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ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Vapor polvo y geometrías
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16: Capítulo 16: Vapor, polvo y geometrías 16: Capítulo 16: Vapor, polvo y geometrías A la mañana siguiente, cuando el sol era apenas un borde de brasa filtrándose por los vitrales del recinto, la arena volvió a despertar.

Desde las gradas, un murmullo expectante crecía como marea; sobre el cielo del colegio se alzaban los primeros participantes, impulsados por plataformas de viento y escaleras de luz.

El heraldo, con voz clara, presentó: —Primer duelo.

Dargan Ilsen, mago de segundo grado, nivel 2, afinidad fuego, procedente del Distrito Portuario de Drakhalon.

Contra Mirel Anvore, mago de segundo grado, nivel 3, afinidad agua, de Qaelum, Velathar, Dos figuras descendieron hasta el círculo de combate: Dargan, con las mangas bordadas en filigrana carmesí; frente a él, Mirel, con estandartes azules atados a los antebrazos.

El árbitro trazó un arco con la vara y la línea de contención se encendió alrededor de los duelistas.

Un silencio redondo.

Un latido de tambor lejano.

La vara cayó.

El fuego fue primero.

Un latigazo incandescente estalló desde la palma del carmesí, que avanzó en tres zancadas y giró sobre el talón; la llama, al torcerse, dibujó la forma de una sierpe que buscó la garganta del rival.

Mirel respondió sin pasos: un gesto, dos dedos, y una lámina de agua brotó como una persiana líquida.

El choque creó una nube densa de vapor que subió en volutas, velando las siluetas.

Dargan se lanzó a través de la bruma con piruetas acrobáticas, su capa dando latigazos, encadenando detonaciones de palma y codo.

Cada explosión dejaba un cráter oscuro sobre la arena vidriada.

Mirel retrocedía midiendo, levantando muros líquidos que nacían del suelo y se plegaban en ángulos imposibles, como si obedecieran una arquitectura desconocida.

A intervalos, ambos llevaban algo a la boca y tragaban de un solo bocado.

Vasir pensó —Píldoras de combate— Las píldoras de combate son derivados de pociones: sus líquidos se gelatinizan en esferas lisas para uso inmediato en medio de un enfrentamiento, aunque al gelificar, pierden un aliento de potencia, pero ganan segundos vitales.

Vasir asintió en silencio.

Reconoció el brillo nacarado en la mano de Dargan: un Impulso Marcial (Ígneo); en Mirel, el destello lechoso de un Impulso Marcial (Pulmón Profundo).

La bruma engordó la tensión.

En ráfagas, se veía a Dargan correr sobre la pared del estadio, impulsarse en diagonal y lanzar abanicos de chispas.

La audiencia jadeaba; las acrobacias eran precisas, casi hermosas.

Mirel, en cambio, hacía pequeñas cosas: dejaba caer gotas gruesas en puntos fijos, deslizaba la suela para dibujar surcos y, de tanto en tanto, acodaba un muro efímero con bordes gastados por un mar inexistente.

—Se está defendiendo demasiado —dijo un alumno.

—No.

Está escribiendo —susurró Vasir.

Dargan, impaciente, cargó un ataque mayor: reunió el fuego en una columna y lo soltó en media luna.

Mirel alzó dos contrafuertes de agua laterales.

El impacto convirtió la arena en vidrio y la nube de vapor en un techo bajo.

Entonces ocurrió: sin que nadie comprendiera el cuándo, Dargan quedó suspendido dentro de una burbuja perfecta.

Intentó estallar en llamas… y el fuego, al nacer, se apagaba.

Los vítores se atascaron en la garganta de la tribuna.

Unos segundos de incredulidad, y el árbitro dio por terminada la contienda.

Ganó Mirel.

—¿Cómo lo encerró?

—preguntó un chico.

Vasir habló sin apartar la vista: —No fue un golpe, fue una trampa.

La empezó con la primera defensa.

Cada muro de agua dejó un filamento de humedad cargada en el aire.

Cuando Dargan cruzaba la bruma con sus giros, esos filamentos se le pegaban a la capa y a las botas, formando runas, el vapor las disimulaba.

Con cada defensa, Mirel completaba sus trazos.

Al final, solo necesitó activar en una sucesión exacta y la burbuja se formó alrededor del fuego.

Una vez dentro, menos oxígeno y la presión ligeramente superior; la llama no encontró sustrato.

Algunos miraron a Vasir con respeto nuevo.

A él le gustaba más explicar que impresionar.

El heraldo alzó de nuevo la voz: —Segundo duelo.

Torvak Helrund, mago de grado 2, nivel 4, afinidad tierra, natural de Qaelum, Velathar.

Contra Aeren Val, mago de grado 1, nivel 4, afinidad aire, del Barrio Alto de Drakhalon.

La moneda aún no había tocado la arena cuando la tierra mordió primero.

Torvak golpeó el suelo y un abanico de púas brotó; encadenó una lanza de arcilla compactada aun antes de que el primer hechizo terminara.

Se notaba la diferencia de velocidad de conjuración del segundo grado.

Aeren apenas alcanzó a cruzar los brazos.

Las púas se cerraron sobre él… y, a un palmo de su pecho, se ablandaron.

La lanza se volvió barro, cayó, y lo manchó hasta la rodilla.

Un murmullo arrolló el estadio.

—Perdió potencia… ¡pero cómo!

Vasir ya lo había visto.

En el antebrazo izquierdo de Aeren brillaba un brazal gris opaco, con microincisiones.

—Lleva un artículo encantado de disipación matricial —murmuró—.

Cuando un hechizo entra en su radio, el brazal inyecta ruido en la matriz; el conjuro pierde coherencia.

Ocho de cada diez puntas… se desmoronan.

Torvak frunció el ceño.

Cambió de ángulo, levantó mordazas de roca; Aeren retrocedió y un anillo en su mano emitió una vibración breve: Desvío vectorial.

No rompe el hechizo; crea un plano tangente que lo desvía por un margen constante.

—Y ese es otro artículo —continuó Vasir, casi con cariño académico—.

Desvío vectorial.

En vez de romper el hechizo, crea un plano tangente que altera la trayectoria lo justo para que te falle por un margen constante.

Siguió una crueldad monótona: cadena de tierra —estallidos, columnas, agujas— que perdían dientes al acercarse o cambiaban ángulo al último momento.

Cada intento dejaba al segundo grado más vacío de maná.

Las venas del cuello se le marcaron.

—No está peleando —dijo alguien, con una mezcla de burla y desconcierto, señalando Aeren —.

Solo aguanta.

—Está comprando margen —pensó Vasir—.

Pero si solo aguanta, cuando se le acaben los artículos… El pobre acabará triturado.

Por fin Torvak vaciló.

Su siguiente conjuro le costó más tiempo; respiraba como fuelle.

Entonces Aeren se movió.

El aire se tensó alrededor de sus manos con la nitidez de un cristal nuevo.

No hubo palabras, ni florituras.

Solo geometría: un círculo, una espiral y una línea partida en tres segmentos exactos.

Cuando liberó el conjuro, la presión cambió.

El tifón nació suspiro y se volvió columna.

Enrolló a Torvak por la cintura y lo levantó; en un golpe limpio, lo arrojó contra la pared perimetral y lo depositó fuera del círculo sin quebrarle nada salvo el orgullo.

El silencio pesó.

Aeren cayó de rodillas, temblando, los artículos apagándose como luciérnagas cansadas.

Vasir inclinó la cabeza… tiene buena comprensión.

Para llamar a un tifón con tan poco maná, Aeren no al empujó viento el reescribió un gradiente de presión mínimo y lo sostuvo el tiempo justo.

De no entenderlo así, se habría desangrado por dentro.

El árbitro proclamó la victoria y el estadio recuperó la voz.

En la grada cercana, Zerenide, maga de la Torre de la Escuela —conocida por su precisión de aula—, observó el campo con una sonrisa apenas visible, comentando algo a sus compañeras, pero su ojo técnico aplaudía en silencio.

El heraldo anunció el siguiente cruce: —Tercer duelo.

Maelis Dorn, mago de grado 1, nivel 4, afinidad rúnica aplicada, del Distrito de Lumenbajo, Drakhalon.

Contra Sevrik Naal, mago de segundo grado, nivel 3, afinidad relámpago, de Qaelum, Velathar.

Maelis caminó a la arena con la ligereza metódica de quien no desperdicia ni un gesto.

No llevaba capa; solo tizas rúnicas en una cartuchera y un guante sin dedos en la mano izquierda.

Sevrik sonreía como quien prepara un truco de mercado; su aura chasqueó en destellos blancos.

—No te duermas —le dijo Kael a Vasir, en la grada—.

Conozco a Maelis y no pelea bonito.

—Vasir asistió—.

De dio la señal del árbitro, un relámpago en zigzag, la arena se cabrío de olor a metal.

Maelis apoyó la rodilla, tocó la arena con dos tizas a la vez y dibujó una Y minúscula.

El rayo la rozó… y se partió en dos direcciones que no eran ninguna.

Sevrik lanzó tres dardos eléctricos en abanico; Maelis ya había movido la Y tres palmos y añadió un punto en el vértice.

Los dardos pasaron a centímetros, como si la realidad hubiese sido desencajada.

—¿Qué está haciendo?

—preguntaron.

—Coloca semiplanos —explicó Vasir, atento a su secuencia—.

Son Umbrales, si un vector toca un lado de la línea, su dirección se ajusta por un ángulo predicho.

No detiene; corrige.

Con tres umbrales bien puestos, conviertes el estadio en una gavetera.

Sevrik conjuró un chorro continuo de electricidad; donde pasaba, el aire vibraba a tormenta.

Maelis caminó hacia dentro del chorro, lo rozó con el hombro y dibujó una L con marca interna.

El rayo bajó un grado y se ahuecó hacia la izquierda.

La muchacha no se detuvo a contemplar, con rapidez trazó… Línea, giro, línea.

Su trazado armaba celdas que el rayo no sabía leer.

Desde arriba, el campo parecía un tablero que obligaba la corriente.

Sevrik, agotando el maná, buscó el único hueco.

Maelis lo dejó.

En el borde de la arena, antes de que el rayo saltara al aire, dibujó su última figura: dos diagonales y una circunferencia abierta.

La descarga entró al aro como cuerda en polea y se enrolló.

Sevrik tuvo que apagar para no electrocutarse en retorno.

En ese microsegundo, Maelis cruzó, tocó con el guante el esternón del rival y selló un círculo minúsculo que ancló su peso al suelo.

El relámpago intentó un estertor.

Nada.

Dominio total.

—Ríndete—dijo Maelis, sin voz de triunfo.

El árbitro levantó su brazo.

La arena estalló, esta vez sin bruma ni polvo.

Maelis hizo una reverencia breve, recogió sus tizas —sin dejar marcas sueltas— y salió del círculo con la misma parquedad con la que había entrado.

Zerenide, desde su grada de la Torre, aplaudió una sola vez, precisa.

Vasir sonrió apenas.

Tres lecciones en una mañana: preparar una trampa en silencio, comprar tiempo con inteligencia y diseñar el espacio para que pelee por ti.

Al alzar la vista, el cielo ya no era claro: nubes grises finas se juntaban en el este.

La vara del árbitro relució.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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