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ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 El oasis del engaño
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14: Capítulo 14: El oasis del engaño 14: Capítulo 14: El oasis del engaño El desierto, por fin, se abrió como una herida azul.

Un oasis: palmeras altas, sombra prometida, el espejo de un lago tan quieto que devolvía el cielo sin una sola arruga.

Los restos del grupo —apenas una veintena— aceleraron el paso.

La lengua pegada al paladar, la arena en los párpados.

El alivio tenía forma de agua.

Entonces algo cruzó la superficie.

Fue un trazo de plata bajo el vidrio del lago, un contorno esbelto que emergió sin salpicar.

El rostro era hermoso y cruel; los ojos, de un verde profundo; del vientre hacia abajo, el cuerpo se quebraba en placas quitinosas bruñidas, como la armadura de un escarabajo sagrado.

Aletas membranosas en los costados, dedos largos de cristal húmedo.

—Nai’shaal —murmuró Vasir, apenas un pensamiento.

La Sirénide del Silencio sonrió.

Un aprendiz, desesperado, corrió hacia el agua.

Los demás intentaron sujetarlo, tarde: la criatura extendió una mano translúcida y lo tocó.

No hubo grito.

Hubo piedra.

El chico se fijó en su lugar con el cuerpo adelantado, una estatua de roca pulida que parecía hielo bajo el sol.

El reflejo del lago lo devolvía como un adorno grotesco a la orilla.

—¡Atrás!

—chilló alguien—.

¡No la toquen!

El esfuerzo fue inútil.

El hambre de agua vencía al miedo.

Otro cayó.

Y otro.

Las palmeras parecían aplaudir con frondas de vidrio mientras los cuerpos se transformaban en columnas pétreas, perfectas, sin una grieta.

El oasis devoraba sin sangre.

En un abrir y cerrar de ojos, quedaron diez.

El grupo de Kael —con Ilya, Rynn, Taren, Lira y Orven— se apostó tras una duna baja, mirando la orilla.

Tenían el pulso en la garganta.

—¿Qué es esa cosa?

—preguntó Lira, con la voz hecha astillas.

—No es… natural —dijo Ilya, helada, aunque el aire ardía.

Kael miró a Vasir.

—Drakmag, ¿tienes idea de lo que está pasando?

Vasir apartó la vista del lago.

—Sí.

Los chicos se quedaron inmóviles.

—Todo esto —dijo con la calma de quien da por sentado lo imposible— es una ilusión.

Incluso ustedes y yo… no estamos aquí.

Nuestros cuerpos no se han movido del salón de pruebas.

—¿Estás loco?

—espetó Taren—.

Sentimos el calor, la arena, el hambre… —Los sentidos se engañan con facilidad —replicó Vasir—.

La mente dirige al maná y el maná puede dirigir la mente.

La energía, memoria y sensación está aquí sujetas por glifos inexistentes.

Rynn escupió arena.

—Palabras.

Demuéstralo.

—Lo haré —dijo Vasir.

Se puso de pie, caminó hacia el lago con paso sencillo.

Kael hizo amago de detenerlo; se contuvo.

Nai’shaal emergió hasta la cintura, la mirada clavada en el niño.

El agua se curvó como si la sirénide fuera el eje del mundo.

Sonrió otra vez, como al principio, y estiró la mano.

No tiraré de mi núcleo —pensó Vasir.—.

Tiraré del suyo.

La ilusión tiene su propio pulso; si toco los glifos base, el oasis obedecerá.

La Nai’shaa, tocó a Vasir.

Y nada.

Ni piedra ni hielo ni temblor.

Nada.

La sirénide retiró la mano.

Sus pupilas se estrecharon.

Dio un paso atrás en el agua y, sin cantar, conjuró.

La superficie del lago se plegó en nueve círculos concéntricos.

El aire vibró con un sonido grave.

Nai’shaal llamó al agua desde el fondo y generó un vórtice ascendente: la columna líquida se alzó como un árbol invertido.

Dentro de ella, ondas de alta presión se comprimían y liberaban en pulsos —hidromancia de convergencia—; el flujo pasaba de laminar a turbulento, las crestas formaban cuchillas que cortaban el aire con silbidos.

El primer golpe cayó en diagonal hacia Vasir.

Vasir alzó la mano, sin prisa.

—Ven.

El desierto respondió.

La arena a sus pies se reunió como si tuviera memoria; granos y polvo obedecieron una compresión elemental, el maná residual de la ilusión, sacado de su inercia, empujó los granos y los soldó en frentes compactos.

Una ola de arena emergió como una muralla que avanzó con rugido cavernoso y chocó contra la columna de agua.

El impacto fue una campana.

Spray y polvo formaron un halo alrededor del niño y de la sirénide.

Los diez supervivientes retrocedieron con los ojos abiertos de par en par.

—No… no se podía usar maná aquí —susurró Orven sorprendido.

—No la tuya —dijo Kael, sin parpadear—.

La de él, sí.

Nai’shaal no titubeó.

Separó los brazos y el vórtice se dividió en dos hebras que giraron en sentidos opuestos; donde se rozaban, nacían chorros de cavitación, estiletes de agua que perforaban roca.

Los lanzó como una lluvia oblicua.

Vasir plantó una rodilla en la arena y reorientó el flujo, curvó la ola en espiral y generó contrapresiones a partir del rozamiento entre granos —una fricción amplificada por glifos de confluencia mínima, invisibles, dibujados con un gesto.

Las cuchillas reventaron contra el borde denso del torbellino arenoso y se partieron en niebla.

No estaba invocando poder propio… trenzaba el maná prestado de la matriz ilusoria, retroinyectando órdenes en sus glifos de contención; por eso el cielo parpadeaba y el día se deslizaba como un telón mal sujeto.

La lucha se volvió frenética.

El lago rugió, Nai’shaal llamó al fondo y aligeró el agua, expulsando impurezas hasta quedar transparente como cristal; cuanto más pura, más obediente.

La columna se afiló; un tajo líquido pasó a un suspiro del rostro de Vasir y cortó una palmera.

El tronco, al caer, quedó piedra pulida en el aire.

Vasir deslizó la ola bajo sus pies y la convirtió en tabla móvil; el borde delantero era una cuña compactada que devolvía la presión como espejo.

Rodó por la orilla, levantando dunas como si fueran mantos, y encerró a la sirénide en un anillo de arena.

Los granos se ajustaron entre sí, chirriando, hasta formar una cámara sin aire.

Nai’shaal cantó entonces.

No era voz: eran pulsos.

La arena vibró y se licuó por un instante; las paredes cedieron, el anillo colapsó, y una marea estalló desde el centro.

Vasir retrocedió una zancada; la ola de arena se quebró en dos y se recombinó en pilares.

—Imposible… —dijo Taren, fascinado y asustado a la vez—.

Está reconfigurando estructuras sin usar la matriz… —No usa su maná —murmuró—.

Está reescribiendo la ilusión.

Mueve la arena porque la ilusión dice que la arena debe moverse.

Las horas se hicieron elásticas.

La tarde se plegó sobre sí; la noche cayó y se retiró como una cortina, el día volvió con la misma indiferencia.

Cada embate desajustaba el telón del mundo.

Por momentos, el cielo tenía dos soles; por momentos, ninguno.

La orilla, los árboles, las estatuas de piedra: todo flaqueaba y se rompía en lienzos rasgados donde asomaba la nada.

Nai’shaal rompió el agua en hélices que giraban entre sí; en sus bordes nacieron sierras líquidas.

Las envió juntas, cruzadas, hacia el corazón de arena.

Vasir respondió elevando un domo granular: el frente externo, áspero, dispersó parte de la energía; el interno, liso y comprimido, devolvió el resto como rebote elástico.

Las sierras perdieron filo; el domo se abrió y crujió hacia delante como mandíbula.

El choque final llegó como silencio.

La sirénide, furiosa, tiró de todas sus reservas a la vez: el lago subió en muro, el aire se vació de sonido, la presión se volvió una.

Vasir, en espejo, sumó fuerza a su ola y cerró la estructura con glifos que no existían en esa era.

Agua y arena se encontraron en medio y, por un instante, el mundo dejó de resistir.

El desierto se rompió.

El oasis se plegó sobre sí como una hoja de papel ardiendo sin fuego.

El cielo cambió de color varias veces en un parpadeo; los troncos de las palmeras se volvieron líneas, las estatuas se deshicieron en polvo brillante.

La sirénide quedó congelada en un gesto de asombro; su cuerpo fue tinta corriendo hacia el borde del lienzo.

Eso era todo el truco en un mundo prestado, la ley es el trazo, y quien entiende el trazo, manda y todo cayó.

El suelo ya no era arena, sino piedra lisa; las paredes, el mismo salón del inicio.

Las antorchas ardían igual que antes.

En un brasero cercano, dos varas de incienso se habían consumido a la mitad, en tiempo real habían pasado apenas unos minutos.

Los aspirantes miraron a su alrededor como quien despierta en cuerpo ajeno.

Todos estaban allí.

Todos vivos.

Nadie era piedra; nadie sangraba.

El hambre y las ampollas quedaban lejos, como si pertenecieran a otro.

Vasir estaba de pie, calmado.

Zerenide —la semielfa de mirada glacial— no hablaba.

Pero miraba a Vasir.

Él la sostuvo con los ojos.

En los de la maga se encendió una pregunta, o quizá un reconocimiento.

Desvió la vista, dio media vuelta y salió del recinto sin decir palabra.

Los brazales de todos se iluminaron, se había marcado la tercera ranura.

Los demás seguían contando con los dedos, buscando nombres que temían haber perdido.

Murmullos, sollozos cortos, risas nerviosas.

El eco del desierto se fue disolviendo en el humo del incienso.

Kael encontró a Vasir con la mirada.

—Drakmag… —dijo.

Vasir no respondió.

Se sentó en silencio, como alguien que escucha todavía el ruido de la arena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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