero soltó una carcajada.
—Vaya suerte la tuya —prosiguió el primero—.
Un padre mediocre y muerto, un negocio en ruinas, y ahora un hijo falsificando permisos para entrar a la Torre.
¿O acaso el examen incluye mendicidad mágica este año?
Vasir lo observó en silencio, con esa calma antigua que en otro tiempo había hecho temblar a reyes y demonios.
El joven, envalentonado por la falta de respuesta, dio un paso más.
—Aunque pensándolo bien… quizás el sello sea auténtico —dijo con tono fingidamente reflexivo—.
Tal vez la Torre solo necesitaba bufones para entretener a los arcanistas.
El aire entre ambos se volvió denso.
Vasir, sin mover un solo músculo, dejó que el muchacho hablara hasta vaciarse de voz.
Luego desvió la mirada, como si aquel insecto verbal no existiera.
Poco después, el examinador regresó, acompañado por otro hombre de túnica oscura y bordes plateados.
Ambos se acercaron en silencio.
El primero extendió el permiso al niño y, con una leve inclinación de cabeza, habló con una voz ahora cargada de respeto: —Joven Drakmag Corvenant, disculpe la espera.
Puede pasar.
El muchacho que se había burlado lo miró sorprendido.
Jamás había visto a un examinador hablar así a un aspirante, y menos a un niño.
Vasir asintió en silencio, tomó el permiso y caminó hacia la zona de pruebas.
El examinador lo siguió con la mirada.
En su mente, el eco de la conversación reciente resonaba con peso.
Había consultado el sello con un superior de rango alto… y la respuesta fue clara: “El documento es auténtico.
No hagas preguntas.
Permítelo pasar.
Y no menciones el sello.” Aquel permiso, según los registros sellados, había sido emitido bajo orden directa de la Torre de la Estrella Iluminada.
Nadie debía saberlo.
Comprendió que lo más prudente era guardar silencio; en asuntos de la Torre, las palabras de más solían costar carreras… o vidas.
Mientras tanto, Vasir avanzaba entre las miradas curiosas.
Cada paso resonaba como un golpe de reloj dentro del patio.
No necesitaba decir nada.
Los murmullos morían a su paso, y los ojos del muchacho que antes lo había humillado ahora se llenaban de una confusión, tragó saliva, incómodo.
La mueca arrogante se le había borrado por completo, pero aún intentó recuperar su aplomo.
En eso se escuchó la voz del prime examinador—Cada uno debe concentrar su maná y encender la vela colocada a cuatro metros de distancia.
Solo fuego elemental directo.
No se permiten catalizadores ni encantamientos.— El aire se llenó de tensión.
Uno a uno, los jóvenes extendían las manos, cerraban los ojos… y fallaban.
Algunas velas ni siquiera temblaron.
Otros lograron apenas una chispa.
El calor de la frustración era palpable.
Cuando llegó el turno del muchacho arrogante, este tragó saliva.
Reunió su maná con torpeza, las venas del cuello marcándose mientras el sudor le corría por la frente.
Un destello rojo brotó de sus dedos; la vela titiló… y finalmente ardió, vacilante, hasta quedar encendida.
El joven alzó la cabeza, jadeando, y sonrió satisfecho.
Luego se giró con lentitud hacia Vasir, mirándolo con burla.
—Veamos si tú puedes hacer siquiera eso, niño.
Vasir caminó hasta su posición.
Colocó ambas manos al frente, relajadas.
Durante un instante pareció no hacer nada.
El examinador, confundido, abrió la boca para decir algo, pero entonces el aire cambió.
Una corriente invisible recorrió el patio; la temperatura descendió apenas… y luego el calor brotó de repente, intenso y perfecto.
Sin pronunciar palabra, Vasir elevó un leve flujo de maná.
La vela, a cuatro metros, se encendió en un estallido puro… y se consumió por completo en un segundo, dejando tras de sí solo un hilo de humo azul.
El silencio cayó sobre el lugar.
El examinador lo observó con la boca entreabierta.
El muchacho, petrificado, aún sostenía su pequeña llama entre los dedos.
Vasir bajó las manos despacio y, sin mirar a nadie, susurró para sí mismo: —Solo un poco.
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