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ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 La primera prueba
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11: Capítulo 11: La primera prueba 11: Capítulo 11: La primera prueba El eco de los pasos resonaba por los pasillos del colegio mientras los aspirantes eran conducidos al interior.

De los cientos que habían comenzado la selección, apenas quedaba una cuarta parte.

Los demás habían sido descartados sin gloria, como brasas apagadas antes del amanecer.

El recinto al que ingresaron era un salón amplio, con muros de piedra oscura cubiertos de tapices arcanos.

En el centro, de pie junto a un atril de madera vieja, los esperaba un hombre de barba frondosa y mirada severa.

Llevaba una túnica de mago de tercer grado, el símbolo circular del Concilio bordado en plata sobre su pecho.

—Bienvenidos —dijo con voz grave, que resonó en el recinto—.

Desde este momento serán divididos en cuatro grupos.

Cada grupo tomará una nueva prueba en una parte distinta del colegio.

Un murmullo recorrió a los jóvenes.

Uno de ellos, alto y con aire arrogante, levantó la mano.

—Disculpe, maestro —dijo en tono altivo—, pero…

¿no era suficiente la prueba de la vela?

Hasta donde sé, en años anteriores bastaba con eso para ingresar.

Yo pasé la prueba.

Por lo tanto, según las normas tradicionales, debería ser aceptado.

El mago lo observó en silencio unos segundos, arqueando las cejas.

—¿Tu nombre?

—Arien Trevor —respondió el chico, inflando el pecho—, de la familia Trevor.

Mi tío es miembro del colegio, mago de tercer grado en el círculo de estudio elemental.

Un par de risas se escaparon entre los presentes.

El mago asintió despacio, como recordando algo.

—Trevor, ¿eh?

—murmuró con ironía—.

No es de extrañar esa gran boca…

debe ser herencia de la familia.

Las risas se multiplicaron.

Arien bajó la cabeza, su orgullo hecho trizas.

El mago retomó la palabra, esta vez con tono más serio.

—Es cierto, muchacho.

En años anteriores, una sola prueba bastaba.

Pero este año, las reglas han cambiado, el mago hizo una señal como los dedos y en ese momento, los magos de rango menor pertenecientes al colegio, les abrocharon un brazal de hierro con cuatro ranuras vacías.

Al cerrarse la traba, el metal pareció soldarse, era imposible quitárselo.

Se acomodó la túnica y su voz se volvió más solemne.

—Todas las escuelas de magia del continente, guiadas por las cinco Torres, han recibido por acuerdo de los rectores de las torres, el ‘Cónclave de Qaelum’, la orden de que… A partir de este ciclo, los exámenes serán cinco.

Un silencio denso llenó el salón.

—El encendido de la vela no era una prueba de admisión, sino un tamiz.

Una criba para separar la paja del trigo.

Los rostros jóvenes se crisparon.

Se oyeron susurros: —¿ el ‘Cónclave de Qaelum’?

—dijo uno.

—Eso es imposible…

ellos nunca se ponen de acuerdo —murmuró otro.

Vasir escuchaba en silencio, con la mirada baja.

Las palabras se repetían en su mente como fragmentos de un viejo manuscrito: el ‘Cónclave de Qaelum’…

cambio de examen…

todas escuelas.

Era algo más que un simple cambio académico.

Un plano, pensó.

Solo los planos podían alterar el orden de las escuelas y mover a las Torres.

Rasgaduras dimensionales que conectaban mundos lejanos, cargados de energía, minerales y vida desconocida.

En su tiempo, esos planos eran ya materia de estudio histórico; las incursiones se hacían desde laboratorios, con tecnología y anclas rúnicas.

Pero allí…

en ese pasado…

los magos aún debían entrar físicamente, arriesgar sus vidas para traer un fragmento de esos mundos.

Un plano de tamaño medio, calculó mentalmente.

Debe ser reciente.

Inestable.

Pero…

¿para qué usarían aprendices tan inexpertos?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz joven.

—Por aquí, por favor —dijo un hombre de aspecto tranquilo.

Llevaba un pendiente de mithril, con una runa doble grabada en forma de círculo entrelazado: un Armonizador de Maná, Grado III.

El grupo que incluía a Vasir lo siguió por un pasillo estrecho hasta una puerta metálica.

Al abrirla, una oscuridad total los envolvió.

Ni la luz de las antorchas penetraba en aquel lugar.

—En este cuarto —dijo la voz del encantador— hay escondidas diez esferas de plata.

Quienes las encuentren pasarán la prueba.

Y la puerta se cerró.

La oscuridad era absoluta.

Uno de los jóvenes intentó conjurar una chispa de fuego, pero el hechizo se disipó antes de nacer.

Otro trató de usar el viento para sentir los objetos…

era imposible, al parecer el maná del lugar era inestable.

Las respiraciones se mezclaban, ansiosas, los murmullos se volvían torpes, y el aire pesado.

Vasir permaneció inmóvil mientras la oscuridad lo devoraba todo.

Su respiración era calma, el pulso constante.

Dio un paso, luego otro, dejando que sus sentidos se abrieran al flujo del maná ambiente.

El aire en aquel cuarto no estaba muerto.

Vibraba.

Rozó con los dedos el suelo y luego la pared; las partículas de maná se agitaban, ligeras, formando patrones que solo un ojo entrenado podía percibir.

Había una interrupción en el tejido arcano: una secuencia circular de energía flotante, como una red suspendida entre la materia y el vacío.

—Glifos de confluencia mínima…

—murmuró apenas.

Reconocía la estructura.

Eran runas de enlace, propias del segundo período de estudio rúnico: líneas que absorbían la luz y la devolvían como reflejos difusos.

Con un leve giro de muñeca, cambió el punto de flujo en una de ellas, desplazando la corriente de maná hacia el extremo contrario.

El resultado fue inmediato: el aire se rasgó con un destello tenue, y una franja de luz emergió como si una cortina invisible se alzara.

En la esquina recién revelada, una pequeña esfera de plata reposaba inmóvil.

Vasir la observó con la atención de quien mira un secreto conocido.

Aquello no era una simple esfera eran objetos encantados por resonancia armónica.

Cada esfera, al activarse, buscaría naturalmente la fuente de maná más estable y densa dentro del recinto.

Era una prueba doble, dedujo.

Glifos y atributos mágicos.

Los demás, sin saberlo, se esforzaban en vano cogiendo las esferas ya que estas viajarían hacia quienes poseyeran núcleos más grandes o maná más puro.

Si él no hacía nada, la prueba se alargaría indefinidamente; nadie allí tenía la comprensión suficiente para desactivar todos los sellos y encontrar las esferas.

No deseaba revelar demasiado, si las esferas se activaran y sintieran la magnitud de su maná, no pasaría inadvertido.

Cerró los ojos.

El flujo dentro de su pecho cambió de ritmo.

Comprimió su núcleo hasta reducirlo a una fracción, forzando su densidad y ajustando la frecuencia de vibración del maná hasta un rango casi imperceptible, con eso estaba seguro de que si presencia mágica se diluiría como una gota de tinta en el agua.

Entonces, con pasos medidos, se desplazó a lo largo del muro.

Cada vez que modificaba una runa, la estructura completa del glifo respondía, girando sus líneas internas como un reloj de luz.

Uno a uno, los sellos fueron cediendo, deshaciéndose en hilos plateados que revelaban nuevas zonas iluminadas que apuntaban a la esferas.

Desactivó cinco en total.

No más.

Con eso bastaría para liberar la sala y evitar levantar sospechas.

El resto de los aspirantes, sin comprender lo que sucedía, corrieron hacia las luces que aparecían.

Las esferas se podían ver, brillando bajo un resplandor incierto, mientras Vasir permanecía quieto en medio del caos, invisible entre el ruido y la ambición ajena.

La penumbra comenzó a disolverse.

Alguien, al fondo, exclamó: —¡Son glifos!

Los que conocían de runas se dispersaron, intentando comprender el tipo de runas que se usaban.

Media hora después, toda la sala estaba bañada en una luz suave.

Las diez esferas habían sido tomadas.

El encantador entró al recinto.

—Bien —dijo con voz firme—.

Aquellos que tengan las esferas, colóquenlas sobre la mesa.

Los muchachos obedecieron, sonrientes, algunos riendo por lo bajo.

Las diez esferas relucieron bajo la luz mágica.

Entonces el joven del pendiente alzó la mano.

—Ahora…

la prueba ha terminado.

Las esferas temblaron.

Luego, una a una, comenzaron a elevarse sobre las cabezas de los verdaderos elegidos.

Primero cuatro…

luego seis más.

El encantador dio un paso atrás, atónito.

Las primeras cuatro giraban sobre algunos de los aprendices que habían podido desactivar los glifos.

Pero las otras seis…

Se movían lentamente, flotando en círculo sobre un único niño de cabellos oscuros y ojos profundos.

Vasir.

—¿Cómo…?

—murmuró el encantador, incapaz de comprender, ¿hay algún daño en el encantamiento?.

Sacó una pequeña esfera dorada de entre sus ropas.

Esta se elevó, uniéndose a las demás.

Brilló intensamente, comprobando la sincronía de energía.

No había error.

—Todo correcto…

—susurró, desconcertado— no hay fallas.

Su mirada volvió al niño.

En aquel instante comprendió que lo que había ocurrido no era un error, sino algo que parecía imposible.

En el brazal de aquellos jóvenes se encendió una de las ranuras.

De los más de cien aspirantes que iniciaron la prueba, solo cinco habían pasado.

El silencio que siguió fue absoluto

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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