ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 18 — El pulso y la forma
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17: Capítulo 18 — El pulso y la forma 17: Capítulo 18 — El pulso y la forma Kael terminó de beber.
El líquido le dejó un rastro de luz tibia en la garganta y, al llegar al pecho, estalló en un calor limpio que le trepó hasta los párpados.
Había escuchado historias: regeneraciones completas eran dominio de pociones de salud de altísimo grado, casi míticas en Drakhalon; se decía que en todo el reino solo unos pocos alquimistas podían producirlas, y a un precio exorbitante.
Pensó que Drakmag —ese chico— había gastado una fortuna.
Algo cambió en su mirada.
—Drakmag —dijo, con voz solemne—.
Yo, Kael Durnan de la Casa Durnan, hijo de Hadrik Durnan, de Drakhalon, por esta gracia, desde hoy seguiré a tu lado.
Si me indicas ir a la derecha, no iré a la izquierda.
No importan las dificultades: te seguiré como aliado.
Vasir dejó de mirar a Durnan y le echó una ojeada al brazo, perfecto, como si nunca hubiese sido tocado por el fuego.
Sonrió, apenas.
—No te preocupes por ello.
Te considero un amigo.
Es lo menos que podía hacer para sanar tus heridas.
—Para mí es más que suficiente —respondió Kael.
Vasir asintió leve.
Los amigos se agruparon, aún pálidos por el impacto.
Al ver el brazo sin cicatriz, retrocedieron medio paso, entre asombro y superstición.
—¿Cómo es posible?
¡Todos vimos…!
Orven Thall —sanador, ojo clínico— se inclinó hacia el frasco vacío.
—¿Es el famoso Elixir de Restitución Total — Lumenviridia Magistral?
—Es una poción que me dio mi maestro —contestó Vasir, sin pestañear.
No añadió más.
No dijo que la había formulado él, ni que el proceso, con la comprensión adecuada, le resultaba sencillo.
Bastaba con eso.
Los nombres siguieron subiendo a la cúpula hasta que el heraldo llamó: —Quinto duelo.
Hadrun Obsid, mago de grado 2, nivel 5, afinidad tierra/metal, de Qaelum, Velathar.
Contra Drakmag Corvenant, mago de grado 2, nivel 2, afinidad no declarada, del distrito de Lumenbajo, Drakhalon.
(Un murmullo recorrió las gradas al oír el apellido Corvenant —antigua casa alquímica de la ciudad— y alguno recordó a Nemes Corvenant, el padre del muchacho).
Cayó la vara.
Vasir no se movió.
Hadrun golpeó el suelo; una cresta de piedra se desplegó como lomo de bestia.
Se deshizo a un palmo del pie de Vasir.
Hadrun frunció el ceño, hilvanó agujas metálicas y un abanico de grava aglutinada; se desgranaron en polvo antes de tocar su sombra.
Un murmullo recorrió las gradas.
—Es como Aeren Val, el de los amuletos —dijo alguien—.
Todo se apaga cerca de él.
Kael negó para sí: cuando un artículo protector descarga o se recarga deja un brillo en el portador; en Drakmag no latía anillo, collar ni pendiente alguno.
Nada.
Algo raro estaba pasando.
Hadrun abrió distancia y cambió de ángulo.
—Trampa de garras —gruñó.
Tres mandíbulas de basalto emergieron en cadencia; se ablandaron al rozar el aire junto a Vasir y colapsaron en arena.
—Ráfaga de ferrita —chasqueó los dedos.
Un vendaval de limaduras negras —cargadas y cortantes— silbó en espiral.
A un metro del chico, las limaduras perdieron cohesión y cayeron como humo pesado.
—Sismo de fuste —doble golpe de talón.
Una onda baja infrasonora barrió la arena; tropezó con un vacío frente a Vasir y se disipó como contra un colchón.
—Tornillo de hematita —columna rojiza, retorcida, para atar.
Se desmadejó en filamentos y murió.
La inquietud sustituyó a la burla.
Vasir seguía inmóvil; sus ojos viajaban por las costuras de cada hechizo como quien revisa nudos en una red.
Hadrun apretó la mandíbula y aceleró: —Estacada estalagmítica —docena de lanzas huecas emergiendo y cerrando un cono—; se hicieron polvo al borde de su sombra.
—Prensa tectónica —dos bloques oblícuos con giro de torsión—; patinaron uno sobre otro y se desarmaron.
—Espejo ferromántico —lámina metálica para rebotar contra su espalda—; se arrugó como papel húmedo.
—Llaga de sílice —chorro abrasivo para despellejar defensas—; el chorro perdió el diente y chorreó arena.
El público ya no sabía si temer o aplaudir.
—Basta de jueguitos —escupió Hadrun—.
Catedral de Obsidiana.
Alzó ambas manos y escribió una estructura que hizo a los examinadores enderezar la espalda: pilares facetados, anillos dentados, arcos que destilaban peso.
La sombra del conjuro cayó sobre Vasir como una noche de vidrio.
Hadrun habló, saboreando cada sílaba: —A menos que ese mocoso tenga un artefacto de grado 3, nadie detiene esto.
Y aunque lo tuviera, no podría activarlo: hace falta ser grado 3, nivel 2.
Es imposible para él.
Las gradas se inclinaron hacia el círculo, hambrientas de certeza.
Vasir observó la geometría con la serenidad de quien lee antes que golpea.
—…Decente —pensó.
El arco de la Catedral cayó.
En ese instante, Vasir tocó una costura de la matriz: un paso mal apretado, un retardo entre dos anillos de carga, un nodo que respiraba con el ritmo equivocado.
No lanzó nada espectacular.
Rozó el defecto con un hechizo leve, apenas un latido de ruido bien puesto.
La Catedral colapsó sobre sí misma en silencio, como si alguien hubiera retirado la idea de piedra del mundo.
Hadrun, que había empeñado gran parte de su maná en su carta de triunfo, vaciló.
Se le doblaron las rodillas.
El sudor le dibujó ríos en las sienes.
—Son trucos —farfulló, sin aire—.
Trucos… Si no fuera por tus artículos… Vasir caminó sin prisa.
Se detuvo a un lado, levantó la palma.
Sobre su mano, giró una miniatura: la misma Catedral, idéntica en estructura, comprimida a un tamaño de juguete; hermosa… y letal.
El peso de la forma estaba donde debía.
El cuerpo de Hadrun gritó miedo con el instinto de las bestias que presienten el precipicio.
—Yo… me rindo —alcanzó a gritar.
El árbitro alzó la vara.
—Victoria para Drakmag Corvenant.
Las gradas se partieron en reacciones: algunos abuchearon, otros se miraron en silencio; más de uno se rió, recordando al chico del muro y la carrera.
Nadie había visto qué le había mostrado a Hadrun.
Y, sin embargo, había ganado sin moverse del sitio.
Aurel Keth —el rival de Kael en el duelo anterior— no aplaudió.
Estaba en shock.
Seguro de que Drakmag no portaba artículo alguno, no podía explicarse cómo deshizo cada hechizo al vuelo.
Alzó la vista hacia el palco principal.
Arriba, en el palco de la Torre de la Estrella Iluminada, dos magísteres observaban con atención.
—Al parecer, hemos encontrado una buena plántula —dijo el Magíster Odrin Vel, con una sonrisa ancha.
A su lado, el Magíster Iskar Tal asintió despacio, sin apartar los ojos de la arena.
—Sí —respondió—.
Y crece hacia donde miramos.
Vasir, al bajar de la arena, sostuvo la mirada de Aurel y sonrió.
En ese instante, Aurel —sin saber por qué— sintió miedo: el mismo filo helado que lo atravesaba cuando su maestro le clavaba los ojos.
Intentó guardar la compostura, enderezó los hombros… pero, en el fondo del pecho, quedó un rastro de temor latiendo como una hebra tensa.
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