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ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 La tercera prueba
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13: Capítulo 13: La tercera prueba 13: Capítulo 13: La tercera prueba El eco del “cero” aún vibraba cuando Fredus levantó la mano.

—Todos han pasado— dijo él.

En aquel momento la segunda ranura del brazal de todos se iluminó.

El murmullo que siguió no fue de alegría, sino de desconcierto.

Los magos aspirantes se miraron entre sí; ¿cómo era eso posible?

sí, sólo dos habían bajado con banderas.

Fredus, sentado todavía con las piernas cruzadas, sonrió como quien disfruta una buena broma.

—Esta prueba no iba sólo de fuerza —dijo—, sino de estrategia.

No todos pueden ser tan hábiles como para coger ambas banderas… pero… sí pueden trabajar en equipo, eso es bueno cuando se enfrentan a algo que uno no puede superar, eso, en el mundo real, es la diferencia entre volver a casa o no volver nunca.

Las mejillas tensas se relajaron en sonrisas nerviosas.

Un revuelo de alivio recorrió el patio, se escucharon varias risas y vivas.

—No se acostumbren —añadió entonces, serio—.

Lo que sigue no perdona descuidos.

Varios serán descalificados… y algunos incluso podrían morir.

El silencio se cerró como una puerta de piedra sobre ellos.

Nadie se atrevió a replicar, ya más calmados, siguieron a Fredus hacia otro de los patios.

Allí en medio de aquel lugar una mujer indiferente los observo al llegar, no se presentó, su sola presencia acalló los murmullos.

Era hermosa, poseedora de una belleza limpia hechizante y cortante, con rasgos afilados y finos de piel como la seda en su rostro unos sutiles pómulos altos sonrosados con orejas sutilmente puntiagudas, era una semielfa.

La luz le marcaba los ojos de un verde profundo, casi líquido, el cabello color plata, dejo a todos sin palabras.

Llevaba la túnica de los magos del Grado IV era un Invocador del Flujo con un paño oscuro con bordes plata y, sobre el pecho, el emblema del flujo dividido, dos corrientes de maná entrelazadas formando un óvalo, en el cinturón, se observaba una placa rúnica con tres líneas que se abrían como abanico era el símbolo de quien separa su maná en reservas y las gobierna como dedos de una misma mano.

Fredus alzó una mano, amistoso.

—Siempre tan fría, Zerenide.

La semielfa inclinó apenas la cabeza; su mirada podía cortar cuero.

Fredus se rasco la cabeza, dio media vuelta y al pasar junto a Vasir, murmuró: —Buena suerte, chico— Zerenide dejó que su voz flotara.

Era suave y peligrosa, como un hilo de seda sobre la garganta.

—Escuchen— El aire vibró.

Varios bajaron las armas de improviso, otros dieron un paso al frente como si obedecieran un sueño.

Fue entonces cuando un susurro élfico rozó el oído de todos; no era palabra, era música.

La imagen del patio se arrugó como agua al viento.

El suelo cedió.

Y el desierto se levantaba por todos lados.

No había sombra.

El sol colgaba inmóvil como una enorme moneda en un cielo sin nubes.

Dunas inmensas ondulaban hasta perderse a lo lejos, los espejismos de agua temblaban y huían con el viento, la arena ardía el calor ahogaba.

—¿Teletransporte?

—preguntó alguien con voz rota— ¿Glifos?, nadie entendía nada.

—¿Dónde estamos?

—no se parece al desierto de Vel´Saar dijo uno de ellos.

Vasir ladeó la cabeza, miro al horizonte, se llevó la mano al mentón, —esto es divertido— dijo y se sentó, hundió los dedos en la arena y la dejó correr entre ellos como un reloj, los demás se movían en círculos; nadie había dado instrucciones.

Zerenide tampoco estaba.

Los de mayor rango intentaron lo obvio.

—Condensación —ordenó un muchacho, y levantó las manos para atraer humedad del aire.

Nada.

Su rostro palideció.

—No… no puedo acumular maná.

La noticia corrió como un incendio.

Uno a uno lo intentaron: fuego, viento, tierra, hielo.

Silencio.

El maná acudía, sí, pero se deshacía como humo en las manos.

Había un aplastamiento en la atmósfera, una negación invisible que apagaba el conjuro antes de nacer.

Todos se desesperaron al sentirse indefensos eran magos, pero sin mana no eran diferentes a una persona común.

El sol se movió.

La tarde cayó como un telón de cobre.

Algunos caminaron sin rumbo; otros improvisaron refugios con capas y bastones.

Un adolescente se detuvo junto a Vasir, al verlo jugando en la arena y dijo molesto: —Niño, ¿no entiendes la situación?

—escupió—.

No hay magia.

No sabemos dónde estamos, no tenemos comida ni agua.

Y tú… jugando con la arena.

Vasir lo miró y asintió una vez.

—Entiendo.

Volvió a la arena.

El otro chasqueó la lengua.

—Sin magia, eres sólo un niño —dijo, y se alejó.

El viento cambió.

La noche del desierto cayó de golpe, la temperatura se desplomó, un frio como el filo de una daga cortó las manos sudadas.

Las estrellas, enormes, parecían clavadas al firmamento.

Una fogata tímida fue prendida no gracias a la magia si no gracias al pedernal y hojas secas arrancadas de un manual; sobre ella, un grupo asó unas serpientes y escarabajos, compartiendo poco con otros en sus grupos.

A un lado, los seis que habían destacado en la prueba anterior se movían con una disciplina extraña en chicos de su edad.

Su líder, Kael Durnan, observaba en silencio al niño que jugaba con la arena.

Vasir deslizaba los dedos entre los granos, dibujando patrones breves que el viento borraba enseguida.

Parecía absorto, como si aquel desierto fuera un tablero invisible que solo él podía leer.

Kael entrecerró los ojos.

No puede ser casualidad… Recordaba con claridad el instante final de la segunda prueba: el conteo, la tensión, el momento en que aquel niño apareció de la nada con la bandera en la mano.

No lo había visto moverse, ni saltar, ni conjurar.

Simplemente estaba allí.

Nadie entendió cómo lo logró.

Un truco así no es suerte, pensó Kael.

Ese chico oculta algo.

Más tarde, cuando el grupo se reunió alrededor del fuego improvisado, Kael habló en voz baja.

—¿Recuerdan a ese niño, el de la bandera?

—dijo apuntando a Vasir con el dedo —¿Alguno vio cómo lo hizo?

—pregunto.

Ilya negó con la cabeza.

—Solo un destello —dijo—.

Como una sombra en el aire.

—Yo tampoco —añadió Rynn, pensativo—.

Pero tiene que haberlo calculado todo.

Taren, que afilaba un trozo de madera, comentó sin levantar la vista: —Eso o es un mentiroso con suerte.

—No lo creo —replicó Kael—.

Nadie pudo engañar a ese gorila Fredus con suerte.

Hubo un silencio.

Luego, Lira levantó la vista del fuego, su cabello rojizo brillando en la penumbra.

—Entonces deberíamos tenerlo cerca —dijo con una sonrisa astuta—.

Si guarda un secreto, tal vez nos sirva para salir vivos de esto.

Orven asintió en silencio, acomodando una venda en su brazo.

Kael se levantó, decidido.

Caminó hacia el niño.

—Drakmag, ¿verdad?

—preguntó al llegar.

Vasir levantó la vista y asintió con calma.

—Soy Kael Durnan.

Ven con nosotros esta noche —dijo, acomodándose el manto.

Vasir lo reconoció: era el que había tomado la primera bandera en la prueba del muro, el que avanzó cuando todos dudaron.

—Sé que eres un gran mago, pero ahora la magia no sirve.

Hay que sobrevivir.

El tono de su voz era firme, pero no hostil.— Ven con nosotros esta noche.

cómo te repito, Sé que eres un gran mago… pero ahora la magia no sirve.

Vasir lo observó unos segundos, como evaluando la intención detrás de la invitación.

Luego asintió una vez más y lo siguió.

El grupo de Kael era un mosaico de contrastes.

Ilya Rohen, maga de hielo, delgada y de piel pálida como sal cristalizada.

Llevaba el cabello recogido en una trenza apretada, adornada con una hoja seca de lirio azul —una planta que, según decían, resistía el frío y la sequía—.

Su túnica de Grado II nivel 4 era gris claro con bordes azulados, y en la cintura colgaba un pequeño libro de cuero, lleno de notas y fórmulas heladas.

Sus ojos, fríos y analíticos, parecían medir la temperatura del mundo.

Rynn Solmar, mago de viento, era alto y delgado, con el cabello color arena suelta y una sonrisa que parecía no apagarse nunca, incluso bajo el sol implacable.

Su túnica, de tonos verdes desvaídos, estaba sujeta por una cinta de lino y llevaba en el cinturón un abanico de plumas blancas, símbolo de su afinidad elemental.

En su muñeca, un hilo trenzado con fragmentos de cristal translúcido resonaba suavemente cuando se movía.

Taren Vahl, el rúnico, tenía el aspecto de un artesano más que de un mago.

Cabello oscuro cortado al ras, piel curtida y manos cubiertas de tinta seca.

Su túnica, marcada por el uso, mostraba pequeñas costuras reforzadas con hilo de plata.

Del cuello le colgaba una placa de piedra grabada con símbolos antiguos, y en el cinto llevaba una bolsa de cordones de la que asomaban tiza y cuchillos para tallar runas.

Sus ojos grises rara vez miraban a las personas; sólo a los trazos invisibles del mundo.

Lira Eseth, maga de fuego, era una llamarada de energía.

Cabello rojo intenso, suelto y algo salvaje; piel tostada, pecas, sonrisa desafiante.

De su cinturón colgaban tres amuletos circulares ennegrecidos, testigos de hechizos que alguna vez se encendieron demasiado.

En el cabello llevaba un alambre trenzado en espiral, usado antiguamente por los domadores de flamas para contener la energía.

Su túnica era corta, ceñida, con los bordes manchados de hollín.

Orven Thall, el sanador, bajo y corpulento, de cabello castaño oscuro y rostro amable.

Tenía manos grandes, fuertes, y en la muñeca un brazal tejido con fibras de cáñamo.

Su túnica de tonos tierra era sencilla, sin adornos, pero bien cuidada; llevaba una bolsa de cuero llena de hierbas secas y un pequeño bastón de madera pálida tallado con símbolos de restauración.

Sus ojos eran tranquilos, el tipo de mirada que uno recuerda después de un largo viaje.

En conjunto, parecían un grupo armado con nada más que determinación y juventud.Eran distintos, pero el instinto de supervivencia los unía.

Vasir caminó junto a ellos, escuchando más de lo que hablaba.

El fuego del campamento crepitaba, y en las brasas se reflejaban los rostros de seis jóvenes que todavía creían que al amanecer tendrían un camino claro.

Él sabía que no.

Esa noche en el grupo hicieron guardias por turnos.

Vasir no montó guardia; durmió como si estuviera en su propia casa, no había rastro de preocupación en él.

Los otros lo miraron anonadados.

Los gritos llegaron desde lejos, rasgados por el viento.

Una sombra corrió entre dunas y cuerpos: el Arenídeo de Dun-Har, escorpión de caparazón mineral, ojos lechosos y aguijón doble.

Una patrulla de cinco intentó hacerle frente con palos, cuchillos y piedras.

El primero golpe reventó un escudo de cuero como si fuera pan; el segundo lanzó a un chico de espaldas, clavado en la arena con el aire arrancado de los pulmones.

Resistieron lo que resiste un canto a la tormenta y Cayeron.

Al amanecer, el recuento era una bofetada, de casi cincuenta, quedaban treinta, el terror de las bestias del desierto había hecho su parte.

La mañana fue una fila de jadeos.

Los labios cuarteados buscaban agua que no existía.

El grupo de Kael se movió con orden.

Taren tensó cuerdas entre los bastones y usando unas capas logro improvisar sombrillas, Ilya y Lira recogieron insectos y raíces secas, Rynn inspeccionó la forma de las dunas, buscando señales de vida enterrada.

Vasir caminó con ellos, con las manos detrás de la cabeza, como jugueteando y marchando en silencio, en ese momento: El suelo tembló.

—¡Atrás!

—gritó Kael.

La arena estalló y emergió una bestia del tamaño de una carroza, de lomo acorazado, fauces anchas como palas y dos apéndices serrados que escarbaban y mordían a la vez.

Un Vorahund de Sal: criatura de desierto, ciega, había sido atraída por la vibración de pasos múltiples.

La primera embestida se llevó a un muchacho contra una duna; la segunda partió un bastón como si fuera paja.

Los magos despojados de sus hechizos pelearon como cazadores viejos: Kael clavó una estaca en la arena y la usó de palanca para desviar la roca; Ilya y Lira arrojaron telas al hocico del Vorahund, Taren, a dientes apretados, anudó cuerdas a los bastones y gritó para que tiraran; Rynn, a gritos, ordenó espaciar los pasos para romper el patrón que guiaba a la bestia.

Orven, mientras tanto, arrastró a los heridos fuera del círculo de muerte.

Vasir, en cambio, se movía con una calma que no pertenecía al desierto.

Se acercó al monstruo con paso medido, y un dedo apuntando al monstruo.

El Vorahund giró el cuerpo… y retrocedió.

Sus apéndices se crisparon, pero no atacó.

El niño avanzó un poco más.

De nuevo, la criatura reculó, raspando la arena con las patas traseras.

Era como si un instinto invisible la forzara a mantener distancia.

Los demás lo vieron, desconcertados.

Nadie dijo nada, pero el miedo en los ojos del Vorahund resultaba más perturbador que su furia.

Kael lo notó: ¿Por qué se aleja de él?

Vasir no miraba a la bestia, sólo la observaba con la atención de quien estudia un fenómeno natural.

En uno de sus acercamientos, el monstruo dio un salto lateral, huyendo del contacto, y tropezó con una depresión en la arena.

Fue un instante.

Kael gritó: —¡Ahora!

El grupo actuó sin pensar.

Taren lanzó las cuerdas hacia los apéndices, Ilya y Lira arrojaron piedras al mismo punto, y Orven empujó con toda su fuerza un madero astillado hacia el flanco del Vorahund.

La bestia, desequilibrada, cayó de lado; su caparazón se hundió parcialmente en la duna.

Kael aprovechó la confusión y clavó una estaca en la arena, haciendo palanca.

El Vorahund soltó un bramido gutural, alzó la cabeza y, tras un último espasmo, retrocedió con un salto de furia, hundiéndose de nuevo bajo la arena hasta desaparecer.

El silencio fue absoluto.

Sólo el siseo del viento rompía el aire cargado de polvo.

Rynn se limpió la frente, incrédulo.

—Retrocedió… —murmuró—, pero no por nosotros.

Kael lo miró sin responder.

Todos sabían a quién había evitado la criatura, pero ninguno quiso decirlo en voz alta.

Contaron cuerpos.

Cinco menos.

Quedaban veinte.

Algunos lloraron sin vergüenza.

Otros gritaron al cielo nombres que el desierto no devolvió.

Habían pasado poco tiempo juntos, pero la necesidad de supervivencia formo lazos muy rápido entre ellos, Varios recordaron, con un temblor nuevo, la frase de Fredus: pueden morir.

No era una amenaza.

Era una advertencia.

Caminaron.

El sol los castigaba implacable.

Cuando las piernas comenzaban a fallar, alguien señaló con un dedo tembloroso.

—¡Agua!

Allí estaba: un oasis colgando del horizonte, palmeras y espejo líquido respirando luz.

El ánimo subió como un ave que olvida el peso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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