ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 15
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15: Capítulo 15: La quinta prueba 15: Capítulo 15: La quinta prueba Cuando la semielfa Zerenide abandonó el patio, el murmullo se deshizo en un silencio expectante.
Del suelo de piedra emergió un círculo de líneas pálidas, como si alguien dibujara con cal viva desde abajo.
La arena de duelo se levantó en el centro del patio: un óvalo perfecto de piedra lisa, bordeado por columnas cortas con incrustaciones de cobre.
Desde el pórtico oriental avanzó una comitiva.
Primero, dos representantes de la Torre de la Estrella Iluminada con túnicas de cuarto grado; detrás, un grupo de magos del colegio con insignias de inspección.
Tomaron asiento a la derecha de los emisarios.
Un hombre de barba corta y pelo recogido, con túnica de mago de cuarto grado, dio un paso al frente.
—Halver Vorsk —anunció sin adornos—, subdirector del colegio como pudieron romper la ilusión… Se plantó al borde de la arena.
Su voz no necesitó amplificación para llegar a todos.
—La Quinta prueba.
Combates individuales.
—Señaló el cielo—.
Empezarán mañana al alba y podrán extenderse hasta por una semana.
Cada día se disputará un número fijo de duelos, de acuerdo al total de admitidos.
Tendrán diez minutos de prórroga para presentarse.
Pasado ese tiempo, descalificación automática.
Los rostros se crisparon.
Vorsk continuó imperturbable.
—Rendirse es válido.
Equipo mágico, pociones y runas, permitidos.
El patio estalló.
Gritos, protestas, chasquidos de lengua.
“¡Injusto!”, “¡Patrocinio!”, “¡Eso favorece a las casas ricas!”.
El subdirector alzó una mano.
Sobre el pecho de cada aspirante brilló un número; y sobre la cúpula del colegio, como escrito con luz, dos cifras gigantes separadas por un versus aparecieron y parpadearon un instante, probando la señal a kilómetros de distancia.
Vasír tenía en el Pecho en número 44.
—Son las reglas —dijo Vorsk sin elevar el tono—.
El que no quiera, puede retirarse ahora.
Nadie está obligado a seguir.
El ruido murió de golpe.
El subdirector añadió, casi con frialdad administrativa: —La prueba ya ha empezado.
Conseguir recursos y saber prepararse también se evalúa.
Volvió a su silla junto a los emisarios.
Uno de ellos —de los enviados de la Estrella— se inclinó hacia Vorsk.
—Cada año, más flacos —murmuró, sin apartar la vista de la arena.
—No es un año normal —respondió Vorsk—.
Las otras torres ya hicieron preparativos para su incursión planar.
Si no entran aprendices con recursos, no tendremos con qué sostenerlos.
—¿Y con qué los sostendremos dentro?
—dijo el otro emisario, seco—.
La torre no sangra cobre.
Vorsk no respondió.
Contaban con lo justo y con lo incierto.
Los aspirantes se dispersaron como una bandada asustada.
Corrieron hacia tabernas, pensiones, puestos de mercado.
Algunos ya llamaban a criados y corredores; otros, con la cara dura de los itinerantes, contaban monedas de cobre frente al sol.
Vasir observó el patio extinguirse y buscó a Kael y a los suyos.
Los alcanzó cerca de la salida.
—¿Qué harán?
—Estamos alojados en una taberna a dos calles —respondió Kael—.
Iremos al mercado de ingredientes.
Haremos lo que podamos.
Vasir asintió, se podía ver en el pecho sus respectivos números.
—Suerte.
—¿Y tú, Drakmag?
—preguntó Lira, con genuina curiosidad.
—Prepararme —dijo Vasir.
No añadió más.
Cruzó la puerta del colegio y tomó la calle del sur, donde el polvo olía a cuero y a viento.
Su sombra se alargó sobre los muros hasta que el camino se ensanchó ante la vieja mansión: umbral vencido, jardín quebrado, ventanas que parecían dormir de lado.
No necesitaba amuletos ni baratijas.
No quería llamar más la atención.
Un mago de grado I podía ocultarse bajo la apariencia de la debilidad.
Pero al día siguiente, la arena no perdonaría apariencias.
Pondría las manos en su propio núcleo.
Cerró la puerta principal, echó el cerrojo y descendió al sótano.
Encendió una lámpara de aceite; la llama dibujó círculos en el techo.
Se sentó en el suelo, con la espalda recta, y dejó que el silencio se colocara en su sitio.
Y así inició el ascenso.
Respiración de circuito.
Abrió los meridianos menores de las manos y de la lengua, llevando el maná en una órbita breve hasta el diafragma.
Para otro, aquello habría sido el trabajo de una semana: domar el temblor, estabilizar la presión, evitar jaquecas.
Vasir ajustó la frecuencia de su núcleo como quien afina una cuerda; en siete minutos, el flujo dejó de golpear y empezó a correr.
El aire vibró lo suficiente como para mover una telaraña invisible entre dos vigas.
Nivel 2.
Pulido del núcleo.
El maná bruto suele arañar las paredes del conducto; la mayoría lo acepta como “dolor de forja”.
Vasir giró el flujo en sentido contrario durante tres ciclos y luego lo trenzó en hélice.
La fricción bajó; la densidad subió.
Para un iniciado común, esto exige meses de ensayo-error, migrañas, vómitos.
Vasir conocía el atajo: cambiar el patrón de compresión y sincronizar con el pulso cardíaco solo cada cuarto latido, no en cada latido.
La luz de la lámpara vaciló.
Nivel 3.
Anclaje elemental simple.
En esta era, los aprendices aprenden a “tocar” un elemento desde fuera.
Vasir lo tomó desde dentro.
Comenzó por Geo: apoyó las palmas sobre la piedra del suelo y buscó la matriz: resistencia, grano, memoria.
No alzó un muro ni forzó cristales; apretó la estructura lo suficiente para oírla.
Un cosquilleo frío trepó por los antebrazos.
La piedra “pesó” distinto.
Siguió con Ventus: no sopló; abrió presión.
Derramó una gota de aire más denso en el centro de la sala y dejó que el resto cayera hacia él en gradiente.
La llama se inclinó sin apagarse.
Aqua: no llamó agua; condensó.
Tomó humedad de su propia respiración y la fijó entre los dedos índice y pulgar como una lámina transparente.
Pyra: no chasqueó; robó calor a la lámina y lo devolvió al aceite.
La mecha susurró.
Para cualquiera: un mes de tropiezos.
Para Vasir: una hora y un dolor sordo apenas tolerable detrás de los ojos.
Nivel 4.
Afinación prolongada.
Este escalón separa al aprendiz del que asciende de grado: sostener una afinidad sin pérdida por diez minutos continuos.
La mayoría lo logra con uno de los elementos; Vasir eligió los cuatro en secuencia: tres minutos cada uno, sin romper el hilo.
Cronometró con su respiración: seis inspiraciones por segmento, pausa de media, cambio.
En Geo, la piedra se volvió silencio; en Ventus, el aire se volvió camino; en Aqua, la humedad fue luz estirada; en Pyra, el calor escuchó.
Al completar el último ciclo, el núcleo dio un golpe seco hacia dentro.
Un anillo sordo le explotó en los oídos.
Un paso más y llegaría al grado II.
El sudor le corría por la nuca.
Sonrió sin enseñar los dientes.
El paso de grado estaba a una respiración de distancia.
El umbral no era fuerza, sino sintonía.
El requisito formal —según los viejos manuales—: “Afinación elemental estable”.
En las academias, el rito consiste en “elegir” un elemento y firmar con él un acuerdo: lealtad muda que deja marcas en la túnica, en la mirada… y en el destino.
Vasir no eligió.
Escuchó.
Volvió al centro de la sala, descalzo.
Se arrodilló.
No tiró de su núcleo; lo soltó un grado, hasta dejarlo respirar con el mundo.
Primero, Geo.
—Estructura, no peso —pensó.
El suelo alrededor se apretó un milímetro.
No se quebró.
Aceptó.
Luego, Ventus.
—Gradiente, no golpe.
El aire marcó una pendiente hasta su pecho.
Su ropa no se movió; la lámpara apenas susurró.
Después, Aqua.
—Vínculo, no volumen.
El agua de su propio cuerpo recordó el río.
El pulso se volvió manso.
Por último, Pyra.
—Transferencia, no incendio.
El calor circuló del aceite a su piel, de su piel al aceite, hasta que la mecha ardió sin consumir más que lo necesario.
El núcleo dio otro clic.
No hacia afuera, esta vez hacia cuatro direcciones.
Como si la esfera interna se facetara en cuatro planos que no se repelían.
Una novedad imposible para esta era: conexión múltiple.
No un pacto con un señor, sino un entendimiento con cuatro vecinos.
Grado II.
El dolor pasó como una ola que encuentra playa.
Su respiración regresó sola al ritmo normal.
Se incorporó despacio.
La lámpara ardía quieta.
El aire estaba ordenado sin rigidez.
Sobre la piedra del piso, una aureola tenue parecía flotar un dedo por encima de la superficie.
Vasir levantó la mano y, sin forzar nada, canalizó.
Geo respondió en los dedos: densidad.
Ventus se encajó en la muñeca: movimiento.
Aqua se posó en la palma: flujo.
Pyra calentó el dorso: temperatura.
Las cuatro corrientes, al mismo tiempo, sin chocar.
—Basta —dijo en voz baja.
Apagó la lámpara con dos dedos sin quemarse.
En el techo, las sombras se peinaron hacia el centro y luego se soltaron.
Se lavó la cara en la pileta astillada y, antes de subir, miró la vieja casa como se mira a un animal que duerme.
Mañana, la arena tendría combates; se verían runas nuevas, pociones malas, gritos y apuestas.
Vasir se ató el cinto, abrió la puerta y dejó que el aire nocturno le mordiera la boca.
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