ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Segunda prueba
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12: Capítulo 12: Segunda prueba 12: Capítulo 12: Segunda prueba La primera prueba había terminado, pero el descanso duró poco.
Del grupo de Vasir, solo cinco aspirantes habían pasado.
En los demás recintos, los números eran mayores: entre diez y quince en cada uno.
Mientras seguían al encantador, las seis esferas aun revoloteaban sobre Vasir, los otros examinadores los observaron con curiosidad.
—¿Solo cinco?
—preguntó uno, incrédulo—.
Ragnar, ¿tus aparatos están fallando?
El hombre rió con cierto nerviosismo, rascándose la cabeza.
—Difícil de explicar —respondió, lanzando una mirada fugaz hacia Vasir—.
Luego, alzando la voz, añadió: —¡Eh, chico!
¿Cómo te llamas?
—Drakmag Corvenant —dijo Vasir, tranquilo.
Ragnar asintió con una sonrisa cansada.
—Bien.
Ahora están en manos de Fredus.
De entre los examinadores se adelantó un hombre corpulento.
No llevaba túnica, sino una armadura ligera de cuero reforzado con placas metálicas.
Su rostro curtido tenía el aire de un veterano.
En la espalda, una espada de dos manos descansaba como si fuera parte de su cuerpo.
—Así que estos son los míos —dijo con voz grave.
Sonreía, pero había algo amenazante en esa expresión—.
Como dijo Ragnar, están en mis manos.
Se juntaron todos los grupos siguiendo a Fredus, este los llevó hacia uno de los patios aledaños.
Allí, una pared colosal se alzaba frente a ellos, tan alta que su cima se perdía entre los muros del colegio.
La superficie era lisa, sin grietas ni relieves, hecha de un material metálico que reflejaba la luz en tonos azulados.
Fredus se detuvo frente a ella, se cruzó de brazos y habló: —Solo diré una cosa: en esta prueba hay dos banderas, allá arriba.
—Señaló el extremo más alto del muro—.
Tienen tres horas para traerlas.
Luego se sentó en el suelo, de piernas cruzadas, como si nada de aquello le importara.
Su sonrisa se ensanchó.
Los cincuenta aspirantes se miraron entre sí, tensos.
Al primer grito de uno de ellos, todos corrieron hacia la pared.
Intentaron escalar, pero era inútil: la superficie era tan lisa que ni el polvo se adhería a ella.
Un mago de segundo grado extendió las manos, conjurando un hechizo de moldeado de tierra.
Bajo sus pies, el suelo se alzó formando una escalera rocosa que crecía con rapidez.
Apenas comenzó a subir, Fredus abrió un ojo.
Sin moverse de su sitio, tomó una piedra del suelo y la lanzó.
La roca silbó en el aire.
En un instante, se transformó en un proyectil letal que golpeó al joven de lleno, derribándolo.
La escalera se desmoronó tras él.
El impacto dejó un silencio helado.
Aquel ataque había sido magia de viento.
Vasir lo supo al instante: Fredus había modificado la presión del aire en torno a la roca, reduciendo la resistencia atmosférica y cortando sus bordes con microondas de viento comprimido.
El chasquido seco del aire al cerrarse detrás de la roca confirmó la compresión: golpe de presión, no sólo fuerza bruta.
Un solo movimiento, un cálculo perfecto: la piedra viajó como un proyectil de metal, sin sonido, con una velocidad casi supersónica.
Control de presión, corte de fricción, desplazamiento laminar…
Era un nivel de dominio que solo un mago experimentado en combate podía exhibir.
Los demás aspirantes retrocedieron con cautela.
Fredus volvió a cerrar los ojos y habló sin levantar la voz: —No dije que no pudieran usar magia.
Pero si su magia no puede soportar la mía, tampoco merecen subir.
Vasir lo comprendió enseguida: no se trataba solo de alcanzar las banderas.
Era una prueba de defensa mágica y estrategia, de resistir los ataques mientras buscaban la forma de ascender.
Las horas avanzaron.
Los grupos formaron alianzas improvisadas.
Crearon muros de tierra, escudos de hielo, defensas de viento.
Cada combinación terminaba igual: destruida.
Los proyectiles de Fredus caían como relámpagos, atravesando las barreras mágicas con una fuerza descomunal.
A mitad de la segunda hora, un grupo coordinado logró acercarse al muro.
Habían erigido un escudo combinado de tierra y hielo en capas, reforzado con runas menores.
Uno de ellos alcanzó a tocar la primera bandera.
Pero en el mismo instante, un proyectil invisible lo golpeó en la espalda.
Cayó inconsciente antes de llegar al suelo.
Los intentos continuaron, cada vez más desesperados.
Fredus no se movía de su sitio.
Cada ataque suyo era exacto, cada defensa enemiga terminaba rota.
Cuando quedaban apenas veinte minutos, un joven mago de rango II, cuarto nivel, logró finalmente aferrar una de las banderas, sirviéndose de las defensas colocadas por otros magos, las usó como escaleras se movió de manera precisa entre los hechizos y esquivando uno de los proyectiles de Fredus lo consiguió.
El patio estalló en gritos y aplausos.
Pero también en resignación: solo quedaba una bandera, y el tiempo casi había terminado.
Fredus alzó la voz con tono burlesco, — al parecer hay algunos que no son tan débiles quedan diez minutos…
—anunció, y su mirada recorrió el campo devastado.
El ambiente se tensó.
Los aspirantes jadeaban, cubiertos de polvo y sudor; los hechizos se habían agotado, las estrategias rotas.
Nadie parecía tener fuerzas para un nuevo intento.
Hasta que un grupo de seis jóvenes, reunidos en silencio al borde del patio, intercambió una rápida mirada.
Sin decir palabra, comenzaron a conjurar.
El suelo tembló.
Una capa de tierra comprimida se alzó formando un canal ascendente.
Sobre ella, un segundo conjurador añadió viento direccional que giraba en espiral, mientras un tercero encendía el aire con fuego controlado, elevando la temperatura y creando una corriente ascendente.
El cuarto mago estabilizó la estructura con runas de anclaje, y los dos últimos usaron maná de enlace para compactar los hechizos en un mismo flujo.
Era una locura…
pero funcionaba.
El canal de viento ardiente se convirtió en una columna viva que empujaba hacia el cielo.
Fredus abrió los ojos.
—¿Qué demonios…?
—susurró, por primera vez sorprendido.
Uno de los jóvenes se impulsó dentro del canal, ascendiendo a gran velocidad.
Su silueta cruzó la mitad del muro, a pocos metros de la segunda bandera.
Por un instante, el patio entero contuvo la respiración.
El hombre corpulento suspiró y alzó una mano.
No conjuró palabras.
Solo movió los dedos.
El aire a su alrededor cambió de densidad.
Una presión brutal barrió el campo como un trueno.
Los vientos se comprimieron, retorciéndose en espiral hasta chocar contra la columna mágica.
El fuego se apagó, la tierra se desintegró, y el canal colapsó sobre sí mismo.
El joven cayó, ileso pero vencido, mientras los demás magos se derrumbaban exhaustos.
Vasir no se movió, El polvo en torno a sus botas formó un remolino mínimo, como si el aire respirara hacia adentro.
Fredus bajó la mano y volvió a sentarse, cruzando las piernas como si nada hubiera ocurrido.
—Buen intento —murmuró—.
Pero les falta un siglo de práctica.
Entonces levantó la vista al cielo y comenzó a contar con calma: —Diez…
nueve…
ocho…
siete…
seis…
cinco…
cuatro…
tres…
dos…
Entonces, algo destelló a un lado de su visión.
Un resplandor breve, una onda de aire, un cambio en la presión.
Fredus giró apenas la cabeza.
Creyó ver un parpadeo de luz junto al muro.
—Uno…
—susurró.
Frente a él, de pie, un niño lo observaba con calma.
En su mano, la bandera que faltaba.
Fredus se levantó lentamente, incrédulo.
Miró hacia lo alto del muro.
La otra bandera ya no estaba.
—¿Cómo…?
—balbuceó.
Vasir levantó la vista, sin sonreír.
—Cero —dijo con voz tranquila.
La cuenta regresiva terminó.
El silencio cayó sobre el patio.
Nadie había visto nada.
Nadie había comprendido cómo aquel niño había escalado una muralla imposible.
Fredus, sin embargo, lo sabía.
La forma en que el aire se había curvado, la vibración que aún flotaba en el ambiente…
Vasir había usado el mismo principio que su proyectil, pero invertido.
Había comprimido el aire bajo sus pies durante horas, almacenando presión en espirales invisibles, calculando el ángulo exacto y la fuerza necesaria.
Y, en el instante final, liberó todo en una ráfaga ascendente que lo impulsó con una velocidad imperceptible para el ojo humano.
No era magia que podía controlar un aprendiz.
Era una ecuación precisa, una técnica de alto nivel, algo imposible en esa era.
Vasir solo bajó la cabeza, guardando silencio.
Sabía que había mostrado demasiado.
De los cincuenta aspirantes, solo dos lograron obtener las banderas.
Y mientras los demás murmuraban, Fredus sonreía, impresionado.
Así que tú eras el de las seis esferas…
pensó.
El viento sopló suavemente entre los muros.
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