ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 17 Un desconocido
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18: Capítulo 17: Un desconocido 18: Capítulo 17: Un desconocido —Siguen las rondas de clasificación.
—Cuarto duelo —anunció el heraldo—.
Kael Durnan, mago de grado 2, nivel 5, afinidad aire, de Drakhalon.
Contra Aurel Keth, mago de grado 2, nivel 5, afinidad fuego, de Lathalon, capital imperial.
Un murmullo extraño recorrió las gradas.
Aurel no había aparecido en los listados oficiosos de las primeras pruebas, ni nadie lo recordaba en la ilusión del día anterior.
Varias voces estallaron en protesta: —¡Ese no estuvo en la ilusión!
—¡No es de los clasificados!
El rumor creció como brasa en hojas secas, pero no pasó de un amague.
En el palco de la Torre de la Estrella Iluminada, los enviados intercambiaron una mirada rápida, seca: sabían quién era.
Alumno directo de la Torre, invitado a para “observar” las eliminatorias… o algo más.
Kael entró al círculo con el aplomo de quien ya algo conocido entre todos habia escalado muros y pasado por el desierto ilusorio con los suyos.
Aurel, de su misma edad, sonrió con cortesía estudiada; bajo las mangas carmesí asomaba un brazal de enfriamiento.
El referí hizo una señal a ambos y Cayó la vara.
El aire y el fuego se encontraron en mitad de la arena.
Ambos se movieron a la misma velocidad intentando acercarse, los golpes fueron limpios, los filos laminares de Kael contra abanicos térmicos de Aurel.
Kael afiló una corriente por el flanco, levantó un remolino corto y quebró la presión para sorprender con un golpe detrás del hombro; Aurel selló el hueco con flamas blancas y encapsuló el calor en capas, volviendo el aire en esa zona como de vidrio caliente.
El intercambio se volvió furioso se lanzaban ráfagas y contrarráfagas, estelas de calor rebotando en muros que Kael improvisaba a puro tacto del viento.
Kael cambió creando figuras de viento como guillotinas, dos apoyos diagonales y un latido suspendido, en es momento, el flujo se adelgazó hasta cortar como navaja.
Desplazó el aire sobre el suelo para robar fricción y saltó en espiral, lanzando tres cortes súperpuestos.
Aurel no retrocedió; plegó una cúpula de defenza apenas visible que dejó los cortes desdentados al tocar la piel del calor, y contraatacó con agujas ígneas que Kael desvió abriendo microvórtices delante de cada impacto.
—Parejos… por ahora —murmuró Vasir, con el ceño afilado.
El capitalino subió el nivel sin avisar.
Afinó la temperatura en una banda estrecha y secó el oxígeno a un paso de la cara de Kael.
El aire olia a calor.
Kael tosió, notó la zona muerta, y empujó un frente frío desde el costado para reoxigenar su respiración.
Rescató el ritmo, encadenó dos cortes oblicuos y un latigazo ascendente que obligó a Aurel a cubrir alto.
Por un segundo, pareció que el viento mandaba.
Aurel sonrió.
Anuló el latigazo con un vaciamiento de presión —un hueco que tragó el filo— y marcó el suelo con el talón, desde ese punto el calor subió desde la arena vidriada en columnas capilares, atrapando el tobillo de Kael en un pellizco térmico.
Kael rompió la pinza con una ráfaga a contracorriente y se desplazó a la izquierda, veloz; Aurel ya lo esperaba con un abanico de fuego lateral.
El golpe no buscaba daño, sino aplastar su tiempo: forzarlo a defender medio pulso tarde.
Kael tuvo que gastar su ítem el “Cinturón de alisado” era un anillo de viento ceñido a la cintura para absorber impactos oblicuos; creo un escalón hueco, microdescenso de presión para defender medio palmo y evitar la barrida térmica.
La tribuna rugió con cada salvada.
Las manos de Kael eran exactas, su lectura del flujo de maná, brillante.
Pero Aurel iba medio compás por delante pues cada defensa suya abría una nueva jaula.
El capitalino empezó a mentir con la cadera, amagó una estocada al centro e hizo inclinarse el calor a la rodilla, amagó girando la muñeca y trató de tomar la garganta, de Kael comprendió el patrón y respondió con un doble muro tangente, girando el ataque por fuera de su eje.
Resistió diez, doce, quince intercambios en secuencia vertiginosa, hasta que la arena olió a sílice tostado y sudor.
Aurel dejó de medir.
Juntó índice y medio, comprimió el calor hasta rápidamente y en sus dedos se concentró el fuego, trazó un arco corto seguido de una línea recta, era el Filo de Llama Blanca.
No lo lanzó de frente, lo insertó por un hueco que se formó con los amagues previos, justo donde el Cinturón de alisado tardaba medio latido en actuar.
Kael alzò un tifón de aire, para partirlo.
Lo logró a medias.
El filo rozó la guardia, barrió el borde… y se comió el brazo izquierdo desde el hombro hasta la muñeca en un latido.
Quemadura total.
La arena se estremeció.
El árbitro bajó la vara: victoria para el mago de la capital.
Aurel inclinó la cabeza… y dejó que la sonrisa se quebrara en mofa.
—¿Eso era todo, Durnan?
—alzó la voz para que lo oyeran hasta las últimas gradas—.
Bonitos trucos de viento… para ventear brasas en una cocina.
—Fuera de Lathalon, el nivel es miserable —continuó, dando un paso, casi compasivo—.
Aquí confunden sobrevivir con saber.
—Yo sí tengo lo necesario para la escuela de magia.
Tú… —señaló el muñón ennegrecido sin pudor— tú apenas tienes pulmones.
Un murmullo agrio recorrió el recinto; algunos chistaron, otros apretaron los puños.
Vasir frunció el ceño, la mirada afilada como una promesa.
Un murmullo agrio recorrió el recinto.
Kael bajó pálido, los dientes apretados, el brazo como carbón.
Vasir lo interceptó antes del banco, sacó de su bolsa una ampolla casi lechosa.
—Bebe.
La Infusión de Aliento Vital (concentrada) bajó como luz líquida.
Frente a todos, la piel floreció en torno a la herida, retejió capilares, cerró el nervio y laminó dermis nueva.
El graderío jadeó a una sola voz; Kael abrió y cerró la mano, incrédulo.
En la tribuna de invitados, aquel joven perteneciente a uno de los enviados de la Torre de la Estrella Iluminada se levantó, nada de aquello le era desconocido —conocía la teoría—, pero ver esa curación en campo, así de limpia, le clavó una mueca de sorpresa que no pudo ocultar.
Aurel chasqueó la lengua, de reojo.
—Trucos de botica —dijo, descendiendo de la arena.
Vasir no respondió.
Acompañó a Kael hasta el banco y dejó el frasco vacío a la vista.
Tomaba nota, no de la fuerza, sino de la soberbia.
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